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Los falsificadores (y 13): el caso de Curial e Güelfa

Curial e Güelfa

Alguna vez, pero solo alguna vez, uno quisiera que la falsificación fuese auténtica, por decirlo con un oxímoron. Pero llegan los especialistas, equipados con sus estudios paleográficos, sus años de estudio, su conocimiento minucioso, y parece que no, que qué pena pero no, que nada que hacer. Es el caso de Curial e Güelfa.

Hacia 1860 el director de la Biblioteca Nacional, Agustín Durán, recibe un códice y deja una ficha pobre: «Este libro, o crónica caballeresca, sin título, habla de las proezas de Curial y de sus amores con la noble dama Güelfa. Es un precioso códice, aparentemente inédito, escrito en lengua catalana. A juzgar por sus letras, su dimensión, sus marcas, su calidad de papel e incluso por su encuadernación, parece haber sido escrito o copiado durante la primera mitad del siglo XV. Está dividido en tres libros. Consta de 212 hojas de escritura continua; las dos primeras, las 50, 173 y las dos últimas, están en blanco».

Quien revela la nota es el gran erudito y especialista del mundo trovadoresco Milà i Fontanals, que es el primero en dar noticia de la obra en una revista especializada francesa años después de la muerte de Durán, en 1876: «El lenguaje de la novela nos haría pensar en una época un poco más moderna; pero no la hemos estudiado en profundidad como para deducir si fue anterior o posterior a Tirant lo Blanc, la única novela caballeresca de larga extensión que se conoce en la literatura catalana. No sabemos de Curial e Güelfa más que esto, suficiente para despertar su curiosidad y hacerles reconocer esa singular mezcla de gótico y renacimiento que se encuentra en muchas obras artísticas y literarias del siglo XV y comienzos del XVI. El lenguaje de nuestra novela es elegante y correcto, y su ortografía bastante regular. Observamos algunos pretéritos en ba por uava».

Es raro que el gran filólogo catalán se encuentre con una obra así y no se zambulla en ella como quien se baña en las fuentes del Nilo. Pero lo cierto es que Milà la deja pasar y la novela solo se publica en 1901. Se encarga de la edición un discípulo de Milà, Antoni Rubió, que en el prefacio cuenta que en sus estancias en Madrid siempre gusta de pasar horas entre los códices en catalán y que un buen día un amigo bibliófilo se le quejó del olvido en que tenían los eruditos al Curial. Se empleó a fondo en un códice que, por alguna razón, a su maestro no le había interesado rescatar, y publica la primera edición del texto. El Curial se abre paso como ejemplo temprano de la literatura catalana con su extraordinaria mezcla, más que mestizaje, de novela de caballería y romance amoroso en el que la dama Güelfa se propone educar a un muchacho huérfano del que se ha enamorado en cuanto lo ve.

Menéndez Pelayo, en sus Orígenes de la novela, solo le ve el interés de la lengua, pues es de las pocas en catalán que «se salvaron del naufragio». Considera que es obra foránea, posiblemente italiana, y que de caballeresca no tiene un ápice; más bien es un relato erótico-sentimental al que le afea las escenas sensuales según su estricto criterio de despreciar toda página donde aparezca expuesto algo de piel humana (y si es joven y tensa, ni te digo).

En 1930 la editorial Barcino emprende la edición crítica: se encarga Ramon Aramon i Serra en tres tomos de la colección Els Nostres Clàssics. Más adelante el sabio Martín de Riquer se detiene en ella y fija la acción de la novela entre 1267 y 1283, «siempre que tengamos presente que estamos ante una novela en la que el autor ha querido reproducir el ambiente de un siglo y medio antes de su tiempo, aunque incluya nombres de su propia época». Esa presencia de nombres de personas del siglo XV, fortalecida con otros indicios, le ayuda a datar la redacción de la novela entre 1435 y 1462, lo que posiblemente la convierte en anterior al Tirant (publicada en 1490, pero comenzada según su dedicatoria en 1460).

