Menéame, ese laboratorio abierto de democracia digital que ha intentado sobrevivir al apocalipsis algorítmico, se ha metido de lleno en su primer gran debate fundacional desde que creó el llamado Consejo Consultivo. El pasado 20 de julio, los usuarios de este órgano votaron si debía bloquearse el uso de redes sociales como fuente directa de enlaces. El resultado: 14 votos a favor (61 %) y 9 en contra (39 %). Gana el “sí, vamos a probarlo”, y se activa por tanto un experimento de un mes de duración en el que X, TikTok, Instagram, Threads, Bluesky o Thereaderapp no podrán ser fuentes principales de las noticias compartidas.
¿Quién ha decidido esto? ¿Y por qué?
El Consejo Consultivo de Menéame, un órgano asambleario y no ejecutivo creado para definir las políticas de contenido y de karma de la plataforma está formado actualmente por más de 50 usuarios de pago. No se trata de una dirección cerrada ni de administradores técnicos, sino de una suerte de parlamento de suscriptores, ideado para compensar el poder algorítmico con deliberación humana. Cada uno de estos usuarios paga una cuota anual de 50€ que le da voz y voto en temas relevantes: desde las normas de convivencia hasta el diseño del frontend.
Tras plantear a la comunidad el bloqueo y que está comentara al respecto, los miembros del Consejo debatieron si debía vetarse el uso de redes sociales como fuente. No se trataba de limitar comentarios, ni de censurar opiniones, sino de impedir que un vídeo de TikTok, un tuit incrustado o un post de Bluesky pudieran ser usados como fuente principal en una noticia enviada a portada. La medida, decían los favorables, busca preservar la fiabilidad informativa, evitar los bulos sin contexto y combatir el sensacionalismo. Según el resumen del Consejo, muchos de esos enlaces tienen una vida corta, no aportan documentación contrastable y se utilizan para avivar polémicas o crear clima, no para informar.
La votación se resolvió con una mayoría clara, aunque no aplastante. Y la decisión es tajante: bloqueo durante un mes de esos enlaces como fuente principal, periodo en el que se evaluará su impacto en tráfico, en calidad del contenido y en percepción de la comunidad. Si no hay efectos negativos apreciables, el veto se consolidará. En caso contrario, se revertirá. La moderación sigue permitiendo enlazar redes sociales en comentarios, y tampoco se penaliza si esas publicaciones están incrustadas dentro de artículos de medios. Pero sí se vetan como origen principal de una entrada en Menéame.
El movimiento no ha pasado desapercibido. En el propio hilo en portada que daba cuenta del resultado, las reacciones han sido inmediatas. Un usuario escribe: «Creo que os estáis equivocando. En Redes Sociales hay mucha información primaria que de otro modo no es fácil conocer». Otro se queja de que de esta decisión la tomen los que pagan y no toda la comunidad: «Qué tiempos aquellos en los que se hablaba de «la Mafia de Menéame». Ahora entramos en la era de «la Mafia de pago de Menéame»».
La tensión de fondo se puede resumir así: la comunidad teme que se esté cerrando una ventana al presente. Porque una parte importante de la información viva, la que ocurre en tiempo real, ya no pasa por los medios tradicionales. Pasa por vídeos de móvil, directos de redes o testimonios espontáneos. Bloquear esas fuentes puede suponer una pérdida de agilidad, una desconexión con lo que está ocurriendo ahora. Y más aún en un contexto como el actual, donde —como se ha dicho tantas veces— «a la gente le gusta leer poco». Quien encuentra un vídeo viral, un hilo bien armado, una denuncia filmada en vertical, quiere compartirlo. Y si no puede hacerlo en Menéame, quizás lo hará en otra parte.
Del otro lado, están quienes ven la medida como una forma de higiene. Las redes sociales están abarrotadas de ruido, bulos, imágenes sacadas de contexto, propaganda política disfrazada de testimonio. El clic fácil, el título incendiario, el vídeo editado para provocar. ¿Debe un agregador como Menéame premiar eso? ¿O debe intentar resistir, aunque sea parcialmente, a la lógica del escándalo inmediato? El problema, claro, es que no hay una frontera clara entre lo viral e irrelevante y lo viral e informativamente valioso. En redes hay basura, sí, pero también documentos esenciales que los medios ignoran. Testigos directos, filtraciones, evidencias. En muchos casos, lo que se discute en televisión empezó como un tuit. ¿Tiene sentido excluir todo eso por sistema?
El Consejo Consultivo ha apostado por el experimento. No es una prohibición definitiva. Es una prueba. Pero el gesto importa. Marca una dirección. Y hay muchos usuarios que lo ven como un paso hacia una Menéame más restrictiva, menos permeable al presente, más lenta y más elitista. Una Menéame que renuncia a su carácter de termómetro colectivo para parecerse más a un medio clásico. El debate, por tanto, no es solo sobre enlaces. Es sobre identidad. ¿Qué quiere ser Menéame en 2025? ¿Una plataforma comunitaria donde compartir lo relevante, venga de donde venga? ¿O un espacio filtrado donde solo lo publicado por medios validados puede alcanzar la portada?
La paradoja es que esta decisión, nacida de una estructura nueva y más democrática —el Consejo Consultivo—, ha generado un sentimiento de exclusión en parte de la base. Muchos usuarios sienten que no se les ha consultado, que no forman parte del proceso, que no tienen voz aunque usen la plataforma a diario. Y esa es la grieta más peligrosa. Porque las normas pueden discutirse. Pero la legitimidad solo se mantiene cuando todos sienten que forman parte del juego.
