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Begoña Oro: «Los niños que no quieren leer seguramente es porque no pueden leer o porque les cuesta mucho»

Begoña Oro para Jot Down

Begoña Oro nació en Zaragoza y de pequeña soñaba con ser directora de orquesta. Dice que empezó tarde a escribir libros pero en estos años hay más de setecientos registrados bajo su nombre en el ISBN. En 2024 ha sido reconocida con el Premio Cervantes Chico, que reconoce su trayectoria en la literatura infantil y juvenil. En muchas clases tienen como miembro más preciado un peluche de Troti, un «unicornio siberiano» que salió de su imaginación. Nos recibe en la librería Muga de Madrid después de tener un encuentro con sus lectores en el que ha habido tiempo para la magia, para la poesía y para aprender esas cosas importantísimas en la vida, como decir que NO. 

El día 23 de enero dio el salto a la literatura para adultos con Zapatos nuevos y sopa de almendras, un libro que le pidió su hijo y que ha estado cocinando a fuego lento durante varios años. 

¿Qué estás leyendo ahora?

Acabé ayer Tiempo de cerezas de Montserrat Roig. Es muy bonito pero es perturbador. Me gustan los libros perturbadores. Me lo regaló Ana Campoy, que acaba de publicar El paracaidista, que es un novelón maravilloso entre Lorca y Ana María Matute. Soy muy caótica, tengo como ochenta libros a medias. También estoy leyendo de infantil Los Klintaventureros, de Beatriz Giménez de Ory y Paloma González Rubio. Además estoy releyendo en audiolibro de Orgullo y prejuicio porque en un par de semanas me voy a Bath y estamos austenizándonos. Tengo muchas esperanzas puestas en el museo de Jane Austen, y en su tienda. 

¿Y lees más infantil o de mayores?

Leo de los dos. Pero de forma distinta. Compro ambos, porque lo considero también, además de placer, trabajo. Bajo a la librería del pueblo, aprovecho para ver las novedades y compro las que más me gustan. Aprendo de los libros buenos y de los malos. De los libros horribles se puede aprender mucho también.

¿Los sufres?

Los sufres un poco, sí, pero me lo tomo como aprendizaje, no lo doy por tiempo perdido.

Antes de leer un libro, ¿te informas? ¿Te dejas guiar por lo que te dice alguien o por la portada?

No sé dejarme llevar nada por la cubierta, a mí me gusta ir a una librería de confianza. Suelo ir a la librería La Guarida donde hacen un trabajo de selección, es como una editora sobre los editores, y sé que lo que me va poniendo en la mesa de novedades me va a gustar a mí. Conozco a la librera y coincidimos en los gustos. No soy una compradora de impulso.

En la web del Ministerio de Cultura apareces como autora de más de setecientos libros. ¿Tienes alguno que te guste más?

Me cuesta mucho elegir. Sé que me divierto escribiendo poesía porque tiene mucho de juego para mí. Además, lo hago de otra manera, lo escribo en una libreta y no en el ordenador. Yo creo que ahora mismo, el que necesita más cuidados es el último [señala su libro, Zapatos nuevos y sopa de almendras]. Es mi primera novela para adultos. 

También, para mí es especial Un fuego rojo, un álbum ilustrado por Paloma Corral, que es como muy serio y que ganó el Premio Lazarillo en 2018. 

¿Puedes elegir quién ilustra tus libros?

El único caso es este, porque era una historia muy personal e importante para mí. Quise elegir a la ilustradora y nos presentamos ya conjuntamente con el proyecto al premio. Normalmente lo eligen mis editoras, o me dan a elegir entre dos para ver cuál me encaja más.

Begoña Oro para Jot Down

¿Y cómo fue el salto de escribir libros de texto a crear tus propias historias?

Yo trabajaba ya como editora y me pedí una excedencia para escribir mis propias historias. Me entró el vértigo del autónomo y lo primero que hice fueron sobre todo libros de lecturas, antologías. Me iba a la biblioteca a echar el día entero hasta que cerraba y arrasaba con todo. Iba en busca de los mejores fragmentos para estos libros, necesitaba que hubiera poesía, narrativa, teatro… Me pasé años leyendo lo mejorcito para extractar, leí desde libros clásicos, otros contemporáneos, etc. Le tengo mucho cariño a Lecturas para dormir a un rey.

