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Sierra Espuña. Cinco historias de una montaña

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Con la llegada del calor en el mes de mayo comenzaba la extracción del hielo de los pozos y su posterior transporte hasta los lugares donde se comercializaba. El transporte a lomos de acémilas hasta los centros de consumo era una auténtica epopeya nocturna por viejas sendas arrieras. Debido al calor diurno, el transporte se realizaba al atardecer y durante la noche, llegando las pérdidas de hielo hasta el cincuenta por ciento del peso

 Mancomunidad Turística de Sierra Espuña

Los pozos de la nieve

A 1.350 metros de altitud, en la vertiente meridional del Morrón de Espuña, hay veintiocho agujeros enormes excavados en la tierra. Tienen muros de piedra enlucidos de cal, entre siete y doce metros de profundidad, y los más grandes alcanzan los doce metros de diámetro. Los cubre —los cubría— una cúpula de ladrillo cerámico fabricada en hornos artesanales donde todavía se cuece el barro. Son la mayor concentración de pozos de nieve del Mediterráneo occidental, declarados Bien de Interés Cultural, y son el esqueleto de una industria que funcionó durante casi cuatro siglos.

Todo empezó a finales del siglo XVI. El Reino de Murcia crecía, las ciudades se expandían y las clases privilegiadas habían descubierto que las bebidas frías y los sorbetes eran un placer irrenunciable. Los hospitales necesitaban hielo para conservar medicinas. En una región donde el verano dura cinco meses y el termómetro supera los cuarenta grados, el hielo se convirtió en artículo de primera necesidad. La Corona acabó gravándolo como tal. Los primeros pozos los construyó Murcia, que llegó a poseer siete. Cartagena tenía tres. Orihuela, dos. Lorca, uno. Hasta el Cabildo de la Catedral poseía el suyo y mantenía junto a él una ermita dedicada a la Virgen de las Nieves.

Cada otoño, cuadrillas de jornaleros subían a limpiar los rasos —las explanadas donde se acumulaba la nieve—, un recurso tan codiciado que los rasos estaban amojonados y su posesión generaba pleitos. La nieve se compactaba capa a capa dentro de los pozos. Un millón de kilos cabían en cada uno. Los trabajadores sellaban la cúpula y bajaban. No volvían hasta mayo. Entonces arrancaba la fase que la cita describe como epopeya: el hielo, endurecido tras meses de presión, se extraía a golpe de pico, se subía con garruchas, se prensaba en bloques y se cargaba a lomos de acémilas para bajar de noche hasta Murcia, Cartagena, Orihuela y Lorca. Solo en Murcia, en 1794, se vendieron 450.000 kilos de hielo arrancado a pico de estas montañas.

La industria se extinguió en 1926, cuando una fábrica de hielo artificial en Totana volvió innecesario todo aquel esfuerzo. Los pozos se abandonaron. Hoy se pueden visitar tres de ellos, restaurados. El efecto de bajar al interior es difícil de describir sin las palabras de un niño: es enorme, está oscuro y hace frío. En algunos, la hiedra ha cubierto la cúpula por dentro y filtra una luz verdosa de catedral sumergida. En otros, el fondo conserva un reflejo de agua que devuelve la imagen del cielo como un espejo hundido en la tierra.

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Ilustración de Gustavo Doré para la revista París-Murcia

La verdadera resistencia del hombre ante las catástrofes es un aumento de humanidad. Amarse, ayudarse. La solidaridad de los hombres es la réplica a la complicidad de los hechos misteriosos. Así se establece sobre la tierra el tercer término de la gran fórmula humana: Fraternidad. Los gobiernos ponen obstáculos a la Libertad y a la Igualdad; llegarán a su tiempo. Pero la Fraternidad es la puerta que se abre, es la bolsa que se vacía, es la mano que socorre. ¿Cómo impedir eso? Pues bien, sabed que bajo esa mano que socorre, la frontera se borra; bajo esa bolsa que se vacía, los corazones se llenan; por esa puerta que se abre, el porvenir entra. España herida, Francia sangra; el golpe que sacude Murcia alcanza París. París es la capital del mundo; y todo dolor del mundo es un dolor de París

