Cine y TV

‘Pocoyó’: Jesusito de mi vida, eres la niña del exorcista

Pocoyó. Imagen Animaj.
Pocoyó. Imagen: Animaj.

Exceptuando casos particulares, los niños pequeños no son tontos. Pero viendo cómo se les trata en algunos dibujos animados cuesta creerlo: tramas inocuas, sin fondo, sin maldad… sin diversión, en definitiva. Y qué decir de lo que pueden pensar aquellos que están planteándose tener hijos: las series representan a los pequeños de forma cursi y, sobre todo, apacibles e inexpresivos como vacas hindús. La cruda realidad es que los nenes no se comportan como si bebieran biberones de litio, sino que en muchos momentos parecen la reencarnación de la niña de El exorcista. Por eso hay que agradecer producciones como Pocoyó, que nos muestran la realidad sin apenas paños calientes y de forma muy divertida y pedagógica.

Pocoyó, el protagonista, es un chaval de unos cuatro años que vive toda serie de aventuras en un espacio blanco y aparentemente infinito, abierto a la imaginación, por donde se mueven todos los personajes (de colores suaves y mates, de diseño algo naíf y tridimensionales). Si este decorado les recuerda a un manicomio, esperen: la mejor amiga de Pocoyó es Elly, ¡una elefanta rosa!, el típico animal que no debe faltar en un viaje psicotrópico. Además de estar entrada en carnes pero con thigh gap, Elly lleva siempre una misteriosa mochila azul que no se quita ni cuando, con gran sensibilidad, practica ballet clásico.

El resto de la troupe habitual lo componen Pato, el mejor amigo de Pocoyó y, como su propio nombre indica, es un pato con un pico rotatorio y cuello extensible, y la perrita Loula (me peleo con quien sea: en la introducción la llaman claramente Niebla), el único animal que se comporta como tal. Luego hay un puñado de personajes recurrentes como Valentina, una oruga que como no tiene brazos aplaude dándose cabezazos contra el suelo; Pajaroto (que el noventa por ciento del tiempo está dormido); el hiperactivo Pajarito; Ballena; marcianos… y Pulpo… bueno, creo firmemente que Pulpo es subnormal. Insisten en que es especial, lo que al fin y al cabo es el eufemismo clásico. Y ojo, suele ser uno de los favoritos de los niños. Este personaje ha hecho más por la integración que todos los planes educativos que se han implantado desde la Transición.

Recrear a los niños pequeños con imaginación y enfoque pedagógico es muy difícil, pero si además se quiere dar vida al comportamiento infantil de forma realista es prácticamente imposible: los niños se ofuscan con frecuencia, son cabezotas, orgullosos y egoístas; en Pocoyó no solo no se ocultan estos defectos sino que además se extraen enseñanzas positivas en todos los capítulos. Veamos dos ejemplos.

En una serie infantil el mensaje no tiene que apelar a los valores de la democracia sino a asuntos más importantes, como que tu globo se vaya volando: un drama de dimensiones épicas para un niño. En el capítulo «El globo de Pocoyó», el protagonista sufre una rabieta antológica de las de revolcarse por el suelo, como haciendo break dance, cuando se le escapa el globo. Pato intenta consolarle dándole otro, a lo que Pocoyó responde pinchándoselo mientras le mira fijamente a los ojos, con un lenguaje no verbal pero universal: «Este globo te lo puedes meter por el culo; quiero mi globo». Al final se da cuenta de que, aunque su globo molaba mucho, echa de menos a sus amigos. La moraleja es que los amigos son mejor que los globos.

Y en «El regalo», Elly recluta forzosamente a Pato en su misión (imposible) de robar a Pocoyó un paquete de regalo (hay quien diría que es un argumento poco pedagógico). En una de las escenas la elefanta desciende suspendida de una cuerda, parodiando la película protagonizada por Tom Cruise incluso con la misma banda sonora, y el pobre Pato ha de sostener el tonelaje de Elly y a la vez disimular cuando Pocoyó le ve. Y claro, no puedes evitar reírte un poco. Y entonces es cuando tu hijo pequeño, al que realmente están dirigidos estos dibujos, te mira divertido y lees en sus ojos —volvemos al lenguaje no verbal pero universal— un «de qué cojones se ríe ahora papá» (al final son los niños pequeños los que van a pensar, no sin razón, que los adultos somos Pulpo).

Contra todo pronóstico, cuando Elly ya se daba por vencida, Pocoyó le entrega el regalo, puesto que era para ella. Moraleja: los amigos te regalan cosas.

Así que la moraleja de estas dos moralejas es que quien tiene un amigo tiene un tesoro. ¡Bravo por Pocoyó! Hasta la próxima.

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2 comentarios

  1. ¡Que bueno!

  2. Te has dejado a Bea, la hermana, creo q es nueva en la tropa.
    Se lo «elegia» al crio para verlo yo.
    No me han arrancado pocas sonrisas.

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