Arte y Letras Historia

Cadáveres de botica

DP. Cadáveres de botica
DP.

Un europeo enfermo de los siglos XVI o XVII podía entrar en una botica y comprar cadáver sin que el asunto exigiera música de órgano ni aparición del demonio en una esquina del local. Pedía mummia, o grasa humana, o algún preparado elaborado con cráneo, según la dolencia, el médico, el bolsillo y la imaginación farmacéutica del lugar. El boticario pesaba, envolvía, cobraba. La escena tiene menos aspecto de aquelarre que de comercio y por eso funciona mejor. El horror, cuando aprende a despacharse al peso, pierde teatralidad y gana eficacia.

La mummia fue la reina de aquella despensa fúnebre. El nombre venía de una confusión larga, porque en origen se vinculaba al betún, una sustancia oscura a la que se atribuían virtudes curativas, pero Europa acabó pegando esa palabra a los cuerpos embalsamados de Egipto. La momia pasó de muerto ilustre a medicamento pulverizado. Un faraón, un sacerdote, un funcionario egipcio o cualquier cadáver suficientemente antiguo podía terminar reducido a polvo en una estantería europea, dentro de un bote y dispuesto a entrar en el cuerpo de un cristiano con dolor de cabeza, moratón, hemorragia o fantasía médica de la época. La cosa se complicó pronto porque las momias verdaderas no abundaban al ritmo que exigía el mercado. Había que traerlas, comprarlas, trocearlas, molerlas, distribuirlas, y en todo ese trayecto la autenticidad se volvía una cortesía negociable. Cuando la demanda crece, la verdad adelgaza. Aparecieron sustitutos, cuerpos recientes tratados para parecer antiguos, mezclas dudosas, materia humana de procedencia turbia. El enfermo que compraba mummia podía estar tragándose Egipto o un fraude, aunque probablemente esa diferencia importara menos que la autoridad del placebo. En medicina, como en religión y en política, el envase ha curado a mucha gente durante unas horas.

Tenemos que imaginar la botica sin convertirla en cueva. Recipientes alineados, nombres latinos, olores espesos, remedios vegetales junto a minerales y materias animales. El cuerpo humano entraba allí como una sustancia más. La medicina galénica seguía pensando el organismo en términos de humores, calores, equilibrios y correspondencias, y esa visión del mundo permitía que una parte del cuerpo actuara sobre otra, que el cráneo tuviera relación con los males de la cabeza, que la sangre conservase una fuerza aprovechable, que la grasa sirviera para ungüentos. La idea repugna desde nuestro siglo, pero dentro de aquel sistema no caminaba sola. Tenía vecinos intelectuales, autoridades, recetas, pacientes curados por casualidad y pacientes muertos sin capacidad de queja. La sangre ocupó un lugar especial porque parecía conservar la vida en el instante mismo de abandonarla. Las ejecuciones públicas ofrecían una oportunidad difícil de mejorar para una cultura que mezclaba castigo, espectáculo y remedio con una tranquilidad asombrosa. En algunos lugares, quienes padecían epilepsia acudían al patíbulo para beber sangre de ajusticiado, a veces directamente, a veces comprada a quien había conseguido recogerla. El cuerpo del condenado pasaba de ejemplo moral a botiquín en cuestión de minutos. La multitud veía morir a un hombre y, antes de que la sangre se enfriara, alguien esperaba que aquella muerte le arreglara el cuerpo. Ese detalle explica mejor que cualquier teoría el funcionamiento de la medicina cadavérica. No se trataba de una excentricidad aislada, guardada por cuatro iluminados en sótanos de mala reputación. Participaba de una economía del cuerpo donde el cadáver podía seguir produciendo valor. El reo ejecutado resultaba útil porque había muerto de golpe. Su vida interrumpida parecía conservar una energía que la enfermedad no había tenido tiempo de gastar. El muerto por vejez llegaba tarde a la farmacia. El muerto violento, en cambio, entraba con crédito.

