Cine y TV

La estructura ósea de Bea Arthur

Bea Arthur the golden girls las chicas de oro
Bea Arthur en Maude, 1972. Fotografía: CBS.

Este artículo es un adelanto de nuestra revista trimestral Jot Down #54 «El Dorado», ya disponible aquí.

A Bea Arthur no le gustaba hablar de su paso por el ejército. Cuando los reporteros le preguntaban por ello, eludía el asunto o incluso decía que no, que aquello nunca había ocurrido. Pero ocurrió. Lo sabemos porque la documentación que lo acredita es pública y accesible para cualquiera. Además, sus propios hijos lo han confirmado después de la muerte de la actriz. Bernice Frankel, como se llamaba entonces, se alistó voluntariamente en el Cuerpo de Marines de Estados Unidos el 18 de febrero de 1943, solo cinco días después de que se autorizase el reclutamiento de mujeres con motivo de la Segunda Guerra Mundial. Era una veinteañera neoyorquina de clase media tirando a baja, hija de inmigrantes judíos austríacos y polacos, que quería contribuir a la derrota de los nazis aunque no le fueran a permitir combatir en el frente. Primero ejerció brevemente como mecanógrafa en Washington D. C. y más tarde, como conductora de camiones en la base aérea de Cherry Point, en Carolina del Norte. Se licenció con honores en septiembre de 1945, al acabar la contienda, después de haber ascendido hasta el rango de sargento primero. Luego encontró trabajo como ayudante de laboratorio en un hospital, empezó a estudiar arte dramático en Nueva York y acabó convirtiéndose en actriz.

Durante años, Broadway le dio para vivir, pero nada más que eso. Sus personajes más recordados de aquella época son todos secundarios, como Yente, la casamentera de El violinista en el tejado, y Vera Charles en Mame. También trabajó como understudy, una especie de suplente habitual en el teatro musical y la revista. Su labor consistía en aprenderse al dedillo el papel de alguna de las protagonistas para sustituirla en caso de que la actriz principal no acudiera a la función. En cierta ocasión, ensayando el número de Tallulah Bankhead en Ziegfeld Follies, Bea Arthur le confesó a la gran diva que temía no llegar a protagonizar un show, a lo que la otra respondió con un escopetazo de sinceridad: tenía razón, aquello no iba a ocurrir nunca. «No es una cuestión de talento», le dijo, «es una cuestión de estructura ósea». Bea Arthur medía casi 1.80, tenía un vozarrón de contralto, su apellido era un nombre de hombre y su único puesto de trabajo estable, antes del teatro, había sido como conductora de camiones en el ejército, aunque esto último solo lo sabía ella. También se esforzaba por disimular su complejo de mujer desgarbada, grandullona, casi hombruna, que solo se atrevió a confesar muchos años después. En un documental de 2002, la actriz Angela Lansbury, una de sus mejores amigas, contaba que Bea Arthur era una persona «extraordinariamente privada» con todo el mundo, incluyendo a sus amistades más cercanas. «Si me preguntaran quién vive realmente dentro de su cabeza, no sabría responder».

En 1971, Bea Arthur se prestó a participar en dos episodios de All in the Family, una exitosa comedia de televisión de la CBS, pero solo porque la dirigía un amigo suyo, Norman Lear, que decía que había creado el personaje a su imagen y semejanza. Se trataba de Maude Findlay, una mujer de cuarenta y muchos, sarcástica, un tanto altiva y abiertamente feminista que iba ya por su cuarto matrimonio. A Bea Arthur, que había estudiado interpretación con Lee Strasberg, el gran gurú del método, y el maestro de maestros Erwin Piscator, no le gustaba la idea de hacer un personaje a medida, pero accedió. El caso es que su Maude gustó tanto a la audiencia que Lear y la CBS le ofrecieron protagonizar su propio spin-off, titulado sencillamente Maude. Arthur cuenta que lo aceptó porque no le quedaba otro remedio: tenía dos hijos pequeños y su entonces marido, el director y actor Gene Saks, atravesaba un bache profesional, así que no entraba demasiado dinero en casa. Por lo demás, no le gustaba la televisión, no le gustaba tener que vivir en Los Ángeles y no le convencía el papel de Maude. Cuando te ofrecen hacer de ti en una comedia, lo que te están ofreciendo en realidad es hacer una caricatura de ti misma.

Bea Arthur the golden girls las chicas de oro
Conrad Bain, Bill Macy y Bea Arthur en Maude, 1972. Fotografía: CBS.

