El hombre que fue spoiler
Antes de transmutarse en logo universal del cristianismo, en tatuaje de lettering dudoso o en santo patrón de los futbolistas que se santiguan antes de errar el penalti decisivo, Jesús de Nazaret fue —como mínimo, y eso ya es mucho decir— una persona. No un personaje revestido de fábula. No una metáfora itinerante. No un holograma trinitario con poderes culinarios. Una persona concreta, histórica, judía y galilea, de carne, hueso y, con toda probabilidad, también de piojos, cuyas huellas se resisten con obstinación a encajar en los moldes litúrgicos o en las vitrinas museísticas de la fe.
Porque a medida que uno se adentra en el Jesús reconstruido por los historiadores —ese que no flotaba por encima de la hierba, que no hablaba en castellano normativo ni dejó instrucciones para montar parroquias con bancos de madera barnizada— se vuelve cada vez más evidente que lo que vino después, con sus catedrales y sus dogmas, fue poco más que un spin-off: un producto derivado que convirtió su vida en una suerte de fanfiction con presupuesto imperial y ambiciones celestiales.
Y como suele ocurrir con aquellas figuras cuya fama termina por devorar los contornos reales de su existencia, el nombre de Jesús se ha vuelto símbolo tan hipertrofiado y sobrerrepresentado que resulta difícil recordar cuánto ignoramos todavía sobre su verdadera biografía. Por eso estas pinceladas, lejos de buscar el escándalo o la irreverencia, no pretenden desmontar a Cristo —ese constructo teológico de postproducción—, sino simplemente desmitificar a Jesús: al hombre que existió, o que más probablemente existió, antes de ser convertido en dogma, mármol o himno.
Lenguas muertas y cumpleaños inventados
Conviene empezar por la lengua, que ya es bastante que nos entendamos, pues hay quien aún se pregunta en qué idioma hablaba aquel hombre que acabó transformado en crucifijo de oro o logo institucional. Y no, no hablaba “galileo”, por la sencilla razón de que el galileo no es un idioma, sino una gentilicia geográfica; su lengua materna era el arameo, ese dialecto semítico que, en la Judea del siglo I, se usaba para comprar pan, maldecir al recaudador de impuestos o contar parábolas en plazas polvorientas, más o menos como el andaluz sin subtítulos para ejecutivos de Netflix. Es posible que conociera algo de hebreo, pero solo en su variante culta, aquella que se reservaba para los textos sagrados y las sinagogas, y no para la vida cotidiana, del mismo modo que uno puede leer a Quevedo sin saber pedir una caña. No resulta disparatado suponer que dominara también algunas expresiones básicas en griego o en latín —lenguas del poder y de la administración, respectivamente—, aunque no parece probable que pudiera sostener una conversación sobre Cicerón sin perder la paciencia o el hilo.
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Me ha encantado tu ensayo. Es un texto agudo y atemporal que funciona tanto para creyentes como para escépticos… hasta que haces referencia al conflicto de Gaza.
Ahí he sentido, literalmente, como si me hubiesen cambiado de canal en medio de la película. Aunque entiendo la lógica interna de conectar ambos imperios, esa irrupción tan directa de la actualidad, para mí, ha roto la magia del análisis histórico y, desgraciadamente, puede que un texto tan brillante envejezca peor o quede fechado. Fuera de eso, el ensayo es impecable.
Artículo de fondo muy ligero y de forma que nos está diciendo constantemente «mira que moderna soy»: «spoiler», «lettering», «spin-off», «fanfiction», «coach», «trending topics»…
Y texto repititivo por demasiado largo: «su lengua materna era el arameo […] habló en arameo […] hablaba arameo…». «… sin cargo institucional, sin templo propio, sin ejército que le respaldara ni tribu que le garantizara inmunidad […] sin institución que lo protegiera, sin dinastía que lo legitimara…»
Un artículo magistral que pone el dedo en la llaga donde muchos prefieren no pensar: que sí, que no solo hubo un Jesucristo, sino varios, equivalentes al típico revolucionario pacífico que con sus prédicas intenta sacudirse el yugo del imperio opresor. Siempre he sostenido que «La Vida de Brian» es la parábola que mejor explica al Jesucristo histórico.
