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Guía apócrifa de las otras iglesias bonitas de España

Iglesia de San Tirso, Sahagún. (DP) iglesias bonitas
Iglesia de San Tirso, Sahagún. (DP)

Hay quien ve en los templos una invitación al recogimiento espiritual, otros una proeza de la ingeniería medieval, y otros —con menos fervor y más escepticismo— un vestigio de los pactos entre la cruz, la piedra y el poder. Y sin embargo, no todas las iglesias bonitas de España salen en todos los folletos. Sea como sea, están ahí. Elevadas hacia el cielo, ancladas en el suelo, abiertas para el turismo o cerradas a cal y canto para que no se note que ya nadie entra. Las iglesias españolas, incluso las que no salen en las guías de Semana Santa, constituyen un mapa de la contradicción nacional: son moradas de fe, pero también museos de polvo; son símbolos de poder, pero a menudo se caen a pedazos; son espacios de silencio, aunque nunca han estado exentas de ruido.

No hablaremos aquí de la catedral de Burgos, ni de la de León, ni de la de Santiago, ni de la Sagrada Familia, que bastante tienen ya con las visitas escolares y los trípodes de los turistas. Lo nuestro va por otro camino. En esta guía apócrifa nos proponemos trazar una ruta paralela por las iglesias menos obvias, esas que no suelen encabezar rankings, que no salen en los anuncios de cupones ni sirven de plató a series de Netflix, pero que, de un modo misterioso y en ocasiones alarmantemente sublime, consiguen lo que ninguna aplicación de mindfulness ha logrado jamás: abrir una grieta en la costra del alma por donde entra un poco de luz. Porque no todo en la espiritualidad pasa por sufrir, ni todo en el patrimonio pasa por restaurar. A veces, basta con mirar en dirección equivocada.

Fortaleza de la fe, carpintería del alma

Si caminamos hacia el noroeste terminamos por toparnos con una iglesia que parece pensada más para resistir una invasión normanda que para acoger un cántico litúrgico. Santa María de Tui, encajada entre la piedra y la historia en el sur de Pontevedra, es la confirmación de que en Galicia la fe siempre ha tenido algo de sitiada. Su perfil de catedral-mazmorra, mitad templo, mitad fortín, remite a un tiempo en que los enemigos del alma solían venir armados y con pasaporte portugués. Aquí, el románico no es dulce ni amable, sino macizo, compacto, un recordatorio de que la espiritualidad, antes de hacerse líquida, era mineral.

Más al este, el prerrománico asturiano se nos revela con toda su delicadeza en San Miguel de Lillo. Ningún exceso, ningún reclamo visual más allá de su colocación milimétrica entre los árboles, como si llevar mil años ahí fuese un accidente afortunado. Frente a los delirios góticos de altísima verticalidad y las plomizas cúpulas barrocas, esta pequeña iglesia del siglo IX propone un modelo de trascendencia discreta, doméstica, de carpintero introvertido. Entran ganas de abrazarla. De acurrucarse junto a sus piedras hasta que deje de doler el mundo. Es el tipo de edificio que no te hace sentir pequeño, sino simplemente en paz, como una taza de caldo en un día frío.

Y si aún quedaran dudas sobre la santidad de lo sobrio, basta con entrar a San Julián de los Prados —también en Asturias, también bajita, también antigua— y levantar la vista. Las pinturas que la decoran, firmadas sin firma por manos de otro milenio, tienen una extraña cualidad: no quieren impresionarte. No buscan el asombro, sino la intimidad. No están ahí para gritar «¡Mira qué arte!», sino para murmurar algo que quizá no entiendas pero que te deja raro el resto del día.

