
Crónica sobre la vida de un camello de barrio en Murcia y su intento de reconstruirse entre el menudeo, la enfermedad y una huerta que promete redención.
La estampa es de un desorden olímpico: la ventana del patio está abierta, el aire detenido, un graderío a medio montar de sillas de plástico apiladas, un par de mesas en huelga de uso y limpieza; frente a todo esto hay una mesa de herramientas oxidada y, entre ambos, un desagüe con la tapa reventada, un boquete de cañería a cielo abierto sobre el suelo de terracota que recuerda al color viejo de los atardeceres del sol de oriente. Dentro, la penumbra. Un chispazo —¡Chzzz!— trae la luz de retorno de una ambulancia. Ilumina mi cara y la de mis interlocutores y nuestras cejas chamuscadas, cenicientas y titilantes por el humo y las luces itinerantes que van y vienen cuando alguien da una calada, con cada aparición —¡flush! desaparición— y reaparición del anfitrión. El Tieso sale de su cuarto, entra, vuelve a salir, abre a este, le dice a aquel que espere en el descansillo; el resto esperamos sentados en el sofá. Nadie excepto el Tieso y este cronista supera los veinticinco años y todos vienen a comprar marihuana.
Guarda el Tieso en la nevera huevos de hachís y un spiz apelmazado que reserva para gente de mucha confianza. Antes vendía coca, pero últimamente siempre dice «los farloperos son unos hijos de puta. Me llaman a cualquier hora, me revientan el wasap, una vez me entraron dos colgados con una escopeta de perdigones. Que no, que no. Que estoy hasta los cojones». Ese es el catecismo del Tieso y lo cuenta con la voz del que se ha ganado el derecho a odiar su propio oficio. Lleva diez años en la profesión y tiene un palmarés completo, pero ahora solo vende dry sift —de esta forma lo pronuncia, shift, como si el inglés fuese un cenicero— y placas de polen rubio en dosis de a diez euros; flores de la rentabilísima Moby Dick, algunas hierbas de melón y fresa que pone a precio de Dior y una OG Critical matahippies. Salvo la Moby Dick, todo fluctúa de precio semana a semana y cada tarifa variable va acompañada de un diagnóstico de la cosecha, un informe logístico no solicitado y un más que previsible quejido «por lo mal que está todo».
El Tieso, así me enviaron su contacto y así es como lo he llamado durante años, es un tipo como cualquier otro. Lo conocí al poco de aterrizar en el barrio; porque siempre es igual: uno llega y lo primero que busca es al tipo que gestiona el engranaje subterráneo de la zona; para todo lo demás, Google Maps. Necesitaba un experto en economía paralela y el Tieso era el tipo adecuado. Su expresión es compungida, una cara que se frunce desde el ceño hasta la barbilla, poblada de una barba desgarbada y larga que, a pesar de tener pinta de no tocarla nunca, en todo este tiempo no ha variado ni un milímetro. En su salón cuelga una bandera jamaicana y un póster de Tupac y el aire acondicionado está puesto los 365 días del año. Siempre va descamisado y con un pantalón corto de Adidas de rayas blancas, unas chanclas de dedo y lleva un rosario minúsculo colgado del cuello. No tiene tatuajes; su físico ni él mismo varía ni transcurre en paralelo al tiempo. Cuando le conocí en 2022 me pareció un paranoico. Tiene un protocolo muy estricto con sus clientes —sobre todo tras el incidente de la escopeta— para entrar en su casa: primero, preguntarle si está; después, avisarle cuando estés a cinco minutos y luego cuando estés en la puerta de abajo. Jamás tocar un timbre. Si te cruzas con un vecino, o te preguntan a dónde vas, tienes que decir que vas a recoger unas entradas. Incumplir el protocolo implica una bronca que, dada la insistencia del Tieso, duele más por la pesadez que por el contenido.
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.