Maude fue un éxito comercial, en parte porque tocaba temas que nunca antes se habían visto en televisión. Por ejemplo, en noviembre de 1972, la protagonista descubría que estaba embarazada con cuarenta y siete años de edad y acababa optando por el aborto. Tras la emisión de aquella historia, que se prolongaba dos capítulos, la cadena CBS fue objeto de críticas feroces entre los medios conservadores y recibió unas cuatro mil cartas de protesta, pero la popularidad de Maude se disparó entre los televidentes progresistas. Durante las seis temporadas que duró la serie, aquel personaje escrito a imagen y semejanza de Bea Arthur se convirtió en heroína de las mujeres y las minorías raciales y sexuales de Estados Unidos, todo a golpe de chiste, y la fama de la actriz se disparó. En entrevistas posteriores, Arthur llegó a quejarse de que los fans la tratasen «como si fuera Juana de Arco», recurriendo a su propia comparación, aunque admitía a regañadientes que acabó cogiendo cariño al personaje. También contaba que fue entonces, por cierto, cuando aprendió a hacer reír a los demás, ya en la segunda mitad de su vida interpretativa, y todo gracias a tratar, precisamente, con asuntos políticos y sociales de tanto peso, que no le permitían cambiar el rictus ni saltarse una coma del guion. «La comedia», decía ella, «consiste en ser terriblemente serio».

La historia se repitió un tiempo después, en 1983, cuando la cadena NBC empezó a armar una sitcom sobre cuatro amigas entradas en años que vivían juntas en Miami. Miami Nice, como se tituló provisionalmente el proyecto, pretendía aprovechar el tirón de Miami Vice, la gran serie policíaca de la época, y rivalizar con The Cosby Show, lo más visto en televisión, contando las andanzas de tres mujeres viudas —Sophia Petrillo, Blanche Devereaux y Rose Nylund— y una recién divorciada, Dorothy Zbornak, que a la postre era hija de Sophia y ejercía el papel central en el cuarteto. El «problema», entre comillas, era que el piloto y los primeros episodios habían sido escritos por Susan Harris, la guionista responsable del aborto de Maude, entre varias otras tramas emblemáticas de la antigua serie de Bea Arthur, y Harris decía que sin ella, sin Bea Arthur, Miami Nice no prosperaría, ya que había creado a Dorothy con ella en mente. De hecho, en la biblia de la serie, donde se sintetizaban las características del proyecto antes de echarlo a andar, se describía con detalle a todos los personajes menos a Dorothy, de quien solo se decía que era «a Bea Arthur type». Es decir, alguien «como Bea Arthur».

Aunque llegaron a contemplar a otras actrices para el papel, lo cierto es que los productores hicieron lo imposible por conseguir a Bea Arthur. Pensando, inocentes, que sería de ayuda, incluso contrataron a Rue McClanahan para dar vida a Rose, la tonta del cuarteto, porque era precisamente ella quien había interpretado a Vivian, la mejor amiga de Maude, también algo inocentona y corta de entendederas. Cuando Bea Arthur se enteró, dijo que no tajantemente. Malo era que le hicieran un traje a medida, pero que se lo hicieran también a sus antiguas compañeras de reparto para atraerla a ella rozaba el delirio. Los productores cambiaron entonces a la actriz de Rose, que ahora sería interpretada por Betty White, y entregaron a McClanahan el papel de Blanche, la sureña vivaracha y ligera de cascos, y finalmente cambiaron el título de la serie por el de The Golden Girls, reforzando su esencia coral. Luego llamaron de nuevo a la puerta de Arthur, toc, toc, y le ofrecieron lo que ningún actor sin trabajo puede rechazar: dinero contante y sonante. Treinta mil dólares por episodio, que se dice pronto. En dinero de hoy, unos noventa mil dólares a la semana, que era lo que se tardaba en producir un episodio, entre ensayos y grabación final. Era un caché desorbitado para la época, no digamos ya para una actriz de más de cuarenta años. Bea Arthur acabó aceptando, pero con una última condición: que pagaran lo mismo a sus compañeras. Había nacido The Golden Girls.

Lo que siguió al estreno de la serie en 1985 fue pura historia de la televisión: audiencias millonarias, críticas inmejorables y un aluvión de trofeos, incluyendo un premio Emmy para cada actriz en los cuatro años siguientes y un Globo de Oro extra para Bea Arthur. The Golden Girls era una aleación casi perfecta de seriedad y levedad, de cinismo y ternura, de lucidez política y humor costumbrista con actrices carismáticas, queridas y brillantes técnicamente. Fue la primera gran serie televisiva de éxito protagonizada íntegramente por mujeres mayores y una de las pocas, hasta el mismísimo día de hoy, en convertirlas en el propio tema del texto. Asuntos como la menopausia, la sexualidad en la madurez, la estigmatización de la soltería femenina, la precariedad financiera derivada de la viudedad y la invisibilización social y profesional de las mujeres mayores nunca habían tenido cabida en la parrilla, mucho menos en prime time. Tampoco se había hablado antes en una sitcom, no con tanta naturalidad, de asuntos como el sida y la homosexualidad, entre otros temas candentes en la época. Pero todo eso, que merece reconocimiento, no fue lo que dio su éxito a The Golden Girls. Si la serie funciona incluso en la era de las plataformas de streaming, a cuarenta y pico años ya de su estreno, es porque está magníficamente escrita por Susan Harris, primero, y luego por Barry Fanaro, y es capaz de llegar con solvencia a todo el público, no solo a las mujeres. Es una serie de mujeres y por mujeres, femenina y feminista a más no poder, pero hecha para el mundo entero. No aspira a llenar un nicho porque lo femenino, he aquí una gran obviedad, no es un nicho, sino la mitad del universo. Bea Arthur, hablando de la primera vez que leyó el guion, lo resumía de esta manera: «Era tan brillante, tan divertida, tan lúcida, tan culta, tan adulta, que ni siquiera caí en la cuenta de que fuera una serie sobre mujeres mayores».

