Cine y TV

Stranger Things: la poesía está en el último verso 

Stranger Things temporada 5. Imagen Netflix.
Stranger Things temporada 5. Imagen: Netflix.

A vosotros dos, que sabéis perfectamente quiénes sois.

Nota del Autor: si lees esto antes de que se pudra y asumiendo que el tiempo aún no ha bajado su desenlace a la tierra para que se lo coman los gusanos, no encontrarás por aquí ninguna mina antipersona a la manera de Sirat. Siéntete, por tanto, libre de spoilers y avanza por él sin miedo y en línea recta. El salario a pagar será una visión más alusiva y (juris)prudente, especialmente en su epílogo. No se puede tener todo.

A partir de la tercera temporada de Stranger Things (Netflix, 2016-2025), la mejor y la más compleja, al menos para un adulto no aficionado al arcade, —en tanto que no se toma demasiado en serio a sí misma, al igual que la primera, se me cayeron los palos de sombrajo. Pasado el medio siglo, me considero lo bastante veterano en el asunto del «relato» como para no tragarme cierta mandanga, y desde el momento en que los hacedores de la criatura, los Duffer Brothers (Matt y Ross) y sus spin doctor empezaron a darnos la matraca con que su ST (permíteme a partir de ahora el acrónimo) era una serie-río y que estaba hiperpensada e hiperplanificada desde su primera biblia audiovisual (excusatio non petita), todo su universo dejó de interesarme, pues ya sabía, trama arriba, trama abajo, cómo iba a terminar la cosita. Por muy nerd del audiovisual que seas, y en este sentido no dudo un ápice de los bros, cuando tienes entre tus manos toneladas de millones, de dólares y de frikis sedientos de bigger than life, toda tu postura de auteur y supuesta poesía malickiana desaparecen de la faz de la tierra, borradas por el soplo de la Exotic Matter. Lo contrario sería como recitar a Yeats subido en un helicóptero de los Delta Force invadiendo cualquier país random. Y no creo que a Reed Hastings le hiciera mucha gracia. Citius, altius, fortius, pero en inglés de Hollywood.

Así pues, bastaría con apagar el Netflix y encender el Filmin, ¿verdad? Ojalá fuera tan sencillo. Para entonces (2019), en mi casa ya se habían sumado por goteo otros fans de la serie, que en poco tiempo se convirtieron en proselitistas, con lo que, para mantener el triángulo familiar y la Pax Romana en torno a la caja del streaming, tuve que seguir cosido a ella, pero en ameba mood. Ante tanta elefantiasis, Demodogs y Mind Flayers, fantaseé con escribir un artículo, un almanaque más bien, que aglutinara todas las referencias fílmicas de ST. Empecé a recitármelas de memoria cinéfaga, entre aldabonazos y obuses de Nancy, la soldado Vasquez del XXI, pero al poco me di cuenta de que esta iba a ser una tarea hercúlea e incompleta, y que probablemente me llevaría el resto de mi vida, casi como a Ramiro Pinilla escribir su mastodóntica Verdes valles, colinas rojas. Así que, en un ejercicio de introspección minimalista, no voy a enumerar por aquí ninguna de estas «influencias inspiradoras».

Y pasaron tres años.

Al inicio de la temporada cuatro (2022), era tal mi desinterés que me puse técnico y pensé en redactar para mis alumnos del máster un compendio teórico sobre las capas de efectos de sonido extradiegéticos que barnizan el trabajo de audio de la serie. Empecé de nuevo con el tema, pero también lo abandoné al poco: no hay efecto de foley que resista tal mamotreto. 

Y volvieron a pasar tres años.

Así las cosas, en la quinta y monumental temporada (2025), dejé mis neuronas en el estado kubrickiano del «Daisy, Daisy» de Hal 9000 poco antes de encaminarse a su sueño eterno, y así he visto completa y en rutinaria languidez la última temporada, que no ha defraudado mis expectativas: hipertrofia narrativa, ganancia por aplastamiento, más rápido, más grande, más fuerte, ¡más alto!, más y más y más, nada fuera de su cajón, que nadie pueda decir que nos hemos olvidado de algo, ni la trama principal, ni la secundaria, ni la terciaria, ni ningún personaje vivo que tuviera la más leve importancia a lo largo de las cuatro anteriores temporadas. Abotargamiento por sobreexplotación neuronal, sin ningún lirismo, sin ninguna hondura.

Hasta un instante antes de que Mike, el narrador, suba por las escaleras del sótano y sea relevado. Más de nueve años, cuarenta y dos capítulos, dos mil minutos después, apareció la poesía.

Stranger Things nunca jugó a ser una serie rupturista, ni tan siquiera quiso reventar los cánones de los géneros que vampirizaba como un demobat, y asumimos que el Vecna de la industria les intubó la niebla del milmillonario showrunner. No pasa nada, así es el mainstream. Y ya nos íbamos a la cama, desengañados pero resignados después del Binge-watching de fuegos artificiales, cuando de repente aparece el último set piece del enésimo epílogo, del último capítulo y de la última temporada y tras unas retinas quemadas se intuye a los goonies que soñaban con que el quarterback de Durham fuera uno de los suyos, jugando con sus sosias la partida final de Dungeons & Dragons.

Y si miras bien esa secuencia, si clavas la mirada al fondo del sótano, cerca de la estantería, verás a los tres caballeros jedi del clasicismo, con su aura iridiscente, saludando con cariño a sus discípulos Matt y Ross: David W. Griffith, John Ford y Steven Spielberg, túnicas limpias y aseadas, como su invisible y perfecta gramática cinematográfica.

Lo que los Duffer Brothers nos quieren decir con este plano final puramente visual, sin diálogo, luminoso, poético y humanista, el más barato seguro, el más complejo también, sin trucos, maquetas, filtros, CGI o VFX, y mucho más allá del cierre de una etapa vital y un proceso de maduración inevitable de los muchachos, es que todavía hay esperanza entre los narradores como Mike, como ellos, los que cuentan cuentos, que siempre estarán allí y volverán una y otra vez, encarnados en Holly Wheeler o en Derek Turnbow, qué más da, en un eterno retorno para recordarnos que el arte de crear historias está más vivo que nunca.

The End.

Stranger Things temporada 5. Imagen Netflix.
Stranger Things temporada 5. Imagen: Netflix.

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Un comentario

  1. Me encantó esa serie, aunque resultase algo tediosa en algunos episodios. Me ha costado entender las referencias de tu artículo, pero las fui buscando una a una hasta entenderlo por completo, y comparto totalmente la opinión de que los cuentos nos hacen más humanos.❤️‍🩹🙂‍↕️

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