
En mi principio está mi fin
(T. S. Eliot)
Obedeciendo los versos del poeta, fui directa hasta el final. Intuí que lo primero que necesitaba conocer era lo último. El paso firme y decidido. Los ojos entornados para no ver demasiado. Solo lo suficiente para columbrar el camino y evitar el impacto visual de unos cuadros que desde todos los muros de la sala, me asediaban y provocaban un inusitado “efecto sinestésico”, por el cual casi me veo obligada a tener que taparme los oídos para silenciar, por unos instantes, el bramido de aquellas imágenes enfurecidas. Por suerte, un enorme y cálido tapiz me frenó en seco. Mi mirada, antes reservada, se abría ahora enteramente nueva y en su máxima extensión, para acoger el perfil de unas formas que iban tejiendo la apariencia de un mito: el Rapto de Europa (1953) de Óscar Domínguez (Tenerife, Islas Canarias, 1906 – París,1957).
Una reinterpretación de la iconografía clásica que se relaciona con la versión cubista de Pablo Picasso en la simplificación de los elementos figurativos, aunque en Domínguez prime el esquematismo de las figuras —mujer y toro sin volumen—, que se funden en un solo cuerpo hierático. De todas las variantes del mito, esta en concreto se corresponde con un último período del artista a partir de 1949, y se inscribe dentro de lo que se ha denominado “esquematismo y triple trazo”, por utilizar una línea fina para perfilar los objetos, que son a su vez rodeados por un llamativo margen blanco.
Hay una serie de lienzos, que datan de 1950, representativos de ese predominio del lápiz y del dibujo como sostén de la pintura, que acaba por convertir a los objetos en simples juguetes: Interior con pájaro (nature norte), El fonógrafo, Taller o El sifón, son pinturas que establecen un diálogo con el lirismo colorista de Paul Klee y con las construcciones lineales del uruguayo Joaquín Torres García. Y por supuesto con Kandinsky, artista que si bien no fue surrealista, se le identificó en su etapa parisina con la corriente abstracta del movimiento al que pertenecían Jean Arp, Joan Miró y André Masson. Pero no nos engañemos. Kandinsky nunca se movió por los dictados del inconsciente, ni por las interpretaciones del psicoanálisis que abanderaba Breton. El “imperativo interior” del artista ruso se basaba en los postulados de la psicología perceptiva y en su “voz interior”, mientras que el francés estaba más preocupado por encontrar un modelo que sirviese de trasvase para comunicar las fuerzas ocultas y pulsionales que regían la vida psíquica del ser humano. Un modelo de creación surrealista para las artes plásticas, equiparable a lo que había sido la escritura automática para la literatura.
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