
En algún momento iba a pasar: Miranda July, la artista que por su obra y por su pura presencia (¡esos rulos! ¡esas clavículas! ¡esa mirada aguamarina!), se convirtió en los primeros dos mil en la musa indie por excelencia para toda una generación, un día entró en la menopausia. Lo que equivale a decir que un día, indefectiblemente, se convirtió en lo que todas las chicas como ella evitaron ser durante toda sus vidas: una señora. Una podría no haberse enterado, podría haber seguido viéndola bailar en los vídeos que sube a Instagram sin percatarse de todo lo que estaba pasando dentro de su cuerpo, o podría haberse detenido alguna vez en alguno en particular y pensar sencillamente que algo de esa frescura de la juventud se fue esfumando, aunque siga siendo una mujer increíblemente bella y magnética. Pero ella misma decidió poner el tema sobre la mesa en A cuatro patas (Penguin Libros, 2025), la novela que The New York Times consideró «la mejor del año» pasado y que hace unos meses fue finalmente publicada en español.
Y la serie de coincidencias entre la vida de la protagonista y la de la autora no deja siquiera algún mínimo lugar a sospechar que lo que July narra ahí está inspirado en anécdotas «de una amiga». Igual que ella hace algunos años, la narradora de A cuatro patas está casada, también tiene une hije de género no binario y un nombre propio en el mundo artístico. Para su cumpleaños cuarenta y cinco decide autorregalarse un viaje de Los Ángeles a Nueva York en auto, lo que implica manejar ocho horas diarias durante al menos cinco días. Pero en la pequeña ciudad de Monrovia, California, su ruta se detiene: el deseo por un hombre que conoce por casualidad la lleva a quedarse en un hotel barato para volver a verlo e intentar algo con él. ¿Su estrategia? Gastar unos cuantos miles de dólares en refaccionar el espacio que alquiló hasta transformarlo en «un cuarto propio» contratando a la mujer del que le gusta. El viaje, a partir de entonces, se vuelve interior y empieza a resquebrajar las certezas en torno a la vida familiar que dejó en casa.
Ojo, A cuatro patas no es la narración de un engaño: el tal Dave no es más que una excusa para encender la chispa interna de la protagonista, para ensayar respuestas a las preguntas que engendra la mente y es necesario contestar con el cuerpo. La narradora comparte experiencias, dudas, pensamientos, y con ellos va abriendo capas en torno a la crisis de mediana edad. La más discutida en internet, pero central en el novelón de casi cuatrocientas páginas —que, hay que decirlo, podrían haber sido doscientas—, es la sexualidad. El deseo y la concreción de ese deseo son narrados con un nivel de detalle infrecuente: la protagonista sin nombre cuenta sus fantasías y sus aventuras eróticas con varones y mujeres y comienza a diseccionar la promesa de felicidad marital basada en la rutina y el sexo en piloto automático.
Cuando finalmente vuelve a casa, el alter ego de July recibe un diagnóstico que se le vuelve indisociable de la repentina rebeldía que siente contra la vida que construyó: su ginecóloga le da la bienvenida a la perimenopausia. Esa palabra de significado medio difuso se convierte de la noche a la mañana en una realidad que va a tomar su cuerpo y cuyas consecuencias van a empezar a sentirse todos los días. Se informa sobre el tema en internet, comienza a analizar gráficos de cómo la libido inicia su caída libre desde los cuarenta y cinco y compara con desazón la curva que le ha tocado en suerte con la de los varones; comienza a barajar tratamientos de reemplazo hormonal, se anota en el gimnasio para entrenar la fuerza y, sobre todo, indaga en el tránsito por esta etapa de sus amigas mayores, las que ya pasaron hace rato por ahí y, de alguna manera, siguieron viviendo.
En algún momento, pasado el shock inicial, se ilumina y envía un mensaje colectivo (una imagina a la propia July enviándolo, aficionada como es a coleccionar testimonios). Les pregunta: ¿qué es lo mejor de la vida cuando dejás de sangrar? Las respuestas llegan en aluvión, e incluso las amigas de las amigas se entusiasman con la consigna y empiezan a enviar sus contribuciones. «Después de la menopausia dejé de tener migraña crónica», «Yo nunca tuve ni quise tener hijos, y me encantó que ahora ya no haya ninguna posibilidad de hacer uno», «Siento que soy yo por primera vez, como si tuviera nueve años y pudiera hacer lo que me da la gana». Hay muchas más, pero no es cuestión de desvelar todas.
Como muchas de las ocurrencias de July en su cine, en sus intervenciones artísticas y en sus libros, ese gesto podría parecer naíf (¿por qué esa obstinación en encontrarle el lado positivo a situaciones que no tienen por qué tener uno?), pero, mirado un poco más de cerca, tiene su carga política: enciende una luz donde el discurso predominante, hasta ahora, supo hacer solamente un inventario de pérdidas.