¿Y cuándo te diste cuenta de que querías ser escritora?

No era tanto querer como poder. O sea, yo solo quiero lo que puedo. Por ejemplo, los niños que no quieren leer seguramente es porque no pueden leer o porque les cuesta mucho. A casi nadie le gusta hacer las cosas que se le dan mal. 

De pequeña, la hermana Marín me dijo: «¿No has pensado ser escritora?» y lo vi como algo tan ajeno a mi mundo que pensé que no era lo mío. Me gustaba mucho leer y de mayor descubrí que la profesión de editar consistía sobre todo en leer y pensé «ya está, esto es lo que quiero hacer». Leí muchas cosas de todo tipo, no solo cosas buenísimas, claro y leyendo cosas horrorosas pensé «igual esto lo puedo intentar». El valor de otros me dio valor a mí para pensar que podía hacerlo. Fue más un poder que un querer. Por ejemplo, me gusta mucho comer pero no me planteo ir a MasterChef porque no cocino bien. 

Si no hubieras sido escritora, ¿qué habrías sido? 

De pequeña me habría gustado ser directora de orquesta.

¿Y eso sí podías ser?

Sí, eso sí. Yo estudié en el conservatorio y vi a gente que iba a conciertos y eso sí que lo veía. En mi casa había libros pero no se compraban muchos nuevos. Recuerdo que una amiga de mis padres me llevó un día a la papelería que estaba debajo de casa y me dejó elegir uno. Escogí uno de la Prehistoria y lo recuerdo porque para mí aquello fue algo extraordinario y lo recuerdo así.

¿Cómo es tu proceso de escritura? 

No soy muy metódica, las ideas vienen a mí. Cuando me toca pensar una idea porque obligatoriamente tengo un plazo de entrega, se muestran muy esquivas. Pero sin esperarlas aparecen ideas, por ejemplo hablando con mi madre, me cuenta una historia de su profe de Pilates y digo «esto es una novela». Hoy en el baño he visto un cambiador de niños y he pensado que sería una buena historia, un lugar donde acudir a cambiar un niño por otro. Soy buena detectando dónde hay una historia, voy con los ojos muy abiertos. Soy muy cotilla. Robo historias.

¿Qué porcentaje de libros escribes por encargo frente a los que propones tú?

Últimamente tengo un porcentaje elevadísimo de encargos, aunque por suerte son encargos bonitos y me dejan hacerlos míos. 

¿Y el libro nuevo, Zapatos nuevos y sopa de almendras, es un encargo?

No es un encargo, es un libro que se ha gestado a lo largo de muchísimos años porque nació de una entrevista de trabajo. Me entrevistó un personaje y pensé que era un marco narrativo muy interesante, personas que están todo el día recibiendo y conociendo gente nueva, que encima quiere quedar súper bien en las entrevistas, como yo. Y están ahí haciendo el paripé y su trabajo consiste en «rascar» al entrevistado para ver qué hay detrás de lo que pretende parecer para ver si merece la pena contratarlos o no. De hecho, se podría hacer hasta una serie de candidatos.

Un año me apunté al NaNoWriMo, un reto de Internet que consiste en escribir una novela de cincuenta mil palabras en noviembre, a razón de mil setecientas palabras diarias y gracias al reto conseguí tener el germen de este libro. Ha estado en el cajón durante muchos años hasta que hace poco, mi hijo, que ya es adulto, me preguntó si podía escribir algo para él. Recordé aquella novela que no estaba mal, aunque la he rehecho por completo.

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Volviendo a los libros infantiles, muchos niños han aprendido a leer con la ardilla Rasi. ¿Cuántos libros le quedan a este personaje?

A Rasi ya ninguno, está cerrada su historia después de treinta libros. Pero a Troti, el unicornio siberiano, aún le queda mucho recorrido.

¿Hay mucha diferencia entre escribir libros seriados como La pandilla de la ardilla y otros que sean autoconclusivos?

Acabas conociendo mejor a los personajes en las series, el personaje va creciendo a lo largo del tiempo. En las sitcoms, por ejemplo, llega un punto en el que los personajes están muy asentados, ya todo funciona y cualquier cosa que diga es cómica por todo el pasado que arrastra. En mi caso, en el primer y segundo libro no disfruto tanto pero luego sí porque me voy soltando, voy haciéndome amiga de mis personajes, es un poco como con los hijos.