Entre el barro y la gloria

Avanzando hacia Navarra, el Camino de Santiago se permite uno de esos desvíos que parecen obra de un cartógrafo místico y no de un planificador turístico. Es allí, entre campos que huelen a cereal y silencio, donde se alza la iglesia de Santa María de Eunate, una rareza octogonal que parece más diseñada por un druida con nociones de geometría sagrada que por un arquitecto cristiano. Su forma y su ubicación —aislada, como un pensamiento impuro— invitan no al rezo, sino a la contemplación pagana. Uno entra y no sabe si debe santiguarse o pedir deseos. Es lo más parecido a una cápsula medieval de meditación trascendental.

Muy cerca, en La Rioja, el pueblo de Briones conserva otra joya sin saberlo. Nuestra Señora de la Asunción, que comenzó a erigirse cuando España aún no existía como tal pero ya se arrepentía de algo, combina el gótico que se cae a pedazos con el renacimiento que no se atrevía del todo a nacer. El resultado es una iglesia que no impresiona a primera vista, pero que se toma su tiempo. Una vez dentro, uno se siente pequeño, como debe ser. No por la escala, sino por la intención: cada piedra parece susurrarte que no eres nada, que tu última búsqueda en Google es irrelevante, que Dios puede que no exista pero la arquitectura sí.

Saltamos a Castilla y León, donde el adobe se mezcla con las cigüeñas, y aterrizamos en Sahagún, provincia de León, donde la iglesia de San Tirso se alza con su campanario románico-mudéjar como quien no quiere la cosa. Es una iglesia que pide a gritos ser descubierta por HBO. Tiene esa estética de frontera cultural, de sincretismo involuntario, que convierte cada ladrillo en un testimonio de convivencia forzada. Parece hecha para el medievo, pero también para las distopías del futuro, cuando el ecumenismo se practique a golpes.

Un poco más al sur, ya en la vieja Castilla de los obispos y los llanos, aparece San Baudelio de Berlanga. Que no esté entre las iglesias más famosas del país solo se explica por el odio que este país siente por la sencillez. Porque San Baudelio es lo más parecido que tenemos a una iglesia zen. Por fuera parece una caja de zapatos y por dentro, un delirio de sobriedad. Una columna central, una bóveda modesta, un aire de sacristía abandonada… pero también una pureza formal que Steve Jobs envidiaría si no estuviera demasiado ocupado actualizando el firmware de los ángeles. Aquí no hay ínfulas. Hay espacio. Y en ese espacio, lo sagrado.

Espinas de piedra y caminos de fe

Al norte del norte, donde la sal del Cantábrico se mezcla con el orgullo gótico y la humedad oxida los milagros, se levanta la iglesia de Santa María de la Asunción de Castro Urdiales. Su silueta, recortada contra el horizonte marino, parece más un esqueleto que un edificio. Y ahí está su encanto. Frente al románico que encierra, esta gótica cántabra se abre, se transparenta, muestra la armazón que la sostiene como si no tuviera nada que ocultar. Es una iglesia que no se maquilla. Que no pretende. Que se sabe frágil pero necesaria. Como los buenos amigos y las malas decisiones.

Más al sur, aunque no mucho, en el corazón del páramo palentino, se encuentra Villalcázar de Sirga y con él, su joya inesperada: la iglesia de Santa María la Blanca. Aquí el Camino de Santiago se permite una licencia estilística y nos deja una portada románica que es, por decirlo suavemente, peculiar. Rara, sí. Pero de una belleza incómoda, difícil de explicar. Es una iglesia que parece construida a base de contradicciones: maciza pero amable, tosca pero detallista, rota pero elegante. Y como ocurre con todo lo que no entra en los cánones, lo que al principio desconcierta acaba provocando una ternura irreprimible. Uno la mira y piensa: no sé por qué me gusta, pero me gusta. Como pasa con las canciones que escuchas en bucle sin entender la letra.

Extensión meridional del milagro

Sería una negligencia, y casi una herejía editorial, terminar este itinerario sin extender el evangelio hacia el sur, donde la piedra se dora, el barroco se desmelena y la santidad huele a incienso con retrogusto de azahar. Porque si bien es cierto que el listado inicial ignoraba deliberadamente estas regiones —no por falta de méritos, sino por exceso de evidencia—, hay templos en Andalucía y sus cercanías que no solo merecen la visita, sino el delirio.

