Humor snob

El cuadrante maldito de la ventana de Johari

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Imagen promocional de Dr. House, 2004

Se abre el telón.
—No estoy enfadado.
Risas nerviosas a su alrededor

La frase aparece con la serenidad verbal de quien acaba de alcanzar el nirvana emocional, pero el cuerpo ofrece una puesta en escena que recuerda al Dr. House cuando alguien cuestiona su autoridad durante el diagnóstico diferencial. «No estoy enfadado», dice la voz, mientras los hombros adoptan la rigidez propia del culturista posando ante el espejo. El lenguaje verbal intenta sostener una narrativa elegante. El cuerpo, en cambio, decide retransmitir la versión del director.

Esa pequeña tragedia cotidiana —la distancia entre lo que uno cree expresar y lo que realmente emite— tiene un lugar muy preciso en un curioso artefacto psicológico: la ventana de Johari. El nombre suena a técnica de meditación importada desde Okinawa o a restaurante con iluminación tenue y menú degustación, pero en realidad procede de dos psicólogos estadounidenses que en los años cincuenta decidieron ordenar el caos de la identidad humana en un cuadrado dividido en cuatro partes: un plano del ego.

En uno de los cuadrantes está lo que sabemos de nosotros mismos y también conocen los demás. En otro lo que guardamos discretamente en el bolsillo interior de nuestra personalidad. En un tercero lo que nadie sabe todavía. Y luego está el cuadrante maldito, ese lugar donde habitan todas las cosas que los demás perciben con la claridad con la que Tony Soprano detecta una traición en una mesa de restaurante, mientras el interesado sigue convencido de que su actuación resulta impecable. Ahí viven los «No estoy enfadado».

El cuadrante maldito es el territorio donde uno cree estar proyectando serenidad reflexiva y el resto del mundo contempla la escena en la que Leonard Hofstadter cree estar siendo valiente delante de Penny. Desde dentro el sujeto siente que transmite racionalidad, dominio emocional, incluso cierta elegancia psicológica. Desde fuera el conjunto es una combinación de incredulidad, vergüenza ajena y ese silencio incómodo momentos después de un «tierra trágame».

El problema, claro, no es el cuadrante en sí. El cuadrante es inocente. El problema es que habitarlo resulta sorprendentemente confortable. Marco Aurelio dedicó varios libros de sus Meditaciones a examinar sus propios defectos con la minuciosidad de un relojero suizo, y aun así murió sin haber resuelto del todo la contradicción entre el emperador que predicaba la ecuanimidad estoica y el hombre que mantuvo en el poder a Cómodo, quizás el hijo menos apto para gobernar un imperio desde que la biología inventó el nepotismo. Nadie escapa al cuadrante. Ni siquiera quienes escriben aforismos sobre escapar del cuadrante.

Porque la arquitectura del problema es elegante en su crueldad: el cuadrante maldito es, por definición, invisible para quien lo habita. No se puede ver el ángulo muerto desde el ángulo muerto. Es como intentar morderse el codo, ese acto tan humano que todo el mundo intenta al menos una vez en la infancia y que nadie logra, pero que tampoco nadie abandona del todo en la edad adulta, solo que ahora la llamamos «introspección».

Existe, eso sí, una subespecie para la que el cuadrante maldito no es un accidente topográfico sino un proyecto vital. El narcisista no cae en ese ángulo ciego por descuido o por los límites naturales de la autoconciencia humana: lo construye, lo amuebla con esmero y cuelga en sus paredes una colección de espejos cuidadosamente orientados para que nunca reflejen nada incómodo. Para ellos la ventana de Johari no es un modelo diagnóstico sino algo parecido a una ofensa personal. La idea misma de que otros puedan percibir algo que uno no percibe de sí mismo resulta, en su cosmología, tan inaceptable como sugerirle al Dr. House que quizá el diagnóstico que está rumiando es una fantasía neurológica y que el paciente, en lugar de morir antes del alba, simplemente tiene una sinusitis esfenoidal.

Conviene añadir, en favor de la honestidad científica y en detrimento de nuestra autoestima colectiva, que el cuadrante maldito padece del síndrome de hiperlaxitud articular. Se expande y se contrae con una periodicidad que los endocrinólogos describen con gráficas y que el resto de la humanidad experimenta como «esos días» en los que uno está, según su propio diagnóstico «un poco sensible» y según el diagnóstico del entorno «completamente intratable». Las hormonas —el cortisol disparado, la progesterona en caída libre, la testosterona haciendo lo que la testosterona hace cuando nadie la supervisa— actúan como un ecualizador emocional manejado por alguien que no sabe tocar ningún instrumento. El biorritmo convierte el cuadrante maldito en territorio elástico: lo que ayer era un leve punto ciego hoy es una comarca entera con su propio código postal. Y la crueldad específica del asunto es que precisamente en esos días la certeza subjetiva de estar siendo perfectamente razonable alcanza sus cotas más altas. El cuerpo toma el control de la narrativa y la mente, fiel a sí misma, firma el guion sin leerlo.

La solución que proponen los manuales de psicología humanista —recibir el feedback de los demás con apertura y gratitud, ampliar la «arena» de lo conocido compartido, cultivar la vulnerabilidad como práctica espiritual— tiene la virtud de sonar razonable en un taller de fin de semana con diapositivas y café de cápsula. En la práctica, pedir a alguien que acepte serenamente la noticia de que sus colegas llevan dieciocho meses interpretando sus silencios de reunión como hostilidad pasiva equivale a pedirle que reciba un puñetazo con una sonrisa y lo llame «dato interesante».

Y sin embargo ahí está el cuadrante, esperando. Paciente como solo puede serlo algo que no existe hasta que alguien te lo señala.

Se cierra el telón.
—No estoy enfadado.
Nadie dice nada.

Como cualquier terapeuta cognitivo-conductual con buena facturación por hora explicaría, la respuesta es bastante elocuente.

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3 comentarios

  1. ángel Prats

    Hipólito, cuando alguien nos señala el cuadrante maldito, está creando otro punto ciego con su propio dedo. Al final, todos mentimos para salvar un estatus que solo existe en nuestra cabeza.

  2. El cuadrante maldito de Hipólito Ledesma se llama Hipólito Ledesma Doppelganger.

  3. Ambituerto

    El cuadrante ese que describes se entiende fácil cuando uno piensa en la voz de uno mismo escuchada a través de un dispositivo de grabación. ¿Ese soy yo? Decimos, cuando no estamos acostumbrados. Por desgracia no hay ningún aparato que nos muestre lo que los demás perciben de nuestra personalidad para que podamos afrontarlo objetivamente.

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