En el caso de mis libros, ni Rasi ni Troti han llegado a la adolescencia, está siendo todo un disfrute. 

En redes se ve que trabajas mucho en un jardín. ¿Vino la propia ardilla a contarte su historia?

Qué va, cuando empecé a escribir los libros de Rasi no trabajaba en un jardín. Yo vivía en una urbanización que se llama Parque Roma de Zaragoza, es brutalista, con bloques de once pisos, dijeron que era la más grande de Europa. Ahí a veces venían palomas pero ninguna ardilla.

A quien sí se le apareció una ardilla fue a mi editora, que iba de paseo por el Retiro. Cuando me propuso que el personaje principal fuera este animal, le conté un recuerdo de mi infancia que aún tengo muy vivo: mis vecinos del tercero tenían de mascota una ardilla que vivía en su cuarto de baño. Vivía en un albornoz que tenía varios bolsillos: en uno dormía, en otro comía y a mí me encantaba volver del cole y subir a ver a la ardilla.

Aquella ardilla no tenía nombre, pero no había ninguna ardilla en toda Zaragoza ni en toda España igual que esa, era la única ardilla en mi mundo: la de los vecinos del tercero. Cuando me llamó mi editora me pareció que todo casaba a la perfección.

En cambio, ¿por qué elegir un unicornio siberiano para el personaje de Troti?

El unicornio siberiano es un animal que existió, se llamaba elasmoterio, que era herbívoro y se extinguió porque los pastos en los que se alimentaba desaparecieron por el cambio climático.

Me tuve que pelear con las editoras porque ellas querían que fuera un mamut. Les hice powerpoints para convencerles de que tenía que ser un unicornio siberiano [se ríe]. Yo sabía muchas cosas que me fascinaban de este animal, lo primero de todo es que es un unicornio que existe pero que no es como el animal fantástico en que pensamos al decir «unicornio», rompe los prejuicios que tenemos sobre ellos.

Troti además es la mascota de los cursos de primero de primaria, que están centrados en el cuidado. A través de sus historias conocen el cuidado al medio ambiente y desarrollan un vínculo muy emocional con ella. Cada semana, un niño se lleva el peluche a casa y duermen con él, se inventan historias, es una parte muy importante de su vida. Los niños son los que están más concienciados con el medio ambiente y Troti nos da la excusa para hablar del planeta, del cambio climático y de historia, ya que no está solo: viaja desde el pasado con la familia Mug, que son prehistóricos y con ellos podemos hablar de la relación con la naturaleza pero también de inventos modernos como la bombilla o el papel. 

¿Cuando escribes, sueles pensar antes en la situación, en los personajes, en los lugares?

Soy muy de personajes, me gusta mucho definirlos, que tengan su propia personalidad y, aunque suena a tópico, ellos me llevan. 

No obstante, para mí lo fundamental es encontrar el tono. Antes de escribir, hago una prueba de tono para ver si el narrador funciona en primera o en tercera persona, si es más chispeante, si es más pedante… Tiene que engancharme el tono. Creo que cualquier historia puede ser buena si la cuentas con las palabras adecuadas. Me gusta más el trabajo con las palabras más que la trama o la peripecia de la historia. 

¿Te enfadas mucho cuando te corrigen tus editores?

No, qué va, creo que soy muy buena autora en el sentido de que en seguida intento ver por qué me han hecho esa corrección. Solo peleo si veo que vale la pena pelearme, como en el caso de Troti [ríe]. Claro que lo hago a sabiendas de lo que hay en el otro lado porque he sido editora muchos años, y cuando era editora a veces se enfadaban mucho los autores.

¿Los que no habían sido editores?

Sí, sí. Y lo entiendo, porque es una cosa muy personal, que te toquen una obra es algo que no suele gustar.

Begoña Oro para Jot Down

Con tantos libros escritos, ¿notas mucho la diferencia entre trabajar con unas editoriales y otras? 

Qué va, al final la diferencia la da entre trabajar con unas personas o con otras. Tuve una editora maravillosa que ya falleció, Elsa Aguiar, y recomiendo mucho su blog para las personas a las que les interese cómo es el trabajo. Se llama Editar en voz alta y puedes aprender mucho de él. 