Victor Hugo, Paris-Murcie, diciembre de 1879

La riada de Santa Teresa

La noche del 14 de octubre de 1879, sobre las nueve, la riada que venía de Lorca llegó a Murcia después de haber borrado del mapa la aldea de Nonduermas. La fábrica de gas se inundó y la ciudad quedó a oscuras. Los serenos avisaban a viva voz, las campanas de la Catedral tocaban a rebato y las caracolas de los huertanos no cesaban de sonar. Hacia las dos de la madrugada, el Segura llevaba casi dos mil metros cúbicos por segundo. El agua saltó el Malecón, anegó dos barrios enteros, el hospital, la cárcel, el instituto. Frente al Palacio del Almudí, el río subió diez metros y medio sobre el nivel de la calzada. Al amanecer, el cronista José Martínez Tornel escribió de un tirón la crónica del Diario de Murcia que se convirtió en la primera gran pieza de periodismo de catástrofe de la prensa española: «Vista desde la torre de la catedral, la huerta, de un lado y otro, es un mar». El periódico eliminó hasta la publicidad: durante semanas, sus cuatro páginas fueron solo riada.

La catástrofe mató a más de setecientas personas solo en Murcia. Destruyó 5.762 viviendas entre la capital y Lorca. Mató 22.000 animales. Dejó a siete mil familias en la miseria. Hugo no exageraba: el golpe que sacudió Murcia alcanzó París. Gustave Doré dibujó la portada del periódico benéfico Paris-Murcie —una mujer con un niño en brazos rodeada de agua, un ángel al fondo—, Alejandro Dumas escribió unas páginas sobre el Manzanares, Émile Zola aportó un texto, y en el Hipódromo de París se organizó un festival con cuadrillas de tocaores y bailaores y un poblado huertano recreado para la ocasión. Alfonso XII llegó en tren hasta Alcantarilla —la estación de Murcia seguía destruida— para recorrer la huerta. Los ecos llegaron hasta Nueva York.

Pero la riada no fue solo un desastre natural. Fue la consecuencia de siglos de devastación forestal en las sierras que alimentaban el Guadalentín. Las laderas, esquilmadas por la tala para la Marina, por el pastoreo sin control, por una sobreexplotación que no dejó un árbol en pie, no retenían nada: cada tormenta arrastraba la tierra desnuda ladera abajo hasta convertir el río en un torrente de lodo. Ya en 1877 una riada menor había matado a cinco personas en Totana. Sierra Espuña, en el centro exacto de la Región de Murcia, era una de las peores culpables. Un macizo de 1.583 metros pelado como una calavera.

La catástrofe forzó una reacción. En 1888 se creó la Comisión de Repoblación de la Cuenca del Segura. El Ayuntamiento de Murcia acordó vestir de luto durante un año y suspender los actos oficiales, el carnaval y los juegos florales. La decisión que cambió Sierra Espuña para siempre se tomó entonces, entre el barro y los muertos de Santa Teresa.

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El día 19 de marzo del año 1889 subí a pie al Morrón de Espuña, que por cierto estaba nevado, practicando un reconocimiento en las vertientes del Guadalentín, y al descender atravesando la cuenca alta del Espuña, llamado río con harta exageración, no vi ni un pino ni una sola encina. Deduje, por lo tanto, que había que repoblarlo todo

Ricardo Codorníu, Apuntes de la Repoblación de Sierra Espuña

La repoblación

En el centro de visitantes de Sierra Espuña hay dos placas en la fachada. Una honra a Ricardo Codorníu, el Apóstol del Árbol, el hombre cuyo nombre lleva el propio centro, el sendero principal y la escultura que preside el parque. La otra se descubrió en noviembre de 2024 —ciento cuatro años después de la muerte del homenajeado— en un acto al que acudió su bisnieta. El consejero de Medio Ambiente pronunció una frase que vale como resumen de una injusticia centenaria: «Hoy saldamos una deuda histórica». La placa es para José Musso Moreno.