Pero en 1991, Jaume Riera i Sans, secretario del Archivo de la Corona de Aragón, mosqueado con la anomalía que representa el modo de saltar al mundo del Curial, ofrece una explicación: se trata de una falsificación; en realidad, no es una novela del siglo XV sino del XIX, y quien la escribió fue su supuesto descubridor, Manuel Milà i Fontanals, que de alguna forma se las ingenió para componer un códice del XV con papel del XV y caligrafía del XV y encuadernación del XV. El mundillo académico lo consideró una insensatez. Solo la catedrática Rosa Navarro Durán, gran estudiosa del Lazarillo y de Cervantes, entre otras cumbres de los Siglos de Oro, le dio pábulo e indagó en la posibilidad de que Curial fuera en realidad un ingenio espectacular del mismo erudito que debió entregar el códice a la Biblioteca Nacional, el primero que dio noticia de él en una publicación para especialistas sin ahondar mucho en ella, como para ver si alguien picaba. Su tesis es tan fascinante que uno quisiera que llevara razón, porque prefiere un erudito desvergonzado a un anónimo escriba del siglo XV. Se aplicó la catedrática Navarro en tratar de demostrar que en el Curial había ecos de La Celestina, del Lazarillo, del Quijote, de Los novios de Manzoni. Defendía que la novela era un pastiche realizado por un Walter Scott catalán que, en vez de imprimir su texto, quiso darle veracidad de documento antiguo y, conociendo como conocía todos los códices del mundo, debió buscarse un calígrafo al que dotó de papel de la época y tinta avejentada para encuadernar luego el fruto de sus meninges y colarlo en la Biblioteca Nacional como primera obra de la lengua catalana. Mucha tela, desde luego. Pero los eruditos son gente muy sacada de quicio.

No ignoro el lugar común que dice que nada hay tan aburrido como una disputa de eruditos, pero creo que enuncia una falacia. En realidad, eruditos somos todos. Las broncas de Sálvame que ocupaban horas en la televisión eran grescas de eruditos: yo no me enteraba de nada de lo que hablaban porque no tenía conocimiento alguno de los asuntos de sus discrepancias, pero me fascinaba la cantidad de información que cada uno despachaba, que conocieran los nombres de los mayordomos de sus famosos o pudieran recitar la lista de amantes de alguien como quien reza un padrenuestro. Igualmente, alguna vez, cuando he visto las discusiones de los futboleros no he comprendido nada de lo que decían porque futbolísticamente me quedé en 2010, cuando levantamos la Copa del Mundo, pero no se puede discutir que los tertulianos derrochaban un conocimiento enciclopédico sobre la actualidad hasta el punto de que tenía uno la impresión de que si le preguntara a uno de ellos qué marca de calzoncillos utiliza el extremo izquierdo titular del Rayo Vallecano te lo podría decir sin el menor problema. Y esas tertulias de eruditos en sus cosas tienen o tenían miles y miles de seguidores. O sea, solo son aburridas las peleas de eruditos que hablan acerca de un tema sobre el que no tenemos el menor interés. Ahora me paro alguna vez en alguna de las tertulias políticas que generan grandes audiencias y no me entero de nada y a los cinco minutos huyo: pero no dejo de reconocer que quienes intervienen son los eruditos de la actualidad con innumerables seguidores que o los jalean o los insultan. Por alguna razón misteriosa, se ve que la literatura de la Edad Media no tiene tanta hinchada.

La cosa es que los especialistas afearon de inmediato a Rosa Navarro su hipótesis. Fueron Lola Badia y Jaume Torró, autores de una modélica edición del Curial, los encargados de desmontarla considerándola «una fantasía filológica». A Lola Badia le debe uno muchas horas de viaje por la Edad Media gracias a sus estudios sobre Ramon Llull, la poesía trovadoresca o Ausiàs March. Para Badia y Torró, la hipótesis de Navarro Durán solo puede catalogarse de descabellada, quizá generada por no haber tenido la precaución de cotejar el códice. Todos los indicios que ofrece para muscular su fantasía operan a la manera del arquero que primero lanza una flecha y solo después de que se clave en alguna parte pinta la diana. Así, si se propone buscar italianismos, los encuentra; si se propone encontrar una escena que recuerde a Los novios de Manzoni, la encuentra; si se propone escuchar en los renglones del Curial cosas que hay en Cervantes o el Lazarillo, las escucha. Aparte, la acusan de desoír los análisis paleográficos que dictan que la caligrafía corresponde de modo inequívoco a una mano del siglo XV: basar toda la fuerza de una hipótesis atributiva en análisis textuales, cuando se trata de literatura antigua, prescinde de un asunto fundamental como es la materialidad. Curial e Güelfa no es solo un texto del siglo XV, no es solo una novela rarísima que combina con modernidad decidida caballerías con amor cortés, es también un objeto. El falsificador hubiera tenido que atender durante cientos de páginas a todos los detalles y no cometer un solo desliz. Los paleógrafos consideraron técnicamente imposible que alguien del XIX llevara a cabo semejante prodigio, pero aunque no fuera imposible quedaba sin responder una pregunta acuciante: ¿para qué iba nadie a tomarse ese trabajo inverosímil cuya ganancia, a la vista de los hechos, era solo que Rosa Navarro lo declarara falso?