En cuanto a las editoras, es verdad que se siente que algunas están más presionadas o que tienen unos tiempos muy justos. En ocasiones las editoriales más pequeñas te dejan más a tu aire porque los tiempos son otros y no tienen el calendario tan repleto. 

¿Echas de menos ser editora?

No. Es un trabajo precioso pero no lo echo de menos porque, como autora, tengo todavía esas conversaciones de discutir con otra persona por qué ponemos esto y no otra cosa. La tertulia ya la tengo, que es lo mejor.

¿Dónde guardas tus propios libros?

Gustavo, mi pareja, hizo lo que llamamos «el altarcito». Había como un poyete en la pared y me hizo estantes de madera, donde están todos mis libros. También los distintos peluches de Rasi, de Troti, un diploma de escritora que me firmó Jeff Kinney, autor de El diario de Greg, en un acto que hice en la Casa del Lector y un retrato con el Premio Cervantes Chico. Este altarcito no está en el salón, ni en el baño: está en las escaleras que bajan al garaje. Es un poco para bajarme los humos, solo lo ves camino del coche, no lo ven las visitas. 

¿Tienes algún personaje favorito? 

Me gusta mucho Allegra de Amor & Hate, una novela juvenil que escribí a ocho manos con Belén Gopegui, Roberto Santiago y Nando López en la que cada uno hicimos un personaje. No pone en ninguna parte quién hizo qué personaje y nos gusta jugar a eso, que la gente adivine cuál y es curioso, porque yo veo clarísimo quién es cada uno. Yo me siento muy Allegra

¿Sigues poniendo nombres de personas que conoces a tus personajes como en Misterios a domicilio?

Misterios a domicilio se basa en unas cartas que escribí a mi hijo mientras estaba de campamento. Le mandaba una carta con un capítulo cada día y los personajes eran nuestros vecinos de aquel momento. Cuando fui a editarlo, me dio un poco de miedo de las demandas, así que la vecina que se llamaba Patricia en el libro se llamó Alicia, etcétera. De camino aquí venía escuchando el podcast Punzadas Sonoras y estaban hablando de efectos penales de la autoficción, que es una cosa que prefiero evitar, claro. 

En Buenas Noches, Miami, que es una novela de viajes que publicó la editorial RBA, sale (con su nombre real) una compañera de colegio que siempre presumía de que veraneaba en Miami. Era la época de la serie Corrupción en Miami y yo me la imaginaba con Sony Crockett y viviendo aventuras allí. De hecho, yo quería que se titulara Chúpate esa, y el nombre de mi compañera, pero por suerte, al final no se hizo así. Ya de mayor, descubrí que ella no veraneaba en Estados Unidos, sino en Miami Platja, en Tarragona.

¿Ella se enteró?

Sí, creo que no le sentó muy bien. 

Después de tantos libros escritos, ¿te gustaría que alguno diera el salto a la tele o al cine?

Amor & Hate es muy audiovisual, quizá porque Roberto Santiago y Nando López han hecho series y películas y ya están enfocados hacia esa manera de contar historias. De las novelas que he escrito yo sola, creo que Zapatos nuevos y sopa de almendras da para una comedia romántica porque es muy peliculera.

En los más de veinte años que llevas escribiendo, ¿cómo han cambiado tus lectores?

No noto tanto cambio en ellos, lo que han cambiado son las circunstancias que les rodean. Hace veinte años no le enchufaban al niño un vídeo de YouTube en un móvil pero es verdad que lo poníamos a ver Pocoyó delante de la tele.

Mis compañeros que se dedican a la narración oral notan que el tiempo de atención es más corto cada vez y te hace plantearte, cuando te pones a hacer una descripción, que tienes que ser concisa. Tiene que estar muy bien armada y justificada para que enganche al lector. Además me niego a prescindir de las descripciones y de la parte literaria en los libros infantiles, pero es verdad que sé que en ellas puedes perderlos. 

A los niños les veo igual, las preguntas que me hacían hace dos décadas son iguales que las que me hacen ahora, lo que pasa es que esperan menos para la respuesta. 

¿Cuál es la pregunta que más te hacen?

