Pase privado es un libro que nunca habría existido de no ser por su editor, y cuyas fotografías jamás habrían visto la luz porque no fueron hechas por su autor para ser vistas. Todo ello parece no tener mucho sentido cuando se pasan sus páginas, por lo mucho que las imágenes atraen la mirada con lecturas reveladoras, inquietantes o lúdicas. Es más extraño aún en una sociedad donde cualquier exhibición de uno mismo se premia o se busca en lo digital a fin de darse importancia frente a los demás. Pero Alfonso Vila Francés no es un fotógrafo como los demás. Ni siquiera es solamente un fotógrafo: escritor y poeta también, su impulso creativo nace sobre todo de la necesidad de expresarse. En cuanto a sus fotos, dice que él se limita a enseñarte una puerta para que tú la cruces, pero no decide a qué lugar te lleva. Ya había publicado otras fotos de su autoría en sus libros literarios, como España en regional o Caminos de hierro, pero nadie que haya visto aquellas pensaría que las de esta serie están hechas por la misma persona. Seguramente por la forma en que se fue cobrando forma este pase, como un juego donde la absoluta libertad creativa acabó dando forma al conjunto.

Las sesiones nacieron de la necesidad personal de fotografiar de Alfonso y de su íntima amistad con una mujer, a partir de la cual surgió una serie de sesiones realizadas con un método creativo absolutamente libre, por un fotógrafo que no se considera fotógrafo y una modelo que no es modelo. Un juego de dos que consistió en verse de tanto en tanto, jugar con la complicidad de entenderse y de hacer el tonto sin más pretensiones, al menos en principio. El resultado es una colección de desnudos femeninos donde ella cubre su cabeza con diferentes máscaras —de unicornio, catrina o dinosaurio—, adoptando distintas poses, siempre encuadradas en escenarios cotidianos: nuestras casas, nuestras escaleras de vecinos, nuestras ventanas, y siempre con esas máscaras —catrina, dinosaurio, unicornio, etcétera—. Uno se pregunta si la modelo no es una metáfora de nosotros mismos, exhibiéndonos en el mundo digital con una máscara, la personalidad que pretendemos, la exhibición de lo que tenemos, y bajo ella el cuerpo que somos, y que se limita a una persona real. También podría ser el juego íntimo donde adoptamos otros roles para relacionarnos con los demás, o una provocación que precede al encuentro sexual. Es evidente que cada uno encontrará su sentido, pero también que eso es cosa nuestra: Alfonso insiste en ello.
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