Arte y Letras Arte arteuparte

Un paseo cuántico por el arte de lo indeterminado

Un paseo cuántico

Una exposición que se llama Visiones cuánticas ya nace con la incapacidad fascinante de quien intenta atrapar el humo con las manos. Porque lo cuántico no se deja encerrar: es el territorio donde las cosas son y no son, donde observar altera lo observado, donde la lógica se da de bruces contra el abismo de lo improbable. Es un mundo que humilla a la razón sin dejar de funcionar, como si el universo llevara siglos burlándose de nuestra necesidad de sentido. Y cuando ese enigma se convoca desde el arte contemporáneo, con su propio catálogo de incertidumbres, el resultado no puede ser otro que una sinfonía de vértigo, un temblor elegante en el que ciencia y estética se enredan como partículas entrelazadas.

Lo que propone esta exposición, inaugurada en Tabakalera —pero que viajará a Basilea o Eindhoven— y comisariada por Mónica Bello, es precisamente asumir el vértigo. No explicarlo. No representarlo. No ilustrarlo. Asumirlo. Aceptar que la física cuántica no es un conjunto de fórmulas ni un dominio de ingenieros de IBM, sino una grieta en la ontología clásica por la que se cuela una mirada distinta hacia la materia, el tiempo, el lenguaje y, en última instancia, hacia nosotros mismos. Y desde ahí convocar a once artistas a que dialoguen con la física, no como expertos ni como divulgadores, sino como traductores —y malentendidos— de un idioma que el siglo XX nos obligó a aprender, aunque nadie lo hable con fluidez.

Uno entra a la exposición y se topa con una hoja que cae. Pero no cae. O lo hace como si cayera en cámara lenta, con pausa, con interrupciones que no obedecen a la gravedad sino al ojo del visitante. Se trata de La hoja de Fermi y el efecto Zenón, de Abelardo Gil-Fournier, una pieza desarrollada en colaboración con el centro tecnológico Tekniker. Un dispositivo que pone en escena una de las intuiciones más absurdamente bellas de la física moderna: si observas un sistema continuamente, puedes detener su evolución. Como si mirar fuera una manera de congelar el mundo. No hay metáfora más clara para nuestra época. Todo está en pausa, pero no porque el mundo haya dejado de moverse, sino porque no dejamos de mirarlo.

Un paseo cuántico

Más adelante, la cineasta Jaione Camborda presenta un Ensayo fílmico sobre la sordoceguera. Una pantalla que no muestra imágenes. Un cine que niega la proyección, pero no el deseo de ver. La luz sigue ahí, señalando que algo sucede, pero lo que se ofrece es precisamente la frustración de la mirada. Lo cuántico no está solo en las partículas, sino en la ausencia: en el intento fallido de acceder a lo que escapa, en el juego entre lo que se muestra y lo que se retira, entre lo que el lenguaje puede atrapar y lo que siempre queda fuera. Esta instalación cuenta con la colaboración del DIPC, que participa también en la conceptualización y contenidos del espacio de mediación.

Nicole L’Huillier, por su parte, propone Brújula, un instrumento de navegación vibracional que no guía por coordenadas geográficas sino por sintonías afectivas. Es un compás de otra realidad, una que no mide distancias sino resonancias. Vibra, escucha, traduce el entorno en murmullos. Aquí lo cuántico se convierte en una experiencia íntima, casi chamánica, que cuestiona la lógica lineal de Occidente. En lugar de mapas, sensibilidad. En lugar de rutas, relaciones. Uno se encuentra pensando en si no deberíamos usar este tipo de brújulas para entender la política, la economía, el arte o los afectos.

En la obra Quantal Canto, de Adriana Knouf, el sonido se convierte en una manifestación de la incertidumbre fundamental del universo. Cada oscilación, cada variación acústica, cada error de diseño sonoro es una celebración de lo que no puede predecirse. Lo interesante no es la afinación, sino la distorsión. No lo que suena, sino cómo suena mal. En la lógica de Knouf, los errores son aperturas hacia otras posibilidades, y el ordenador cuántico no es tanto una máquina de cálculo como una partitura infinita de disonancias.

Un paseo cuántico

El recorrido sigue con las propuestas de Joan Heemskerk, que ha construido un universo entero a partir del saludo más elemental de la informática: «Hello, world!». Una frase que se repite, se multiplica, se codifica en lenguajes olvidados, se convierte en red cuántica, en campo binario entrelazado, en mapa urbano de scripts antiguos. La historia del software, presentada como si fuera arqueología cuántica. Es difícil no pensar en el gesto irónico de Heemskerk, que convierte el primer paso del programador en una especie de mantra tecnológico: toda inteligencia comienza saludando al mundo. Aunque ese mundo no le responda.

Hay también instalaciones que se acercan al universo de los materiales con una devoción casi alquímica. Amorph, de Yunchul Kim, transforma algas en hidrogel y las somete a tensiones para revelar patrones de color. El arte no como representación sino como transformación de la materia. Una escultura que reacciona, que se adapta, que muestra sin mostrar. El espectador no contempla una forma acabada, sino un proceso que se materializa a partir de fuerzas invisibles. El objeto es, pero también deja de ser. Una metáfora literal del colapso de la función de onda.

Y entre todo esto, la obra de Libby Heaney introduce un elemento de viscosidad. En slimeQrawl, lo cuántico se vuelve tentacular, pegajoso, orgánico. Criaturas que reptan, imágenes que se deslizan entre planos temporales, algoritmos que producen cuerpos. Se trata de una cuántica de la carne, no del cálculo. De una tecnología que se materializa en gelatina, no en bits. Una forma de decir que la materia no es ni sólida ni líquida, sino algo que fluye, que repta, que cambia.

Un paseo cuántico

El juego Small Void, de Alice Bucknell, propone un simulador de citas queer en un agujero negro. Que nadie se engañe: esto no es una ocurrencia posmoderna, sino una de las piezas más lúcidas de la exposición. Amor, agujeros negros, entrelazamiento, identidad: todo se mezcla en una lógica donde los jugadores deben encontrarse sin verse, usando solo el sonido y el tacto. La cuántica, aquí, no es solo física: es también afecto, disolución del yo, posibilidad de transformación. Si la materia se comporta de forma no determinista, ¿por qué no el deseo?

Lo más desconcertante —y por eso más honesto— es que la exposición no intenta explicar la física cuántica. La asume como un límite. No hay aquí pedagogía disfrazada de arte, ni obras que busquen traducir Schrödinger al lenguaje de Instagram. Lo que hay es incertidumbre, metáfora, intuición, duda. Una especie de antiexposición para tiempos postilustrados. Una celebración de lo que no se puede contar, pero sí sentir.

Un paseo cuántico

SUSCRIPCIÓN MENSUAL

5mes
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL

35año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL + FILMIN

105año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
1 AÑO DE FILMIN
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 

Un comentario

  1. ¡ Qué divertidos son los artículos sobre «arte» contemporáneo ! En todos ellos se aprenden cosas sorprendentes. En éste, que el arte puede ser «indeterminado», cuando el arte es todo lo contrario, el colmo de la determinación.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*