Si Rasi es chico o es chica. Me sorprende muchísimo y eso que en el libro queda claro. Es más, en mi cabeza siempre fue chica porque cuando ideé el personaje pensé que en algún momento podría querer que tuviera ardillitas. 

Pero no las tuvo.

Claro, me pareció que viendo la vinculación que tenía con los niños y con el resto de personajes era un poco heavy, no encajaba. Sin embargo, en el libro Rasi la ladrona salen ardillitas, que son de su familia. Esta es otra de las preguntas que siempre caen, si tiene familia y dónde están sus padres, cuántos años tiene… porque los niños creen a pies juntillas en su existencia. 

¿Y cuál es la pregunta que más le gusta que le hagan?

Lo que más me gusta es que me pregunten cosas que no me han preguntado nunca. Una pregunta inesperada te da una idea de la que puede salir una historia. Por ejemplo, el libro El descubrimiento de Rasi surgió de un niño al que le gusta mucho la arqueología y que me dijo que le gustaría una historia sobre ello. También están los que me dicen «Begoña, eres mi fan número uno». 

Begoña Oro para Jot Down

¿Y hay mucha diferencia entre cómo se le acercan los niños y los adolescentes?

Sí, porque los niños son mucho más espontáneos, se acercan más, te aprietan, te abrazan. Yo siempre vuelvo enferma de los encuentros porque me contagian. 

A los adolescentes les da más apuro, pero los que son fans son menos porque a veces les han obligado a leer en el instituto. Pero los que son fans lo son con criterio propio. Con niños no me pasa pero con adolescentes, a veces lloran de la emoción y me cuentan que se identifican mucho con ciertos personajes.

¿Qué es lo que más te gusta de los encuentros con los lectores?

Pues me gusta mucho cuando me interrumpen. Los niños de seis años, que están en 1º de primaria, son como bombas de relojería. Tú puedes estar contando una cosa y viene un niño a contarte que su tía se llama Begoña o que tiene piojos. Me gusta porque se sale un poco de lo que se espera de un encuentro con lectores. Me encanta también cuando se acaba y vienen a contarme cosas o a abrazarme. Hay profesores que piden que me dejen más espacio interpersonal, porque estás ahí rodeada de niños pequeños y parece una pira. Es muy bonito porque están abrazados y me gusta mucho.

En algunas entrevistas has contado que a veces buscas las críticas de sus propios libros, ¿sigues haciéndolo?

Me hace feliz, incluso si en la crítica no les ha gustado. Ya me he hecho la piel de cierto grosor, pero veo que en las críticas que tienen pegas que puedo aprender algo. Algunas me hacen reír, como una persona que leyó Cuentos bonitos para quedarse fritos que preguntaba: «¿Qué se ha fumado esta señora? Hay un montón de cosas que no me gustan y que no son edificantes para los niños, como animales que comen animales», como un lobo comiéndose una oveja. Ha habido alguien que se ha tomado el tiempo de leer mis libros, así que yo me tomo el tiempo de leer lo que le han parecido.

Has ganado este año el Premio Cervantes Chico por tu trayectoria en la literatura infantil y juvenil. ¿Qué libro infantil te habría gustado escribir?

Me habría gustado escribir El peso del agua, de la autora irlandesa Sarah Crossan. Este libro lo leyó mi hijo cuando nos fuimos a vivir a Dublín y va de una chica polaca que ha emigrado y tiene dificultades. Ese libro hizo sentirse mejor a mi hijo en un momento en el que no lo estaba pasando bien. Los autores a veces hablamos con desprecio de los «libros que sirven para cosas», pero no son todos iguales. Este libro, que no está traducido, tiene una calidad literaria excelente y además le produjo un efecto consolador a mi hijo. Me gustaría poder tener ese efecto en los niños que leen mis historias. Si a un niño le sirve, ya doy mi carrera por bien empleada. 

El libro de Sarah Crossan hizo que mi hijo saliera a flote en un momento en el que lo estaba pasando muy mal, le ayudó a sacar la cabeza –también habla de natación, así que lo hizo en varios sentidos– y le tengo mucho cariño a ese texto.

¿Y qué libro de adultos te habría gustado escribir?

