Recuerdo un viaje que hice ya hace bastante tiempo a Christiania, un pequeño micropaís hippie situado dentro de Copenhague en Dinamarca. En aquellos años estaba profundamente enamorada de mi novio de entonces, un psicólogo mordaz que estaba en fase carpe diem, así que, como es previsible, me dejé llevar por todo lo que me proponía. Entre las cosas que hicimos en ese barrio comunal autogestionado fue comprar dos porros ya preparados (no estábamos capacitados para el DIY) e intentar fumárnoslos en un pequeño montículo rodeados de césped mientras nos bañaba un ligero sol nórdico. Creo que aguantamos tres caladas antes de marearnos y cederles las trompetas a unos que pasaban por allí. Yo ya le había avisado: el hachís y yo no tenemos feeling, es una droga que no va con mi personalidad.
Cuento esto porque durante años arrastré aquel mareo nórdico como un mandamiento vital, convencida de que la planta y yo habíamos zanjado nuestra relación para siempre. Lo que vino a desordenar esa certeza fue algo tan prosaico como una crema. Una amiga fisioterapeuta llevaba meses insistiéndome en que probara los ungüentos de CBD para la contractura crónica que arrastro en el trapecio, y yo me resistía con el desdén de quien cree que todo lo que lleva la palabra cannabis pertenece al mismo cajón sospechoso. Cedí por agotamiento y la sorpresa fue doble, porque el dolor cedió de verdad y porque entendí que aquello no tenía nada que ver con colocarse.

El humo, en su caso, no es solo el de los porros que circulaban por Christiania, sino el de un siglo de propaganda. Nutt reconstruye con la paciencia de un mosaicista cómo la prohibición del cannabis se levantó sobre el prejuicio y no sobre la prueba. En el arranque, cuenta la historia de Harry Anslinger, el funcionario norteamericano que, ante el riesgo de quedarse sin empleo cuando se derogó la ley seca, decidió fabricar un nuevo enemigo. Rebautizó la planta como marihuana para vincularla en el imaginario popular a la inmigración mexicana y alimentó relatos racistas sobre su poder corruptor. Aquel pánico moral cuajó en leyes, las leyes saltaron al plano internacional de la mano de la Liga de las Naciones y el cannabis quedó agrupado con el opio y la cocaína como si compartieran naturaleza. Lo demás fue inercia que llega hasta nuestros días.
Frente a esa herencia, el británico despliega la ciencia con un didactismo que se agradece. Explica que la planta dialoga con un sistema que todos llevamos dentro —el endocannabinoide—, descubierto hace relativamente poco tiempo y poblado de receptores repartidos por el cerebro y el sistema inmunológico. En el libro explica que nuestro propio cuerpo fabrica sustancias parecidas al THC, como la anandamida, cuyo nombre procede de una palabra sánscrita que significa felicidad y a la que se atribuye en parte esa euforia que sienten los corredores. Cuenta también que el cannabis no es un compuesto sino una planta con cientos de cepas y proporciones cambiantes, y que esa variabilidad explica por qué a una persona la relaja y a otra —como a mí en aquel montículo— la deja pálida y al borde del desmayo. Pura química, para variar.
La parte que más me ha interesado es la médica, cuando Nutt narra los casos de niños como Alfie Dingley, un pequeño con epilepsias devastadoras que sufría más de cien convulsiones semanales y a quien solo el cannabis lograba devolverlo a algo parecido a una vida. Relatos como este fueron los que consiguieron que la legislación británica empezara a cambiar. El autor distingue con cuidado entre los extractos puros con licencia y los de espectro completo, repasa afección por afección dónde existe evidencia sólida y dónde apenas hay nada, y desmonta el temor exagerado a la dependencia, que afecta a una minoría y resulta muy inferior a la que provocan el alcohol o los opioides. Una acaba pensando sobre lo absurdo que resulta que determinadas sustancias sean juzgadas antes por su reputación que por las pruebas disponibles.
El corazón intelectual de la obra reside en sus escalas de daño, esos análisis multicriterio que Nutt diseñó junto a otros expertos para medir de forma objetiva el perjuicio real de cada sustancia. El resultado, que sitúa el alcohol por encima de tantas drogas vilipendiadas, es la prueba que le costó el cargo y la que sostiene su tesis central. La prohibición, lejos de reducir los daños, los multiplica. Empuja el mercado hacia variedades cada vez más potentes y, peor aún, hacia sustitutos como el spice, un cannabinoide sintético cuyos efectos van de la psicosis al paro cardíaco y que prosperó precisamente al amparo de los vacíos legales. La incoherencia llega al paroxismo cuando el autor compara la tolerancia cero al volante con el cannabis y la manga ancha que las mismas sociedades han mantenido con el alcohol, mucho más peligroso al conducir.
De ahí nace su propuesta: un mercado legal y controlado por el Estado que garantice la calidad del producto, dé acceso a quien lo necesita por razones médicas, repare injusticias sociales aplicadas durante décadas con sesgo racial y, de paso, genere ingresos fiscales. No es una arenga de activista, es la conclusión a la que llega un médico después de ordenar todos los datos disponibles. Se agradece que el libro no solo divulgue sino que además se atreva a convertir un tema secuestrado por la ideología en una cuestión de salud pública racional.
Termino confesando que sigo sin tener feeling con el hachís. Mi cuerpo dijo lo que tenía que decir en aquel prado de Copenhague y no pienso llevarle la contraria, y más habiendo pasado los cuarenta. La novedad es que ya no confundo mi sensibilidad a la mandanga fumada con las políticas sanitarias. Nutt no me ha convencido para fumar —no lo hizo ni el Nota—, pero sí para mirar el asunto con menos reflejos condicionados y más curiosidad intelectual.