También se usó cráneo humano. Se molía, se preparaba en tinturas, se mezclaba con otros ingredientes. El hueso de la cabeza parecía guardar una relación directa con dolencias nerviosas o convulsiones, y esa lógica de parecido sostenía muchas prácticas de la época. La grasa humana servía para friegas y ungüentos, especialmente en dolores o heridas. El musgo crecido sobre cráneos enterrados, conocido como usnea, tuvo igualmente su pequeño prestigio. Cada fragmento del cuerpo recibía una tarea. La muerte quedaba repartida en especialidades.

Los médicos no hablaron todos con una sola voz. Ambroise Paré criticó la mummia y puso en duda sus efectos, además de denunciar la suciedad moral y material de aquel comercio. Otros autores la defendieron, la recetaron o la aceptaron con mayor comodidad. La medicina antigua y moderna avanza muchas veces así, entre la intuición útil, el error con toga y el negocio que sabe ponerse serio. A nosotros nos gusta imaginar la ciencia como una carretera limpia, pero durante mucho tiempo fue un camino con charcos, cadáveres y vendedores a ambos lados.

La procedencia importaba y al mismo tiempo se dejaba deformar por el deseo. Egipto daba prestigio porque ofrecía distancia, antigüedad y una promesa de secreto. La momia egipcia permitía comprar un remedio y una leyenda en el mismo pack. El comprador europeo no ingería únicamente polvo humano, ingería el mito y la historia. La enfermedad abre una credulidad feroz, y quien sufre está dispuesto a respetar como sabiduría cualquier cosa que llegue de lejos con suficiente ceremonia. El comercio de mummia convivía con una Europa que llamaba bárbaros a otros pueblos por sus prácticas corporales. Esa tensión no necesita mucha decoración. Montaigne, cuando escribió sobre los caníbales del Brasil, ya había entendido el truco moral de su tiempo. Europa podía horrorizarse ante el canibalismo ritual de otros mientras cortaba cuerpos en plazas públicas, torturaba con método y convertía restos humanos en medicina. El problema nunca fue solo lo que se comía, sino quién tenía permiso para nombrar el acto. Una boca salvaje produce escándalo. Una botica produce receta. La diferencia de nombre lo cambiaba todo. Nadie decía que estaba comprando prójimo. Compraba mummia, polvo, tintura, preparado. El lenguaje trabajaba como un paño encima de la mesa. Bajo ese paño seguía estando el cuerpo, pero el paciente podía mirar hacia otra parte. El latín ayudaba mucho. Pocas cosas han servido tanto para lavar una escena como una palabra técnica pronunciada por alguien con autoridad.

El uso de cadáveres en medicina empezó a perder prestigio con el avance de nuevas ideas médicas y con una sensibilidad distinta hacia los restos humanos, aunque esas retiradas rara vez suceden de golpe. Un remedio puede haber sido desacreditado en los libros y seguir viviendo en mercados, costumbres, boticas apartadas o memorias familiares. La medicina oficial cambia de piel antes que la imaginación de los enfermos. Tampoco conviene imaginar que el abandono de estos remedios trajo una pureza inmediata en la relación europea con los cadáveres. El cuerpo dejó de ser medicamento y encontró otros destinos aceptables. La anatomía lo abrió con vocación de conocimiento. El museo lo colocó bajo cristal. La ciencia lo midió, lo clasificó, lo guardó. Cambiaron las razones y cambió la escenografía. El muerto siguió siendo útil, aunque la utilidad aprendió modales nuevos.

La medicina cadavérica incomoda porque obliga a mirar la cultura europea sin el barniz de superioridad con el que suele presentarse a sí misma. No aparece aquí una humanidad primitiva, perdida en la niebla, incapaz de distinguir entre curación y magia. Aparecen médicos, libros, farmacias, pacientes ricos, pacientes pobres, comerciantes, verdugos, cuerpos que entran en circulación después de la muerte. Aparece una sociedad capaz de convertir el cadáver en recurso y de hacerlo con las manos limpias, o al menos con las manos lavadas después. La escena que queda no necesita cementerio. Basta un mostrador y un enfermo que pregunta la dosis con un boticario que pesa el polvo. En algún punto de esa cadena hubo una persona, aunque el sistema haya trabajado con paciencia para borrar su nombre. La medicina prometía alivio. El comercio prometía suministro.  Y el muerto, ya sin voz, cumplía su último oficio dentro de otro cuerpo.

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