Magistral para quienes lo ignoran todo sobre el tema, que es de una complejidad rara, contrariamente a lo que parece creer la autora del texto, para quien todo parece claro, cuando en él NADA lo es.
Ilústrame, pero con fuentes fidedignas, no con relato inventado, que es lo que lleva haciendo el catolicismo durante siglos. De verdad que los ateos y/o escépticos queremos creer, pero por lo que sea, después de despojar de farfolla toda la charlatanería y relato con que adornáis el asunto, lo que queda es la nada. Anímate campeón y convéncenos.
No has entendido mi comentario. Yo digo que ese tema es extraordinariamente complejo, que es muy difícil, por no decir imposible, saber la verdad sobre él. Si en lugar de decidir tontamente que mi visión de Jesucristo es la ortodoxa de la Iglesia me hubieras preguntado cuál es, te hubiera dicho que no creo en absoluto en ella. Pienso incluso que el Cristo de los Evangelios, cuya existencia real nadie ha probado, nunca se proclama Dios. Y que hay incluso dos Jesucristos muy diferentes en los Evangelios, uno místico y uno violento.
A ver, no es complejo, ni mucho menos. Es la historia de siempre, mitos y leyendas a los que se añaden capas y capas de superstición, ritos y copy-pastes de otras tradiciones para que desentrañar toda esa hojarasca sea más difícil o resulte perezoso y se imponga el relato. Muy parecido al sistema «göebbeliano», eso de que «repetir 1000 veces una mentira acaba convirtiéndose en verdad». Pues eso. Cuando entablo estos debates yo me ciño a las fuentes históricas, y las únicas menciones a Jesucristo como personaje histórico son las Cartas de Pablo (las más antiguas, de los años 50-60 d.C.) y, más tarde, autores romanos y judíos como Tácito, Suetonio y Flavio Josefo, quienes escribieron a finales del siglo I y principios del II d.C.. Si el personaje ha sido según lo que se ha escrito y dicho de él, el más importante de la historia de la humanidad, ¿cómo es posible que no existan referencias coetáneas de sus peripecias? Navaja de Ockham, la explicación más sencilla es la más probable, como dice el artículo, y es que seguro que había muchos Jesucristos que predicaban la paz en el entorno de opresión romano, y a partir de esa figura, el cristianismo montó la empresa más lucrativa de la historia. E insisto, lo que refiero son hechos, no opiniones, salvo la deducción por lógica del último párrafo.
«A ver, no es complejo, ni mucho menos.»
No todo muy simple, sabiendo que se han escrito más de cien mil libros sobre el tema desde el siglo XIX (según Jérôme Prieur y Gérard Mordillat, autores de la serie de 12 documentales sobre el nacimiento del cristianismo «Corpus Christi»).
Y en tu teoría te olvidas lo esencial: de cuándo datan las copias que tenemos de lo que para ti son pruebas de un Jesucristo como personaje histórico. El 99 % vienen de copias hechas por monjes cristianos a partir del siglo IV. ¿No has oído hablar de las interpolaciones?
Yo de lo que sí estoy seguro es de la inteligencia de la gente que creó el mito del cristianismo, creación que duró varios siglos.
No, todo muy simple…
Y en tu teoría te olvidas DE lo esencial…
Mejor me lo pones con lo de las copias e «interpolaciones», término que asocio al ámbito matemático. Lo de la inteligencia no te lo discuto, ya dije antes que es la empresa publicitaria más lucrativa y duradera de la historia.
Entre tanto delirio destaca una inexactitud: es de dominio público que Jesús no murió oyendo una banda sonora de Morricone, murió cantando y silbando una canción que invita a ver las cosas brillantes de la vida. ¿O ése fue Brian?