Hebras y nodos

El silencio del 85%

Universidad de Sevilla

En las elecciones al rectorado de la Universidad de Sevilla solo ha participado el 15 % del alumnado, a pesar de que, por la ponderación del voto, al estudiantado le corresponde el 30 % del resultado final. Eso significa varias cosas: que los pocos estudiantes que han ido a votar habrán comprobado que el peso de su voto es mucho mayor que el de decenas de profesores y personal administrativo, y que a la inmensa mayoría de los estudiantes le resulta indiferente quién ocupe el máximo cargo de la Universidad.

Cabe preguntarse si reaccionarían en caso de que se cambiara la ponderación y en lugar de un 30 % del resultado final les correspondiese solo un 5 %, porque, al fin y al cabo, muchos de ellos votan en un lugar en el que están de paso, y el mandato de quien gane es más extenso en el tiempo que la estancia que les queda por cubrir a miles de estudiantes. Es muy probable que, si se diese ese golpe de mano, los estudiantes reaccionarán y protestarán, se convocarán manifestaciones y, en una palabra, despertaran con el sólido argumento de que se les está relegando a la hora de decidir quién ocupa el pedestal de mando, de que se les priva de capacidad de decisión. Sin embargo, cuando la tienen, cuando podrían ejercerla con una participación menos ridícula que la que finalmente se ha producido, prefieren quedarse en casa, no opinar, no someterse al mínimo estrés que conlleva elegir. Solo el profesorado con plaza fija tiene, en la ponderación del voto, más poder que el estudiantado. ¿En qué están pensando las organizaciones estudiantiles para no activar la participación? Ahora, cuando se produzca la segunda vuelta entre las candidaturas más votadas en la primera, tienen la ocasión de demostrar si de veras la suerte de la Universidad les interesa o si prefieren seguir en el “me da lo mismo”.

La oportunidad es histórica, porque son las primeras elecciones en dos décadas en la Universidad de Sevilla. Han hecho falta muchos años para volver al sufragio universal ponderado y permitir que la persona que dirija la institución sea elegida por todos. Conviene, pues, que quienes tienen derecho a voto como estudiantes sean conscientes de que lo que está en juego es mucho: la continuidad de una gestión agotada frente a la posibilidad de un cambio real; el deseo de mantener la Universidad bajo estructuras conservadoras y clientelares frente a la ambición de abrir un tiempo nuevo, con más transparencia, menos asuntos turbios ocultos bajo la alfombra y menos derroches en viajes y privilegios reservados a unos pocos.

El alumnado debe tener claro que no todo lo que parece nuevo lo es, ni todo lo amable implica renovación. Que una mujer opte al cargo de rectora es un motivo de satisfacción, porque ya es hora de que una institución tan gigantesca normalice la presencia femenina en el mando, pero que su perfil sea continuista, conservador, y que no haya sabido explicar cómo, habiendo formado parte del gobierno universitario, no impulsó las reformas que ahora promete, ni denunció los desajustes económicos que han colocado a la institución al borde de la bancarrota, debería bastar para situarla más cerca del “dejemos las cosas como están” que de cualquier voluntad de progreso.

Si el alumnado no se moviliza, si las organizaciones que los representan no logran hacerles llegar la responsabilidad que tienen, si la apatía sigue siendo mayor que la conciencia de lo que su voto representa, las elecciones se decidirán por inercia. Solo si comprendieran que el poder que se les ha dado conlleva el privilegio inédito de ejercerlo podrían cambiar el curso de las cosas. Un poder que no se ejerce trae consigo la invalidez de cualquier protesta futura, porque siempre se les podrá recordar: “pudisteis cambiar las cosas, pero preferisteis no decir nada”. Entre lo viejo y lo nuevo no siempre hay que elegir lo nuevo por el mero hecho de serlo, pero entre lo viejo ineficaz y lo nuevo que al menos se propone abrir las ventanas, siempre será preferible lo segundo, aunque solo sea para que entre aire fresco y se disipe el olor a alcanfor que inunda tantas facultades.

Estudiantes de la Universidad de Sevilla: quien calla no otorga, quien calla renuncia a decir algo que podría importar. En noviembre podéis hacer sonar vuestra voz.


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Un comentario

  1. Ojalá se movilice!

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