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Manual de resistencia: Contralgoritmia para un mundo posible

Elegimos movernos y habitar en esa terra incógnita donde la intuición y la reflexión no permiten respuestas automáticas ni adhesiones acríticas, donde pensar sigue siendo un acto deliberado y, precisamente por eso, incómodo.

¿Elegimos? Cada vez menos, el algoritmo ha empezado a elegir por nosotros. Y ha llegado el momento de resistirse, de cambiar nuestra mirada sobre el mundo digital en que vivimos y ser conscientes de que son tiranos quienes dominan lo que consumimos. Quien lo afirma en una mezcla de ensayo y manifiesto, Contralgoritmia, es el director de esta cabecera, Jot Down, y su libro muy bien podría llevar un subtítulo, «armas de resistencia en un mundo en guerra», porque defiende apasionadamente la elección humana en el entorno digital donde ahora pasamos tanto o más tiempo que en el mundo real y donde son los algoritmos quienes cada vez más deciden qué consumimos, y porque nos da recursos con lo que combatirlo.

portada 2Pero antes de entrar en materia sobre su contenido quiero hacer una analogía entre contenidos culturales y comida ultraprocesada. Los snacks, los dulces, la comida basura, esos pecados silenciosos que todos nos permitimos masticar en la intimidad están fabricados para ser blanditos, húmedos, o para que se vuelvan así en tu boca en segundos. Para que apenas uses los dientes y llenes tu estómago a toda pastilla, mucho antes de los veinte minutos que necesita el cerebro para recibir la señal de saciedad de tu estómago. Gracias a esa blandura ingerimos mucha más cantidad y así llenamos los bolsillos del fabricante, tendiendo a la obesidad y la diabetes. Los algoritmos consiguen lo mismo empujándonos a las creaciones de IA o a los intereses de unos magnates tecnofeudalistas absolutamente tiránicos. Mark Zuckenberg confía en que pronto la mayoría de amigos y contactos de nuestras redes sociales sean bots de IA, y que no nos importe. Para él, desde luego, sería económicamente mejor. Para la salud mental y no digamos para la cultura humana, un desastre.

Por eso ahora más que nunca son necesarios textos que nos llaman a resistir a barbaridades como estas de una manera reflexiva, y comenzando por señalar que no hay ni ha habido un plan malvado para dominarnos. Las tecnológicas entendieron que la huella digital que íbamos dejando al usar internet era un conjunto de datos maravillosos para monetizarlos, y también para movilizarnos políticamente. Eso iba a dar un pastón, como probó con éxito el experimento Cambridge Analytica, y desde entonces todos somos unidades de información a las que sacar todo el jugo posible. Eso sí, sin dolor. El autor nos recuerda en el prólogo que los algoritmos nos tratan amablemente, conduciéndonos a la idiocia del mundo feliz de Aldous Huxley y no al 1984 de Orwell. Y ello no porque un gran hermano más escalofriante que el original no esté presente espiándonos, al contrario, sino porque vivimos contentos gracias al adormecimiento algorítmico. Conformándonos con sus sugerencias, picoteamos esos snacks sabrosos, relegamos la conversación con el contrario, y nos negamos a nosotros mismos el descubrimiento de creaciones nuevas.

Ángel nos propone un listado de armas, o de antídotos, de uso inmediato en nueve textos. No son recursos en sí mismos sino puntos de partida, una serie de principios contralgorítmicos desde los que partir e iniciar una revolución. Una que comenzará en las decisiones que cada uno tomemos una vez conscientes de que todo esto nos está pasando, a todos, en el día a día. Los capítulos reflejan tanto ideas como declaraciones de intenciones, y también ejemplos de resistencia específica que llevan años llevándose a cabo desde Jot Down. Como publicar el papel, formato donde el contenido permanece y no es fácilmente censurable. O leer además de escribir, que puede parecer un principio evidente, pero citando Contralgoritmia «el libro ha pasado a ser fetiche y mercancía sentimental, un puñetero funko». Y realmente es así, el Premio Planeta de Juan del Val queda muy bien en la mesita para que lo vean tus amistades lucir cultura a la última, y por eso se vende en los hipermercados. No importa leerlo. A ese punto en la cúspide de la pirámide hay que sumar la multitud de personas en la base, los que escriben y publican libros que tampoco están destinados a ser leídos, igual que sus autores no aspiran a otra cosa que la satisfacción de ver su nombre en un título publicado regalando ejemplares a amigos, seguidores o clientes.