En lo primero que pienso es En busca del tiempo perdido de Marcel Proust, pero no por la historia sino sobre todo por lo que cuenta. Me encantaría dedicarme cincuenta páginas a cómo está una persona contemplando un espino y poder escribir sin otra preocupación, tomándome mi tiempo.

También me gustan mucho los poemas de Emily Dickinson pero luego me di cuenta de que esta mujer también estaba encerrada en su casa. O sea, siento que en el fondo lo que quiero es estar encerrada para escribir. Igual viajo demasiado. Esto me pasa desde el instituto, cuando me hicieron leer Desde mi celda de Gustavo Adolfo Bécquer, que son las cartas que escribía desde la celda de un monasterio y comencé a fantasear con cometer un pequeño delito para tener tiempo de escribir desde una celda [ríe]. Siempre he tenido un nivel de actividad superior al que quería tener: siento que soy un gato llevando vida de perro. 

¿Y en la pandemia?

Está feo decirlo pero yo tenía un calendario de todos los encuentros de los meses siguientes llenos de actividades. Esa misma semana me iba a Castilla y León, al siguiente a Extremadura… no puedo decir que me alegre de la pandemia mundial, pero sentí alivio porque el trabajo de los encuentros con los lectores agota. El nivel de energía que te dan los niños necesita que tú también pongas un nivel de energía similar. El trabajo de escribir no tiene nada que ver con el trabajo de promoción, y a mí la parte de escribir tranquila me encanta. Ahora estoy en un periodo con muchas entregas editoriales y necesito tiempo para escribir.

¿Y cuando viajas te programas varios encuentros en el mismo sitio?

A veces sí. A la editorial les suelo dar una semana para que programen lo que sea necesario y en esa semana me ponen varios eventos para aprovechar el desplazamiento. Ha habido veces de hacer seis encuentros en un día, aunque son las menos. Últimamente hago menos y me da tiempo a escribir más, aunque ya lo gestiona todo la editorial.

¿Hay algún momento de más trabajo en colegios?

Todos los centros quieren que vayas el 23 de abril [rie].

Begoña Oro para Jot Down

¿Cuáles son las grandes tendencias en la literatura infantil y juvenil de la última década?

Ha habido una eclosión en los últimos años. Hay muchísima demanda de «libros para cosas», que empezó con la inteligencia emocional.

¿Como El monstruo de colores?

Sí, pero incluso de antes, los libros de Begoña Ibarrola que ha escrito muchos cuentos cortos para sentir, cada uno con una emoción —gratitud, alegría, enfado, ilusión— escritos por personas que tienen más perfil de psicólogos. Esto no ha gustado a algunos autores que piensan que eso no es literatura.

¿Y tú?

Yo soy defensora del libro, y creo que debería haber de todo tipo. Hay libros de recetas, libros de aventuras, libros que son manuales… Al final el libro es un soporte y lo buscamos en determinados momentos de la vida. Por ejemplo, yo busqué un libro para que me ayudara a la hora de quitar el pañal a mi hijo. Yo no quiero demonizar eso.

¿Y qué otras tendencias ves?

La fantasía. Bueno, siempre ha habido libros de fantasía pero creo que en oposición a los «libros que sirven para cosas» están estos que son puro disfrute. El gran defensor de las historias de entretenimiento fue el Hematocrítico. 

Otra tendencia que está yendo a menos son los libros de youtubers, que han ocupado muchísimo espacio en las librerías y en las mentes de los niños. Claro que hay que pensar que quien lo escribió fue alguien que no era youtuber y se ganó la vida y que lo hizo más o menos bien. Estos libros son más planos y tienen menos ambición literaria.

Por último, me gusta mucho una tendencia que es un poco más nicho, que tiene un humor un poquito más negro. Como los cómics de Adéle, en el estilo del Roald Dahl más gamberro o los Animalotes, o los libros de Ledicia Costas o Pedro Mañas.

¿Cómo de importantes en tu escritura son los primeros libros que leíste?

Yo diría que mucho, porque leí muchos libros muy gamberros. Mi libro de cabecera de niña era El libro loco de todo un poco de Gloria Fuertes y me ha inspirado para escribir Poesías para ser feliz como una perdiz entre otros. También leía mucho a Consuelo Armijo, que también era muy gamberra.