Este gesto de Menéame no es una anécdota aislada. Es una miniatura precisa del dilema que están enfrentando hoy todos los medios de comunicación: cómo lidiar con el torrente de información espontánea, desjerarquizada y caótica que circula por redes sociales sin convertirse en sus rehenes ni en sus altavoces. Muchos medios han optado por la contradicción permanente: se nutren a diario de hilos de X, vídeos virales, stories de Instagram, mientras editorialmente desprecian ese mismo canal por ser foco de desinformación o manipulación emocional. Saben que el tráfico viene de ahí, pero también que cada vez que lo integran como fuente pierden un poco más de autoridad, como quien se alimenta de la comida rápida que critica.
Lo que ha hecho Menéame, en el fondo, es asumir ese conflicto con una honestidad brutal: cortar de raíz la dependencia. Pero la honestidad también puede ser torpe si no va acompañada de inteligencia. Porque la exclusión sistemática no es necesariamente un acto de rigor, sino muchas veces un síntoma de desconcierto. El sistema mediático tradicional ha fracasado en ofrecer herramientas sólidas de verificación, y en lugar de crear mejores filtros, prefiere cerrar el grifo. Algunos periódicos bloquean comentarios, otros restringen enlaces, la televisión selecciona testimonios en función de su telegenia más que de su veracidad. Todos ajustan el foco no al hecho, sino al formato. Y en esa coreografía de encuadres, las redes sociales son a la vez villano y fuente, ruido y relato.
Menéame, por tanto, se convierte aquí en síntoma de una enfermedad más grande: el pánico editorial frente a la pérdida de centralidad. Si durante décadas los medios decidían qué era noticia, ahora el flujo informativo ya no pasa por ellos, y eso genera un reflejo defensivo. Se confunde curación con exclusión, y se cree que mejorar la calidad del debate pasa por eliminar los espacios donde se produce de forma más caótica.
Pero la calidad no nace del silencio, sino del contexto. Y el reto verdadero —para Menéame, para los medios, para cualquiera que aspire a informar— no es prohibir la fuente incómoda, sino dotar al lector de herramientas para entenderla sin caer en ella. Enseñar a leer antes que vetar. Distinguir lo viral de lo veraz sin necesidad de escudo.
Si este experimento de Menéame termina convirtiéndose en ejemplo, si otros espacios digitales siguen su estela, el riesgo es claro: construir medios cerrados, estériles, incapaces de detectar los movimientos sísmicos del presente. Pero si sirve para abrir una conversación más honda sobre cómo contrastar, cómo educar, cómo mantener una comunidad crítica sin convertirla en una secta de pureza informativa, entonces quizás haya sido el paso valiente —e incómodo— que todos necesitábamos.









Menéame hace ya tiempo que tiene un sesgo importante y no tiene nada que ver con las redes sociales. Yo mismo, usuario desde hace eones, he hecho la prueba de enviar una noticia desde un medio de los considerados progresistas y la misma desde uno de los llamados ‘pseudomedios’, siendo ambas exactamente la misma noticia al ser un teletipo de EFE.
La del medios ‘bueno’ llegó a portada; la del ‘malo’ fue tumbada con votos de ‘bulo’ o sensacionalista. Insisto: misma noticia, mismo titular.
Meneame ha perdido y pierde con esto pluralidad, se convierte en algo que no refleja el momento actual, hace tiempo que busco una alternativa a Meneame, más plural y más libre, da tristeza, les auguro una lenta agonía
Meneáme está muerto desde hace tiempo.
Está colonizado por gente desquiciada sobre ciertos temas que sube noticias absurdas contínuamente.
La ruina de MMM es la portada, las chupibandas se sacan los hojos por imponer un relato, y la portada es su cámara de eco.
Creer que la realidad es lo que pasa en redes sociales es el mayor sesgo que te puedes echar a la cara. O un agregador. Meneame es una ruina ¿desde cuándo?, ¿hace 5 años?, ¿10?, ¿20?, ¿50?. Está sesgado. Ya. Antes no, claaaro. Siempre la misma cantinela y no creo que nadie se haya hecho rico con meneame núnca. De lo que si es representativo meneame es de internet: un fango cada vez más denso y en el que cada vez cuesta más encontrar información útil y veraz. Tanto que al final volverán a hacer a las editoriales útiles, si comprenden el problema y no se dejan arrastrar por él.
Eliminar ingredientes tóxicos no empobrece el menú.
Las redes sociales son utilizadas en Menéame para difundir bulos ideológicos, en vez de apelar a alguna fuente el autor sube como «noticia» un posteo personal con todo el sesgo que se pueda incluir en una red social y lo utiliza como un panfleto de su deseo personal de que de tanto intentarlo se transforme en verdad.
Tankies, commies, fascistas, de derechas o izquierdas, el problema es el mismo que en su momento Wikipedia resolvió con «no somos fuente primaria, las redes tampoco lo son» y zas, resuelto.
La escoria de la escoria de Menéame, esos apologistas antioccidentales antisemitas y pro islamistas pagos por Qatar están que trinan, eran los mayores usuarios de esta modalidad. Es de esperar que griten.
No sé ni de lo que habláis. Eso de Menéame tiene algo que ver con ese basural de MSN?
Que si tiene o si quiere?!,
Otro que no sabe que es menéame. No se habrá perdido tanto, sea lo que sea.
P.S: Menéame éstaaaaaaa!!!
:D
«La paradoja es que esta decisión, nacida de una estructura nueva y más democrática…»
Claro que sí: ahora a pagar por tener derecho a voz y voto lo llamamos más democracia. Hagamos aquí la prueba: 25 personas dispuestas a pagar 50 euros al año para decidir qué se hace y qué no en Jotdown. Seguro que la idea ya no os parece tan democrática.
Imparsifal, si Shizuka te viera dedicar un artículo entero sobre Menéame en su adorado juguete, te echaría tal mirada de desprecio que te orinabas encima.