Uno de los puntos centrales del ensayo es la llamada a resistir al algoritmo porque es adictivo, y la adicción no es una conducta saludable. Esa adicción le ha servido a la ciudad de Nueva York para presentar una demanda contra Facebook, Instagram, TikTok, Snapchat, Google y YouTube, acusándolos de diseñar plataformas adictivas que fomentan la ansiedad, la depresión y la baja autoestima entre niños y adolescentes. Ya no podemos ignorar por más tiempo cómo los algoritmos nos dominan para conducir nuestra conducta social, económica y política. Y cómo se niegan además a pagar por los contenidos humanos. Quienes entrenaron las IAs en EE.UU. usaron la totalidad de Annes Archive, una plataforma de piratería que permite descargar millones de libros. Y España no lo ha hecho mejor, aquí han saqueado Dialnet, la plataforma de la Universidad de La Rioja donde muchos investigadores pusieron sus tesis y trabajos a disposición del público de forma libre para difundir el conocimiento. No para generar beneficio económico con él sin abonar un euro o al menos apoyar las instituciones que lo difunden. Desde el momento en que ningún humano puede prescindir de comer ninguna creación humana puede ser gratuita, y por mucha costumbre que hayamos adquirido de disfrutar gratuitamente en internet de tantas cosas es momento de pagar por la creación intelectual si queremos que siga existiendo y mantenga su calidad. Es eso o limitarse a consumir la basura generada por IA, y eso Contralgoritmia también lo señala, no se trata de desterrar la inteligencia artificial ni el mundo digital, sino no confundir el uso de una herramienta por humanos con la automatización de unas tecnológicas que generan bots para sacar partido de sus plataformas sin pagar a las personas que generan sus contenidos y atraen público hacia ellas.

Este es un manual de resistencia pertinente para lectores, a quienes recuerda el narcisismo digital, donde todas las conversaciones son transaccionales, donde nadie pone un tuit si no es para conseguir algo. Todos tenemos algo que vender, económico o reputacional, la satisfacción por los seguidores o la exhibición de nuestras actividades de ocio. Práctica lúdica pero inútil y perjudicial además si no convive con los espacios lentos donde el objetivo es conversar, mejorar el mundo y disfrutar. Hacer cultura, y hacerla en nuestro idioma. Esta revista nació en un foro, algunos de ellos siguen vivos, creció inicialmente en visitas gracias al agregador Meneáme donde hoy aún hay conversación, donde los comentarios completan y superan a veces el contenido de las noticias. Eso también sigue pasando en Jot Down, sus extenuantes artículos a veces son superados en longitud por la conversación de los lectores, a veces con la participación del autor mismo. Hasta el punto de completar y mejorar con diálogo el contenido original. Eso es diálogo, eso es cultura humana, eso es Contralgoritmia.

Pero es también un texto muy pertinente para creadores, pues al fin y al cabo nuestro impulso nace de un enamoramiento de la creación humana. Nunca en la historia habíamos tenido que competir con las máquinas, y de momento están resultando mediocres. Pero da igual, porque las creaciones basura de la IA se están imponiendo con fuerza gracias que los algoritmos de las tecnológicas las empujan a estar en la primera posición de los resultados. Paradoja de las paradojas, los gurús internacionales de los grandes medios apelan a los contenidos evergreen -siempre verdes- asegurando que es la mejor estrategia de supervivencia. Digo que es una paradoja porque eso lo inauguró Jot Down hace más de una década, y algunos artículos de esta web siguen sumando lecturas año tras año, desde luego por su calidad, originalidad y pertinencia, pero por encima de todo por la pasión que pusieron sus autores al escribirlos. En mi opinión eso hace más válidos los argumentos y armas de defensa que propone quien ha dirigido este medio en un período que transcurre entre la universalización del uso de redes sociales y la aparición de la inteligencia artificial generativa. Este grupo de revistas y libros bajo el sello Jot Down continúan siendo un espacio humano de resistencia que no se rinde al algoritmo, y no se me ocurre mejor lugar desde el que comenzar la revolución contralgorítmica.