También me gustaba leer cosas súper intensas como los libros de María Gripe, sobre todo cuando ya entré en la adolescencia. Recuerdo que esas novelas fueron un refugio para mí, un sitio para estar triste, ya que en mi casa era como una obligación estar contentos. Yo tenía una tendencia melancólica a la que daba rienda suelta leyendo estos libros tan tristes y venga a llorar.

¿Te gusta más leer o escribir?

¡Leer! Es como comer y cocinar, me gusta más que me den de comer que ponerme en la cocina.

El 23 de enero publicaste tu primer libro para adultos, Zapatos nuevos y sopa de almendras. ¿Cómo ha sido el salto de la literatura infantil a la de adultos?

Mi hijo me ha empujado un poco, me dijo «yo creo que deberías escribir siempre para mí». Y le dije «sí, hombre, y esperar a que yo tenga nietos para volver a escribir para niños» [ríe]. Más que un salto, ha sido un paso lateral, porque salto me suena a que existe cierta jerarquía y en realidad no es así. 

El libro lleva poco tiempo en la calle, así que no sé cómo ha sido para los lectores. Para mí, como autora, me da la sensación de que he escrito con mis mismos dedos, con mi mismo cerebro… no ha sido más difícil, porque escribir literatura infantil también es difícil. Por ejemplo, cuando escribo para niños tengo que pensar si cada palabra la conocen, si necesitan un contexto, en no alargarme innecesariamente. En este caso ha sido un proceso más fácil. Tengo muchas ganas de ver cómo van a reaccionar los lectores.

Qué le hizo más ilusión a tu padre, Luis Oro, ¿que le pusieran su nombre a una calle en Zaragoza o que te dieran el premio Cervantes Chico a toda tu trayectoria?

Mi padre lleva años cosechando premios, tiene un montón. De hecho, él tiene una vitrina con premios, copas, medallas… Al principio eran de deporte porque fue campeón de España de esquí, como mi madre. Luego, por su labor como investigador (es químico).

¿Dónde tiene su vitrina? ¿También en el garaje?

[Ríe]. No, la suya está en el salón, bastante visible. Cuando éramos pequeños, vino un fotógrafo a casa y a mi hermano mayor le hizo la foto posando en la vitrina de las medallas. Mi hermana y yo, en cambio, posamos con un paragüitas rosa delante de un espejo mirándonos. 

A mi padre le gusta que los logros sean visibles, y que el Heraldo me dedicara una página entera le encantó. Toda mi vida he sido siempre la hija de Luis Oro pero últimamente es a él al que le empiezan a decir que si es el padre de Begoña. Me parece muy bonito que a él le enorgullezca. 

Después del Cervantes Chico, el Premio Lazarillo y el Gran Angular, ¿te queda algún reto como autora por lograr?

No lo sé: he hecho teatro, he hecho cómic… Me gustaría tocar más el piano. De hecho, este año me apunté a aprender jazz e improvisación en la Escuela de Música de mi pueblo porque tengo una formación como pianista clásica, que me hace tocar siempre muy rígida, no sé tocar sin partitura. Soy incapaz de improvisar pero he tenido que dejarlo porque no me da tiempo y noto que no avanzo nada. 

De entre los retos escritos, me encantaría hacer una adaptación de las letras de Cole Porter, que además permiten una poesía ingeniosa. Eso sí, habría que actualizarlas porque tienen referentes de su época. 

He visto que además en tu currículum está que fuiste pianista de Wicked en el colegio de tu hijo. ¿Es mejor ser autora de literatura infantil o pianista en Wicked?

[Ríe]. ¡Pianista! Vivíamos en un apartamento enano de alquiler y no teníamos espacio para un piano en casa, así que iba a Waltons, que es una tienda musical donde dejan locales para ensayar. Alquilaba el piano por horas y luego iba a tocar con los niños en el cole. No existen grabaciones de esto porque se avisó a los padres de que iba a haber una persona grabando de manera oficial y al final algo salió mal y no se registró, así que no hay pruebas de aquel espectáculo. Mejor así.

Me queda la última pregunta, pero sé que nunca la respondes. ¿Cuál es tu edad?

Estaba esperando a que me entrevistara Jot Down para decirla [ríe]. Es broma, con el Cervantes Chico se han inventado el año en el que había nacido varias veces, pero aun así prefiero no decirlo.

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