July no está sola en esto («esto» es: escuchar de pronto un diagnóstico que, llegue en el momento que llegue, se siente repentino; tratar de entender lo que le está pasando al cuerpo y convertirlo en una experiencia relatable; querer salir a gritarlo a los cuatro vientos, un poco por la desazón de que nadie te haya avisado previamente lo que se venía, otro poco para enterar a las que todavía están lejos). La suya es la generación que hace unos veinte años desarmó los mitos de la maternidad en la literatura y ahora está haciendo lo propio con ese otro gran momento de transformación del cuerpo femenino, con una conciencia de que cada etapa de la vida por la que una pasa merece ser reescrita, porque las narrativas de las madres y las abuelas ya no alcanzan para contener lo que se está atravesando. Acá mismo habría que decir que, más que insuficientes, los relatos de las generaciones anteriores en torno a la menopausia fueron directamente inexistentes. Valdría la pena pensar por qué y cómo hicieron las mujeres que nos antecedieron para mantener en la más absoluta intimidad la revolución que se estaba desatando en sus cuerpos, viviendo en soledad lo que seguramente hubieran transitado mejor de haber compartido malestares y experiencias. Pero las cosas están cambiando porque, feminismo mediante, las mujeres comenzaron a entenderse a sí mismas como parte de una familia grande y diversa a la que le puede ir mejor en la medida que haga circular sus saberes. También ayuda, por supuesto, que en esta época el recato haya dejado de ser una cualidad valorada y la capacidad de instalar preguntas incómodas sea mejor vista.
Vivan donde vivan, estén donde estén, hagan esta prueba: chequeen las novedades editoriales en las librerías de su ciudad. Si la lectura de este artículo los encuentra en algún país con un mercado del libro más o menos pujante, no van a tardar en encontrar por lo menos dos o tres títulos de ficción, autoficción o ensayos publicados durante el último año que aborden los efectos corporales y psíquicos de la menopausia, ya sea poniéndolos en primer plano o situándolos como telón de fondo.
La mención a la ficción y al ensayo no es meramente anecdótica: libros de autoayuda o guías de salud para abordar la «nueva etapa» existen desde hace muchos años, por no decir que existieron siempre. Quizá ahora los haya en mayor cantidad, y con perspectivas que hasta hace un tiempo hubieran sido impensadas, lo que hace que ahora cada perfil de mujer pueda dar con la referente que siente más afín. Pero la gran novedad reciente es el abordaje desde la literatura de firma, de la mano de autoras de referencia en otros ámbitos, como si de pronto muchas de ellas, dispersas por el mundo, hubieran notado que esta etapa de desconocimiento absoluto del cuerpo, de nuevas reglas, supone un material riquísimo para narrar. Como muestra una lista breve, a la que seguramente le faltarán nombres, entre otras cosas porque se va actualizando todo el tiempo. En España, la periodista y escritora Gemma Ruiz Palà publicó hace pocos meses Una dona de la teva edat, protagonizada por una escultora de mediana edad que decide romper unos cuantos tabúes, incluido el de callar los síntomas de su tránsito por el climaterio, y Sibila Freijo disecciona ideas en torno al edadismo con el humor ácido que la caracteriza en Señora lo será tu puta madre. En Argentina, Laura Wittner narra el fin de sus días fértiles con pulso poético en Diario de menopausia, compuesto por entradas breves, inteligentes y sensibles, mientras Inés Garland, en Diario de una mudanza, integra los vaivenes hormonales y la observación de un cuerpo que se va transformando al registro de sus desplazamientos físicos y afectivos. En Inglaterra ya hace dos o tres años comenzó a hablarse con fuerza de esta «moda». Amazing Grace Adams, la novela debut de Fran Littlewood que se publicó en 2023, está contada a lo largo de un día de furia para la protagonista, que está atravesando una de las etapas más difíciles de su vida entre su divorcio, el subempleo, la distancia con su hija y —por supuesto— una perimenopausia que la está incendiando por dentro. Ese mismo año, Joanne Harris publicó Broken Light, un thriller con deriva fantástica: justo en el momento en que a los ojos de la sociedad su cuerpo se está convirtiendo en material de descarte, Bernie activa un poder psíquico que le permite entrar (e influir) en mentes ajenas, don que había reprimido en la niñez.