Musso nació en Lorca en 1840, en una familia de la aristocracia intelectual murciana: su abuelo había sido el primer alcalde constitucional de la ciudad y académico de la Real Academia Española. Estudió Ingeniería de Montes en Villaviciosa de Odón, y cuando en 1888 se creó la Comisión de Repoblación del Segura como respuesta a la riada, fue nombrado jefe. A sus órdenes quedaron dos ingenieros más jóvenes: Juan Ángel de Madariaga y un cartagenero de cuarenta y dos años llamado Ricardo Codorníu. Musso dirigió los primeros trabajos: intervino sobre 3.200 hectáreas, abrió 75 kilómetros de caminos y construyó casi un millar de diques de mampostería. Sin esa infraestructura, la repoblación habría sido imposible.

Pero durante más de un siglo, el relato fundió «Sierra Espuña» y «Codorníu» en un binomio que, como señala el historiador Fernando López Azorín, adquirió «la categoría de dogma de fe». Musso desapareció de la historia. ¿Por qué? Porque Codorníu era un divulgador excepcional: fundaba revistas, daba conferencias, escribía cuentos de árboles para sus nietos, se hacía esperantista, describía su profesión como «una especie de sacerdocio». Musso era el hombre de los estadillos, de las cuentas que cuadran, de los diques que se levantan piedra a piedra.

La repoblación empezó en 1891 y se planificó con un rigor que hoy asombra. Pino carrasco hasta los mil metros, pino negral y laricio por encima. No solo árboles: sotobosque, diques, viveros. En tres décadas el paisaje se transformó y en 1931 la zona central se declaró Sitio Natural de Interés Nacional. En los archivos se conserva una carta donde Musso pide al peón mayor que diga al zagal que por cada diez plantas se meta una piedrecita en el bolsillo. El zagal no sabía contar más allá de diez. Con esas piedrecitas se levantó un bosque entero.

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Por medio de los campamentos de Espuña, celebrados durante veintidós años consecutivos, los exploradores hicieron nacer en millares de niños y jóvenes el respeto y el amor a la naturaleza. Desde allí, los jóvenes anidaron en la sierra y desde ella tendieron un lazo de unión sobre el resto de las provincias. Todo se trunca con la llegada de una guerra y un nuevo régimen que instaura un poder absoluto y férreo sobre las cosas y las personas

Amigos de los Scouts de la Región de Murcia

La Montaña de los niños

En la casa forestal de Huerta Espuña, hace unos años, apareció en el fondo de un baúl olvidado una bandera. Era la tricolor de la República española, con la insignia de los Exploradores de España, el escudo de Murcia y el texto «Campamento Provincial 1917». La bandera había sobrevivido al franquismo escondida entre trastos viejos. Si la hubieran encontrado en los años cuarenta, habría sido destruida. La restauraron, la enmarcaron y la entregaron a los Scouts de Murcia en 2007, noventa años después del primer campamento.

Aquel primer campamento se celebró en el verano de 1917, apenas veintiséis años después de que se plantara el primer árbol de la repoblación. Los pinos aún eran jóvenes. Los niños también. Lo organizó Isidoro de la Cierva —hermano del político Juan de la Cierva, tío del inventor del autogiro—, que mandó construir un horno de piedra en la casa forestal de Fuente Rubeos para dar de comer a los exploradores. Venían de Murcia, Lorca, Águilas, Cartagena, Cieza. También de fuera: Granada, Alicante. Juan Antonio Dimas, un explorador de Águilas que sería nombrado primer Jefe Scout Nacional directamente por Baden-Powell, bautizó a Espuña como «la Montaña de los Niños». A partir de aquel verano, los campamentos se repitieron sin interrupción durante veintidós años, incluida la Guerra Civil.

En julio de 1928, durante el decimosegundo campamento, un explorador de la Tropa de Águilas llamado Mariano Serrano Mena, de catorce años, murió en un accidente. Sus compañeros, reunidos en asamblea de guías de patrulla, decidieron encargar un monumento al escultor murciano Nicolás Martínez Ramón: un muchacho dormido en bronce. La estatua se inauguró en julio de 1930 en presencia de Isidoro de la Cierva. La llamaron el Durmiente de Sierra Espuña.