Bueno, ahí ya entraríamos en psicologías, y gente rara ha habido en todas las generaciones, y que el súmmum para alguien fuera conseguir hacer pasar por obra del XV lo que escribía en el XIX y que los académicos admitieran el fruto de sus vigilias como cuna de una literatura puede que no esté contemplado en el DSM como un problema mental o una variación del fetichismo, pero no necesariamente se infiere de ello que sea imposible que se dé el caso.

Reseñando la modélica edición de Curial e Güelfa publicada por Quaderns Crema, Lluís Cabré escribía: «Para considerar la tesis de Rosa Navarro hay que tener buena intención. De entrada hay que dar por bueno que Milà i Fontanals, padre de la filología románica peninsular, cedió a la frivolidad de presentar una obra falsa en la Revue des Langues Romanes y contó con la ayuda de un falsificador lo suficientemente diestro como para dar con suficiente papel en blanco de la época, imitar a la perfección la letra y el formato de los manuscritos del momento y encuadernar el volumen con materiales y técnicas adecuadas (como si estuviese falsificando un Leonardo pero sin hacer negocio). También tendríamos que aceptar que la erudición y la inventiva de Milà alcanzaban a dominar detalles sobre astrología, mitología, genealogía, liturgia, entre otras muchas disciplinas».

Navarro Durán dice que vale, muy bien, sí, lo que quieran: «Nadie puede negarle la erudición, las muchísimas lecturas, el ingenio, la genialidad a Manuel Milà i Fontanals al crear esa falsificación tan literaria: ¡cuántas obras asoman en su tejido! Con todo derecho esta novela histórica tiene que figurar en la historia literaria del siglo XIX». Y se limita a preguntar: «¿No les parece que una cosa tan sencilla como un análisis de la tinta de la escritura del códice 9750 de la Biblioteca Nacional nos sacaría a todos de dudas?». La comunidad académica no lo acepta partiendo de la base de que la única que tiene dudas es ella.

Y tampoco es tan sencillo el análisis de la tinta. Hay que fiarse de los especialistas y ellos hablan del riesgo que tiene el análisis químico sobre tintas antiguas, pues requiere la extracción física de muestras o la aplicación de abrasivos. Los bibliotecarios prohíben estas prácticas cuando pueden perjudicar al patrimonio y los doctores en libro antiguo aseguran que el análisis de tinta del siglo XV no determinaría autenticidad por sí solo, pues no se puede descartar su fabricación en el XIX mediante complejas, pero posibles, fórmulas. La pregunta fundamental es: ¿para qué iba nadie a tomarse tantísimo trabajo? ¿De veras es creíble que persona tan ocupada y productiva como Milà i Fontanals se pusiera a perpetrar semejante artefacto? Así las cosas, por lo que parece, no basta la sospecha de alguien para poner en marcha un proceso tan delicado. Rosa Navarro Durán sigue siendo taxativa: «No me cabe la más mínima duda de que Curial es una falsificación y que debería ser estudiada como una de las grandes obras del XIX catalán».

Uno, porque le ve más alcance narrativo y poético a su hipótesis —o su fantasía—, por momentos quisiera que llevara razón. Pero por otro lado milita en la verdad esperanzado de que la verdad sea algo más que La Verdad, un periódico de Murcia. Y la edición de Badia y Torró parece tan incontestable que quizá, en el fondo, solo desee que alguien hiciera con la hipótesis de Rosa Navarro una novela. Tendría que ser alguien muy bueno, desde luego. Alguien a la altura de la maravilla que sigue siendo Curial e Güelfa.

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