Hay algo que llama la atención enseguida al repasar este conteo breve y algo caprichoso: a diferencia de cualquier otro tema de exclusivo impacto en los cuerpos femeninos —la prostitución o el aborto, por ejemplo— todos estos libros fueron escritos por autoras femeninas. Aún no hay varones que se hayan atrevido a hablar por nosotras en este terreno. Un lujo bastante escaso, no solo en el terreno literario. Está claro que, así como no solamente los autores gays pueden escribir sobre personajes gays ni solamente los pobres tienen derecho a narrar la pobreza, no hay por qué sostener que solamente las mujeres que están atravesando el climaterio deberían poder imaginar personajes situados en ese momento de la vida. Nadie que crea en la potencia de la ficción o valore el trabajo de los escritores y los artistas podría defender semejante idea. Pero, si el tema fue un secreto a voces hasta hoy, si nunca nadie lo había vuelto visible hasta esta generación de menopáusicas (habrá que usar este adjetivo sustantivado, a falta de uno mejor), lo primero que hace falta es saber qué se siente habitar un cuerpo que de pronto se vuelve irreconocible, qué implicancias tiene el duelo de la etapa reproductiva, de qué están hechos los sofocos y las lagunas mentales, hace falta escuchar voces sobre el deseo transformado, sobre el dolor repentino y sobre las dudas en torno a cómo paliarlo. Y para empezar a asfaltar ese camino, la potencia de las voces de primera mano se vuelve fundamental.
Una intuición: nadie, salvo las protagonistas de este tránsito, será capaz de cargar de nuevos sentidos un término que hasta ahora solo estuvo asociado con la vejez y con las pérdidas; nadie salvo ellas podrá inventar, eventualmente, una definición nueva. De eso también habla Wittner —que, como buena traductora, es amante de las palabras— en su Diario de menopausia. Mientras se sienta a mirar por vez número mil Call Me by Your Name, la argentina se detiene en la expresión coming of age y se pregunta por qué no se usa también para nombrar el otro extremo. «Cambio de estado, madurez, iniciación: el pasaje de la adolescencia a la adultez es sin duda más atractivo que el de la adultez a la mediana edad. ¿Cuántas películas y novelas giran alrededor de ese momento? Pero esto es también un coming of age: esta transición también requiere de un aprendizaje, una adaptación, una nueva mirada del mundo». Si «menopausia» y «climaterio» arrastran cierto perfume a consultorio y de entrada se asocian a diagnóstico más que a proceso, ¿no tendría sentido crear algún término que pueda dar cuenta del sube y baja? No es cierto que el alemán tenga una palabra para todo, pero en este caso ese mito tan extendido parece tener alguna razón de ser: el Wechseljahre («años de cambio») que suele usarse mucho más que Menopause corre el eje al nombrar el tránsito, no aquello que se pausó, lo que dejó de ser. Cambiar el término no borra los síntomas ni vuelve más ameno algo que no lo es. Pero sí puede abrir, quizá, un campo de sentido para dejar de pensar en términos de estigma un momento de la vida nuevo, que, como toda novedad, conlleva una adaptación, pero al final tiene algo de regalo, porque para qué seguimos viviendo si no para atravesar experiencias que aún no nos habían tocado en suerte y aprender algo de ellas.








Artículo muy mal escrito que debería haber sido revisado antes de ser publicado.
Ejemplos:
tiene UNE HIJE de género no binario [por caridad cristiana, sin comentarios]
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Para su cumpleaños cuarenta y cinco decide AUTORREGALARSE un viaje [pleonasmo: «regalarse» basta]
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dar con la REFERENTE que siente más afín. Pero la gran novedad reciente es el abordaje desde la literatura de firma, de la mano de autoras de REFERENCIA
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esta etapa de desconocimiento absoluto del cuerpo, de nuevas reglas [extraño hablar de «nuevas reglas» para referirse a la menopausia]
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ESTÁ contada a lo largo de un día de furia para la protagonista, que ESTÁ atravesando una de las etapas más difíciles de su vida entre su divorcio, el subempleo, la distancia con su hija y —por supuesto— una perimenopausia que la ESTÁ incendiando
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la NOVELA DEBUT de Fran Littlewood [¿qué es una novela debut? ¿Una primera novela?]
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la gran NOVEDAD RECIENTE [¿habrá novedades viejas?]
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escritos por AUTORAS FEMENINAS [¿habrá autoras masculinas o autoras masculinos?]
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Aún no hay varones que se hayan atrevido a hablar por nosotras en este terreno. [Tan extraño como que no haya habido aún mujeres que han escrito libros sobre los problemas de próstata de los hombres maduros].
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lo primero que hace falta es saber QUÉ SE SIENTE HABITAR un cuerpo [qué se siente habitando o cuando se habita]
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lo primero que hace falta es saber qué se siente […], qué implicancias […], de qué están hechos […] hace falta escuchar voces [si hay un «lo primero», tiene que haber un «lo segundo»: Lo segundo que hace falta es escuchar…]
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el Wechseljahre («años de cambio») que suele usarse mucho más que Menopause corre el eje al nombrar el tránsito, no aquello que se pausó, lo que dejó de ser. [¿traducción en castellano?]
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Cambiar el térmiNO NO borra los síntomas ni vuelve más ameNO algo que NO lo es. Pero sí puede abrir, quizá, un campo de sentido para dejar de pensar en térmiNOs de estigma un momento de la vida nuevo, que, como toda NOvedad, conlleva una adaptación, pero al final tiene algo de regalo, porque para qué seguimos viviendo si NO para atravesar experiencias que aún NO NOs habían tocado en suerte…