En 1940, el régimen franquista prohibió el movimiento Scout y decretó la incautación de sus bienes. Cinco exploradores subieron una noche a la sierra, desmontaron la estatua del Durmiente, la envolvieron en mantas y la enterraron en las inmediaciones de Fuente Rubeos. Hicieron el juramento de no revelar jamás el lugar. Cumplieron. El último de ellos murió hace pocos años sin haber dicho una palabra. Se pidió ayuda a la Unidad Militar de Emergencias con un georradar. No encontraron nada. El Durmiente sigue ahí, en algún lugar bajo los pinos que Codorníu plantó, durmiendo su siesta eterna en la Montaña de los Niños.

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Que cuando en las empinadas breñas veamos esos indómitos árboles montaraces que meten sus raíces entre las piedras y se levantan airosos sobre el abismo, tengamos presente la voluntad tenaz, perseverante, maravillosa, del hombre que logró cubrir de follaje verde la desnuda sobrehaz de la montaña. Que cuando en los días limpios contemplemos allá en lo alto, entre los claros del ramaje, el inmenso cielo azul, abriguemos la certidumbre firme de que su espíritu estará allá arriba, en la serena región de lo Inmortal. Amigos: que las más bellas flores de Espuña cubran su tumba; las más bellas flores silvestres

Oración fúnebre a Ricardo Codorníu, 1923

El bosque que esperaba

Sierra Espuña tiene hoy dieciocho mil hectáreas con cerca de mil especies vegetales y una colonia incipiente de buitre leonado. Tiene un centro de visitantes por el que pasan veinte mil personas al año, un sendero adaptado para carritos de bebé, un programa de actividades guiadas los fines de semana y una gastronomía alrededor que va de los arroces con caracoles a las tortas de Pascua. Tiene la Carta Europea de Turismo Sostenible, seis municipios que viven de ella —Aledo, Alhama de Murcia, Librilla, Mula, Pliego y Totana— y restaurantes reconvertidos de antiguas casas forestales. Desde Murcia capital se llega en menos de una hora. La sierra aparece de pronto en el horizonte como una muralla verde que no debería estar ahí, y esa extrañeza es exactamente su gracia.

Detrás de todo eso hay una gestión que rara vez se menciona en los artículos sobre parques naturales y que sin embargo es la que determina si un espacio protegido funciona o se limita a existir. Andrés Muñoz, director del parque, pertenece a esa estirpe de gestores públicos que conocen cada sendero, cada pozo, cada nido de buitre y cada pleito vecinal de su territorio, y que hablan de la sierra con la autoridad de quien lleva años tomando decisiones difíciles —dónde restaurar, qué cerrar, a quién autorizar una casa forestal, cómo sostener el equilibrio— sin más recompensa que ver el bosque seguir en pie cada primavera.

Tiene también un sanatorio de tuberculosos abandonado desde los años noventa —Isidoro de la Cierva puso la primera piedra en 1917, se inauguró en 1934, porque la idea era mandar a los enfermos al monte para que el aire de los pinos les curase los pulmones— que ha desarrollado su propia mitología de damas blancas y fenómenos paranormales. Tiene sapos parteros béticos en las balsas del Parque, la población más oriental y meridional conocida de la especie. Tiene un lince que merodea por las casas de una pedanía y al que los vecinos no saben si llamar gato o fiera. Tiene, bajo tierra, en algún lugar que nadie conoce, una estatua de bronce de un niño dormido que lleva más de ochenta años esperando.

Pero sobre todo tiene una historia que no se parece a la de ningún otro parque natural español. Todo lo que uno ve aquí —cada pino, cada dique, cada metro de sombra— fue puesto a mano por gente que no dejó ni sus nombres. El bosque es artificial y al mismo tiempo radicalmente vivo: las rapaces anidan, los gatos monteses cazan, los anfibios cantan en las balsas con una urgencia que no admite aplazamientos, y en primavera todo se llena de un verde tan intenso que haría llorar a Codorníu si pudiera verlo desde su escultura.

Y si hoy cayeran sobre la cabecera del Guadalentín los mismos seiscientos litros por metro cuadrado que cayeron la noche de Santa Teresa, dieciocho mil hectáreas de raíces, de sotobosque, de diques centenarios harían lo que aquella montaña pelada no pudo hacer en 1879: frenar el agua. Esa es la verdadera medida de lo que se levantó aquí con piedrecitas en el bolsillo.

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