En Úbeda, ciudad donde el renacimiento español alcanzó su máxima expresión antes de desmayarse en manos del barroco, se alza la iglesia del Salvador. Su fachada parece sacada de un delirio manierista toscano, como si Miguel Ángel hubiera tenido un sobrino expatriado con vocación de sacristán. Lo curioso es que, pese a su espectacularidad, nadie sabe bien qué hacer dentro. ¿Rezar? ¿Sacar fotos? ¿Redactar una tesis doctoral? La experiencia litúrgica se convierte aquí en una performance estética, y no hay perdón posible para quien se lo tome en serio.

Un poco más al oeste, en Sevilla, San Luis de los Franceses representa la versión andaluza del éxtasis barroco: oro sobre oro, curvas imposibles, ángeles con sobrepeso flotando entre columnas salomónicas. Es la iglesia perfecta para vivir una revelación… o una sobredosis visual. No hay un solo rincón que no esté decorado, recargado, bendecido o poseído. Es como si Dios hubiera contratado a un escenógrafo con tendencias barroquistas severas y le hubiera dicho: «Haz lo que quieras, pero que brille».

Y cerramos en Guadalupe, Extremadura , donde la iglesia-monasterio parece sacada de un sueño de los Reyes Católicos tras una noche de insomnio místico. Aquí la espiritualidad se mezcla con la propaganda, la piedra con el relato nacional, y la arquitectura con un cierto complejo de superioridad histórica. Visitarla es aceptar que la religión también fue imperio, y que todo edificio sagrado tiene algo de memorial: de lo perdido, de lo impuesto, de lo que aún no sabemos si nos pertenece.

Recorrer iglesias en España es menos una peregrinación espiritual que una arqueología del poder, del gusto, del miedo. No importa si una iglesia es románica, gótica, barroca o si parece diseñada por un albañil con delirios de grandeza: todas dicen algo. De quienes las levantaron, de quienes las rezaron, de quienes hoy las ignoran. Algunas son fortalezas contra el infiel, otras cápsulas de meditación, otras delirios ornamentales, y muchas —quizá demasiadas— simples recordatorios de que el silencio a veces también se construye en piedra. Pero todas, incluso las más estrambóticas o abandonadas, siguen ahí: cruzando siglos, desafiando terremotos, resistiendo planes urbanísticos y, sobre todo, sobreviviendo al olvido. Porque si la fe ya no mueve montañas, al menos sigue moviendo el cuello de quienes alzan la vista, aunque sea por curiosidad arquitectónica o por el vértigo de lo que un día fuimos.

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2 comentarios

  1. Maravillosa descripción, estimado. Un gustazo leerlo. Emocionante. Muchísimas gracias. “De ladrillos era la iglesia de mi infancia, con la interior pureza de la cal, una mesa con mantel bordado como altar, techo de chapa y esa cruz de madera sin el Nazareno; las sillas eran tan pocas como las ventanas, y todo sobre un piso de tierra apisonada. Se estaba mejor afuera, especialmente en verano o en invierno, solo la esperanza nos llamaba desde adentro, con el sombrero en las manos de mis paisanos y los pañuelos negros de piedad cristiana de mujeres y las ancianas. Después el silencio de la inocencia dentro de esa iglesia de campo sin campana.

  2. Carpurianoasdingo

    Mero detalle… pero es donde habita Dios.
    Nombras Sahagún y como no ; especificas que está en «Castilla Y León»… porque decir q está en León como región (Region Leonesa, Reino de León) …os resulta extemporáneo.
    Eso si, vamos a habalr de la magnifica San Baudelio de Berlanga…y Castilla se nombra sin complejos, cosa estupenda…
    No estaría demás dejar de invisibilizar a un cuarto del escudo nacional (León) y llamar a cada cosa por su nombre.
    Un saludo

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