«Descubrí otros artistas y comencé a realizar proyectos DIY, fanzines e historietas que publicaba en Flickr. La práctica me hizo reencontrarme con los procesos. Dibujar y pintar sin pretensiones me sumergía en un estado de calma y plenitud. Los procesos me ayudan a generar un diálogo entre el yo y el mundo de afuera sin imposiciones o presiones del cliente o de la audiencia».
Cristóbal Schmal no había nacido aún cuando el 11 de septiembre de 1973 empezó a fraguarse el trágico golpe chileno. La dictadura terminó hace ahora treinta y cinco años, pero cuentan los que conocen los entresijos de la política del país latinoamericano que el dictador Augusto Pinochet mandó en la sombra unos cuantos años más.
Schmal (1977, Arica, Chile) vivió su adolescencia en un país posdictadura y se encontró con que no tenía ni idea de lo que hacer en su vida. Se metió a estudiar Diseño casi por azar, como quien tira una moneda al aire. «Fue lo primero que se me ocurrió porque pensé que iba de dibujar. Al terminar, me cayó la realidad de currar para pagar el alquiler y lo de ser artista se convirtió en un proyecto paralelo lleno de frustraciones», cuenta desde Alemania, el país en el que vive desde 2008.
Asegura que tardó «más de diez años» en tomarse en serio la ilustración hasta que con el boom de internet, en el tránsito del siglo XX al XXI, todo cambió: se le abrió de golpe un universo creativo a solo un clic. «Descubrí otros artistas y comencé a realizar proyectos DIY, fanzines e historietas que publicaba en Flickr. La práctica me hizo reencontrarme con los procesos. Dibujar y pintar sin pretensiones me sumergía en un estado de calma y plenitud. Los procesos me ayudan a generar un diálogo entre el yo y el mundo de afuera sin imposiciones o presiones del cliente o de la audiencia», argumenta. Este es un punto clave para él, puesto que de esta manera puedes «lograr escucharte a ti mismo y desde ahí poder crear con total libertad».
Pese a que su trayectoria profesional se ha desarrollado en esta otra parte del mundo, trabajando para medios y clientes tan potentes como The New York Times, LA Times, Washington Post, Greenpeace o Lufthansa, Cristóbal conserva una mirada «latina» que lucha por preservar como un arma creativa que está a su alcance. «Viene del caos, la precariedad, lo autogestionado y el impulso de hacer cosas sin tener idea», dice.
En su salto a Europa pasó primero por Barcelona, lejos de la eclosión vanguardista de la era preolímpica, pero que, al mismo tiempo, todavía no había sido engullida por el turismo de masas. Se empapó del oficio («era un peón de agencias: currando, aprendiendo y observando»), en un momento en el que todos los diseñadores gráficos de España y el mundo entero parecían vivir en la Ciudad Condal.
Barcelona era entonces el cliché de la modernidad, la de las primeras ediciones del Sónar y del Primavera Sound, lo que también causó mucha mofa en su momento, tal y como demostró el ilustrador Juanjo Sáez con el éxito de la serie de animación Arròs covat de TV3. Cristóbal Schmal vivió aquel fervor hípster «con todo lo bueno y lo malo», aunque subraya que, «dentro de todas las dificultades» laborales, se lo pasó en grande. «Creo que fue un proceso de incubación enorme. Aproveché al máximo ese momento de libertad y conocí gente maravillosa», resume.
Después vivió doce años en Berlín. De esa época guarda lo que él considera sus mejores recuerdos: allí despegó como un cohete su carrera de ilustrador freelance. A él le inspira la cotidianidad, pero entendida de una manera un tanto personal; es decir, «como un conjunto de acciones, repeticiones, ruidos y espacios muertos que, aunque parezcan incuestionables, simbolizan la forma en que nos relacionamos con el mundo. Si ponemos atención a estas pequeñas coreografías, emerge un espectro superinspirador que nos conecta con el planeta y las personas que lo habitan».
El concepto de normalidad le maravilla; porque asegura que, en el fondo, está llena de «surrealismo y locura». «Soy un especialista en meter la pata y a veces pienso que es un modus operandi inconsciente para provocar situaciones ridículas e incómodas», añade.
Sarcasmo en vena
En una de sus ilustraciones más impactantes un muerto viviente trajeado sale de su tumba y le hace firmar un documento a su secretaria. Cristóbal Schmal puede llegar a ser un artista muy mordaz. ¿De dónde le viene la vena sarcástica? «Cuando era niño me era difícil entender ciertas cosas relacionadas con la muerte. ¿Cómo es posible que de pronto algo que existe ya no exista más? Puede parecer una pregunta ridícula, pero aún pienso en ello y el arte me ayuda a articular estas inquietudes existenciales. En mi trabajo intento moverme en esa dualidad tragedia-comedia».
Su obra suele ser calificada como colorida, absurda y grotesca. Tal vez sea un reflejo (o una respuesta) de esta época hiperventilada en la que los algoritmos, las redes sociales y unos señores lunáticos con mucho poder explotan la sensación de incertidumbre y desconcierto en el mundo. «Ahora todo parece aumentado por la inmediatez, lo que le da un toque bizarro. Nuestra realidad, muchas veces, carece de sentido y me gusta acercarme al mundo desde un punto de vista amateur, de alguien que no sabe nada», explica.
Desde hace cuatro años se ha refugiado con su pareja Johanna en el campo, en un pueblo de seiscientos habitantes en el sur de Frankfurt. Además de colaborar con exposiciones y talleres en el proyecto artístico del estudio Schmal que dirige Johanna, desde 2022 también imparte clases online y presenciales. En su perfil de Instagram (@nomonki) se muestran sus clases de dibujo y pintura, animación en stop-motion, collages… «Me motiva indagar ciertos temas que me parecen interesantes y transmitir esa emoción a otra gente. Es muy bonito que tu forma de trabajar y de ver las cosas tenga un impacto en los alumnos. Como artista es fácil convertirse en un ermitaño, pero con los cursos he descubierto el poder de lo colectivo», subraya Cristóbal, desmontando de paso el tópico del artista encerrado y aislado en su estudio.
















Muy buenas intenciones que, lamentablemente, se ven perjudicadas por una absoluta inoperancia en el manejo del dibujo y la técnica. Por supuesto, tendrá una ristra de defensores, esos que optan por la vía fácil, la de «abandonar caminos trillados» para caer en las diversas líneas chungas que son el refugio de los que no llegan ni a mediocres.