
La historia del arte se escribe a martillazos. A veces sobre el mármol; a veces sobre los expedientes. Las pinturas murales del monasterio de Sijena, arrancadas durante una guerra, conservadas durante una tregua, y ahora en el centro de una escaramuza autonómica, son algo más que un conjunto de pigmentos antiguos con vocación de eternidad. Son, también, un espejo: uno de esos espejos turbios, medio rotos y colgados torcidos, donde no se sabe muy bien si lo que se refleja es el pasado, la identidad o el ridículo.
Que la «Capilla Sixtina del románico español» haya terminado como trending topic dice más sobre nuestra relación con el patrimonio que cualquier manual de museología. El arte sacro, ese que nacía para gloria de Dios y terminó en manos de restauradores con guantes de látex, pasa por todas las etapas del mercado emocional: primero nos duele, luego nos lo apropiamos, después lo devolvemos —si nos obligan— y finalmente lo debatimos en Twitter (me niego a llamarlo X) como si fuera un episodio de Sálvame con subtítulos en latín.
El Tribunal Supremo ha hablado, los técnicos han replicado, y las redes han opinado. Faltaba, como siempre, el artículo que no resuelve nada pero lo complica todo. Este es ese artículo.
El expolio con papeles
Hay muchos modos de arrancar una pintura de un muro. Algunos son toscos: con palanca, fuego o bayoneta. Otros son más suaves: con convenio, barniz y un par de firmas en el reverso de una ficha de catálogo. El resultado suele ser el mismo: la obra termina donde no estaba, y a partir de ahí empieza la retórica.
El caso de las pinturas murales de Sijena —ahora en fase de retorno al monasterio que las vio nacer y perderse— sirve para ilustrar una historia mucho más larga que la de un pleito autonómico. Una historia que habla menos de Huesca o Barcelona que de Londres, París, El Cairo, Nínive, Benín o Cholula. Una historia en la que todo desplazamiento artístico fue también un ejercicio de pedagogía imperial: salvar lo que estaba condenado a su propio contexto.
Porque eso es lo que dicen siempre los informes de conservación: que el contexto deteriora. El aire, la humedad, los monjes, la guerra. Que las piedras hay que protegerlas del polvo, y las reliquias del pueblo que las fabricó. Que el pasado, para sobrevivir, debe ser desposeído.
Durante siglos, se ha llamado «rescate» a lo que en cualquier otro ámbito se llamaría secuestro con motivaciones estéticas. Se ha denominado «traslado temporal» a lo que luego ha durado cinco generaciones. Se ha argumentado que el arte es universal, pero se ha guardado bajo códigos de inventario con propietario. La paradoja es perfecta: aquello que se arranca en nombre de la historia pierde toda historia excepto la del arranque.
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