
En un futuro no muy distópico —pongamos que dentro de unos cuatro años— Donald Trump, tras ganar su tercer mandato, sale de la Casa Blanca montado sobre una carroza dorada hecha con las barras y estrellas fundidas de las banderas que antes ondeaban en universidades críticas y bibliotecas públicas. El país entero celebra su regreso como quien celebra la victoria de su equipo en la Super Bowl. Esta vez, Trump ha decidido que la guerra cultural no se libra en las universidades, ni en X, ni en Disney+, sino en las aduanas. Así que ha tomado su pluma —dorada, por supuesto— y ha firmado una orden ejecutiva para proteger a los verdaderos americanos de las amenazas externas: las películas de Ruben Östlund, los libros con prefacio, y la ópera francesa que no sea en inglés, preferiblemente con acento de Dakota del Sur.
El plan es sencillo y ambicioso, como corresponde a cualquier gran hazaña de la política moderna: establecer aranceles del 80% a cualquier importación cultural que no haya sido bendecida por una escopeta, un águila o una Biblia. Los editores están confundidos. Las grandes casas editoriales de Nueva York, acostumbradas a vivir de los avances de las memorias de políticos fracasados y las novelas de autores que escriben como si aún vivieran en el Upper East Side de 1952, no saben cómo justificar ante sus accionistas que importar libros de ensayo sobre feminismo de Hélène Cixous cueste lo mismo que imprimir la autobiografía de Chuck Norris. «Nos están obligando a editar», confiesa entre lágrimas un editor anónimo, antes de esconder un volumen de Foucault en el falso fondo de su mochila de Columbia.
La industria del cine, por su parte, ha optado por la negación. En los estudios de Hollywood reina el desconcierto: ¿cómo montar una coproducción con Europa si ahora cada línea de subtítulo cuesta lo mismo que una escena con efectos especiales? Las nuevas películas de autor deberán grabarse en inglés, rodarse en Texas y tratar sobre gente blanca con problemas de autoestima, lo que, a decir verdad, no cambia mucho del panorama actual. Pero el problema estético no es menor: muchos productores aseguran que sin la posibilidad de rodar en Departamento de Policía de Görlitz las tragedias centroeuropeas tendrán que ambientarse en Milwaukee y protagonizarse por experimentados participantes de realities republicanos. Para evitar filtraciones, el gobierno ha creado una Comisión Nacional para la Defensa de la Narrativa (CONDENA), cuya función es revisar cada guion en busca de lo que denominan «ofensas al relato hegemónico». Aún no está claro qué significa eso, pero ya están en prisión los hermanos Jonathan y Drew Scott por canadienses y cuatro guionistas que usaron la palabra “deconstrucción” en un storyboard.
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En un futuro no muy distópico…nos seguiremos sorprendiendo de un cambio de guión que nos impone un imperio en decadencia.
Para que en el futuro hubiese algo digno de ser contado, el creador de la saga Dune, Frank Herbert, en 1960, tuvo que idear antes una guerra en la que la IA quedara abolida, la llamó la Yihad Butleriana.
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