Bea Arthur the golden girls las chicas de oro
Estelle Getty, Bea Arthur, Rue McClanahan y Betty White en The Golden Girls, 1985. Fotografía: NBC.

The Golden Girls terminó en 1992, tras ciento ochenta capítulos emitidos durante siete años en antena, y terminó porque Bea Arthur se marchó. Con setenta años recién cumplidos, decía, y tantos dígitos en la cuenta bancaria, no había dinero en el mundo que compensara permanecer encerrada en las cuatro paredes de un estudio de televisión en lugar de cumplir su sueño de una vez por todas: olvidarse de Hollywood y triunfar en Broadway. Su primer espectáculo en solitario se llamó An Evening with Bea Arthur. Y después, compaginándolo con pequeñas apariciones esporádicas en televisión, hizo And Then There’s Bea y Bea Arthur on Broadway: Just Between Friends, ya en los primeros años dos mil. Tallulah Bankhead, que para entonces llevaba décadas bajo tierra, debió revolverse en su tumba: resulta que su suplente en Ziegfeld Follies, la mosquita muerta aquella, había conseguido llenar teatros, muchos más que ella, a pesar de su estructura ósea. Bea Arthur se retiró en 2005 y murió en 2009, a la edad de ochenta y seis años, pero concedió entrevistas casi hasta el final de su vida, de donde hemos sacado las anécdotas que surten este artículo y muchas más que nos dejamos en el tintero, porque de todo hablaba y lo hacía sin pelos en la lengua.

De todo, menos de su paso por el ejército.

***

Una nota necesaria, lamentablemente.

En marzo de 2025, el Departamento de Defensa de Estados Unidos, hoy renombrado como Departamento de Guerra, eliminó de su página web el artículo dedicado a Bea Arthur. Hasta entonces, al igual que ocurre con otras celebridades que han formado parte del ejército, Arthur contaba con una biografía donde se repasaba su vida y se agradecía implícitamente su servicio al país. Al final del texto, se apuntaba que la actriz «se volcó con la comunidad gay, que la había apoyado profesionalmente desde la década de 1970», y «se implicó en la causa de los jóvenes LGBTQ+ sin techo».

Tras el revuelo ocasionado por la desaparición de la biografía, los reporteros comprobaron que se habían esfumado también una gran cantidad de piezas, entre cientos y miles, dedicadas a los temas más diversos, desde el respeto a los animales, la prevención del suicidio y el recuerdo del Holocausto hasta el acoso sexual, la protección al medio ambiente y la concienciación contra el cáncer de mama, por citar solo unos cuantos. Había ocurrido algo parecido en casi todas las páginas web asociadas al Departamento, no solo en la principal. En la del mayor cementerio militar de Estados Unidos, el de Arlington, incluso desaparecieron los hipervínculos que conducían a páginas sobre mujeres veteranas y veteranos negros e hispanos.

La purga —acometida con herramientas de indexación sobre ciertos términos, como el acrónimo «LGBTQ+» o la palabra «gay» que incluía la pieza sobre Bea Arthur— fue consecuencia de una ley firmada poco antes por Donald Trump, la Orden Ejecutiva 14151 (2025), para acabar con los «programas de discriminación ilegales e inmorales», según reza el propio documento, relacionados con la diversidad, la igualdad y la inclusión en el ámbito de la administración federal estadounidense. En román paladino: para minimizar y hasta invisibilizar completamente la contribución de las mujeres y las minorías raciales y sexuales a las fuerzas armadas y la administración del Estado, borrándolas de lo público sin más. Lo que los antiguos romanos llamaban damnatio memoriae, el olvido por decreto.

Obligados por el escándalo mediático, los responsables del Departamento de Guerra restituyeron la biografía de Bea Arthur unos cuantos días después, pero irremediablemente censurada, advirtiendo que la implementación de la ley todavía estaba en curso, por lo que aún podrían producirse cambios. En el momento de escribir estas líneas, cuenta solo con trescientas sesenta palabras, bastante menos que los dos primeros párrafos de este artículo. Si sigue ahí en el futuro, solo el tiempo dirá.

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Las Chicas de Oro en una caricatura de Al Hirschfeld, 1991. Imagen: Getty.

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