Nos jugamos el futuro, y no me refiero a quienes vivimos de la palabra, el arte, el cine, la música, sino al de todos quienes disfrutamos absolutamente con las creaciones humanas. En la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano no estaba el derecho a disfrutar del ocio cultural, pero ahora muy bien podríamos incluirlo como extensión de nueva Ilustración, la del humanismo digital. Tenemos el derecho humano a disfrutar de un música, una literatura, un cómic, un periodismo, que nos satisfaga, que sea fruto de las más bajas pasiones que mueven los instintos de nuestros cuerpos físicos de hombre y de mujer y de sus mayores capacidades de reflexión y diálogo. Tenemos el derecho a seguir viviendo apasionadamente y no estar sujetos al algoritmo idiotizador, al mundo feliz para que cuatro magnates tecnofeudalistas se forren. Tenemos el absoluto derecho a ser humanos frente a la máquina. Y aquí empieza, en Contralgoritmia, la primera línea de defensa.

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6 comentarios

  1. Abel Hasvir

    Este artículo parece menos una reflexión crítica sobre los algoritmos que una pieza defensiva del libro del propio director del medio, envuelta en un tono de cruzada cultural que esquiva el asunto central: que la IA reduce clics, publicidad y atención, y eso afecta directamente al modelo económico de publicaciones como Jot Down. Es una preocupación legítima, pero sería más honesto decirlo así, sin convertirlo en un alegato moral. El texto alcanza además un punto inquietante de incoherencia cuando lamenta el supuesto “saqueo” de Dialnet y, a renglón seguido, afirma que ninguna creación humana puede ser gratuita, olvidando que los investigadores publican allí voluntariamente para difundir conocimiento, no para monetizarlo. Confundir gratuidad con expolio, o difusión con robo, es una trampa retórica poco digna de un medio que presume de pensamiento crítico. Lo digo además como suscriptor de pago de Jot Down: precisamente por eso desconcierta ver cómo un problema empresarial concreto se disfraza aquí de resistencia cultural abstracta, con más consigna que análisis y más indignación que rigor. A ratos, uno llega a pensar —con cierta ironía amarga— que quizá el texto habría ganado en coherencia y honestidad si lo hubiera escrito un algoritmo, al menos sin el conflicto de intereses disfrazado de épica cultural.

    • Martín Sacristán

      Lo has entendido perfectamente, es un elogio personal del libro escrito por el director de esta revista, y a las armas que da para contrarrestar la falta de clics, publicidad y atención, entre otros muchos temas que aborda. En cuanto al resto eres libre de interpretar que soy incoherente o acrítico, pero desde luego no escondo que defiendo la creación humana, ni que Contralgoritmia me haya gustado mucho.

    • ángel Prats

      Hombre Abel, el algoritmo no es neutral, responde siempre a su corporación.
      Antropológicamente el tema me parece más interesante que el debate económico o tecnológico del momento. Da la impresión de que estamos en uno de esos momentos históricos ¿cruciales?

  2. Coincido plenamente con Abel Hasvir, añado que todas esas críticas hiperbólicas a la IA traslucen un fuerte conservadurismo. No podemos confrontar el futuro de la creación cultural con paradigmas del pasado, que a su vez fueron novedosos cuando aparecieron. En fin, ya lo cantó Bob Dylan hace más de sesenta años:

    […] Come mothers and fathers
    Throughout the land
    And don’t criticize
    What you can’t understand
    Your sons and your daughters
    Are beyond your command
    Your old road is rapidly agin’
    Please get out of the new one
    If you can’t lend your hand
    For the times they are a-changin'[…]

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