
¿No sabes que ni el mármol ni el acero
más duro nada pueden contra el oro?
(Ludovico Ariosto, Orlando furioso)
Su lengua bífida es mineral, articula palabras volátiles que aterrizan en la superficie de objetos, espacios, seres y se infiltran en pensamientos, conversaciones, decisiones. Su piel es invisible y, sin embargo, táctil en la insaciabilidad del deseo y el espesor del miedo. En el filo del tiempo, sus extremidades elásticas saltan sin caerse y domestican batallas y alianzas. Es insidioso su cuerpo y reclama protagonismo, la prioridad en la competición, en las células de la pantalla. Ahí se mueve por pasillos diáfanos, despachos de cristal, un fondo de inversión y las salas del juzgado, hogares y secretos, estrategias y ambición. Y se multiplica, por miles de millones: el dinero.
Billions es el título de la serie de televisión, producida por Showtime y creada por Brian Koppelman, David Levien y Andrew Ross Sorkin, que expone el alma de ese cuerpo larvado. Las siete temporadas (2016-2023) de doce episodios cada una reescriben el mito de la búsqueda del oro en las transacciones de la firma Axe Capital. Su capitán es Robert Axelrod —Bobby o Axe para amigos y enemigos—, argonauta contemporáneo que navega los mares bursátiles para conseguir su tesoro: el poder. «Jasón navegó a través de las rocas para entrar al mar de las maravillas, engañó al dragón que guardaba el Vellocino de Oro y regresó con el vellocino y el poder para disputar a un usurpador el trono que había heredado» (Joseph Campbell, El héroe de las mil caras). El premio implica el derecho a reinar, la legitimación dorada de la primacía.
El viaje que Apolonio de Rodas narra en las Argonáuticas es impulsado por la aspiración, no por la necesidad. Jasón necesita el vellocino para llegar a ser, para sellar su epopeya. A bordo de la nave Argo comparte destino con Hércules, Orfeo, Medea, con una tripulación experta que apoya su misión. Bobby necesita el dinero, miles de millones, para seguir siendo. También la suya es una empresa colectiva, tejida por alianzas fluidas y funcionales, que avanza por pruebas sucesivas, eliminatorias de un enfrentamiento bipolar. Porque el poder es dinámico, incuba en la tensión, eclosiona en la relación.
Axe Capital no es una empresa, es una nave; no navega por geografías sino por sistemas de mercados en vez de mares, aterra instituciones en vez de monstruos. Si se hunde, emerge de nuevo; si se expone, oculta sus secretos; si se transforma, guarda su primer aliento. «Jasón, gozoso, alzaba en sus manos el gran vellocino, y sobre sus rubias mejillas y su frente el destello de la lana producía un resplandor semejante a la llama», escribió Apolonio, y fuego es la palabra de Billions, su cuerpo pixelado.
Los músculos
Se mueve con el sigilo de quien calcula la orientación de la mirada y, mientras habla, escucha y piensa. Bobby, magistralmente interpretado por Damian Lewis, es de origen humilde, estudió en Hofstra University y sobrevivió al ataque terrorista del 11 de septiembre de 2001 (ahí está su secreto, uno de los muchos). Frente a él se posiciona Chuck Roades (es memorable la interpretación de Paul Giamatti), fiscal de Estados Unidos para el distrito sur de New York, de familia burguesa, exalumno de Yale University. El conflicto entre los dos personajes se establece desde el episodio piloto.
Si los poros de Bobby exudan oro líquido, Chuck respira el oro martillado en ley. Su ambición no es acumular, sino contener. El orden es su ritual; el tribunal, su templo; el procedimiento, su liturgia. Y en la intimidad de su cama matrimonial (y de la de su dominatrix) practica sadomasoquismo, domina en público y ansía ser dominado en privado. Tensión y contradicción configuran los músculos de la serie: «el arte de la guerra se basa en el engaño» (Sun Tzu), y los diálogos determinan pérdidas y ganancias con las armas del lenguaje.
El poder de Chuck se despliega claustrofóbico, en la investigación y la persecución legal, con la lentitud del cálculo que prevé todos los factores (o cree hacerlo). El castigo que quiere infligirle a Bobby se vuelve personal, mimetizado en el mandato de la ley y convertido en cruzada moral: «No necesito ganar», le dice a su rival desde el principio, «necesito que tú pierdas». Y Axe reacciona, contraataca e ironiza, sin pausa: «No hay vacaciones cuando hablamos de mi dinero», reitera en la cuarta temporada, incluso cuando el enfrentamiento con el fiscal podría convertirse en alianza. Porque la búsqueda del tesoro necesita testigos, y también aliados dispuestos a seguir navegando en aguas turbias. Chuck cuenta (o no) con su padre (Jeffrey DeMunn), su aprendiz Bryan Connerty (Toby Leonard Moore) y la fiscal adjunta Kate Sacker (Condola Rashād). En la esquina opuesta del ring, la mano derecha de Bobby, Mike Wagner —Wags para amigos y enemigos— (David Costabile), Bill Stern —Dollar para amigos y enemigos— (Kelly AuCoin) y una tripulación cambiante de gimnastas de los números defienden el vellocino multimillonario.
«Un buen matador no mata a un toro fresco. Hay que esperar a que lo hayan herido unas cuantas veces», sentencia Chuck en el episodio piloto. Y en cada temporada las heridas recíprocas tensionan los músculos de ese cuerpo que se expande, por miles de millones.
El sistema linfático
Bobby no acumula oro, lo libera para que se doble y desdoble. Su estrategia es la velocidad de habla, porque el dinero es el lenguaje que ha creado para sí mismo y que habla sin acento y sin culpa. «Solo la gente con dinero se olvida del dinero», dice el discípulo de Chuck. La ambición es la linfa que nutre los movimientos y plantea los pasos, no se trata de ganar más, sino de ganar la lucha contra el tiempo. Y las normas.
El personaje de Taylor Mason (encarnado por Asia Kate Dillon) sube al barco o al ring en la segunda temporada. Sus análisis financieros son brillantes, sus propuestas drenan el exceso de líquidos de órganos y tejidos y reflejan la profecía de Bobby: «Hay un pequeño grupo que sabe hacer los cálculos. Hay un grupo aún más pequeño que sabe explicarlos. Pero quienes pueden hacer ambas cosas, esos se convierten en multimillonarios». Hacer y explicar, incluso sin palabras.
El cuarto episodio de la sexta temporada es una lección de semiótica: en cada encuadre el ritmo de la narración se detiene durante unos segundos para desglosar el precio de las prendas de ropa y los accesorios de cada personaje, miles y miles de dólares en relojes, trajes, vestidos, zapatos, joyas, cinturones. Cada dólar significa pertenencia, lealtad, amenaza. El oro se convierte en gramática y el vestuario traduce el poder que es gesto y declaración.
Los vasos sanguíneos
Para que ese cuerpo no caiga por su propio peso necesita sangre nueva, bombeo constante que equilibre pensamiento y acción. El oráculo que articula el flujo es Wendy Rhoades (Maggie Siff), esposa de Chuck (sí, él mismo) y performance coach en Axe Capital. En el umbral entre el dinero y el sentido, entre la tentación y la lealtad, con una elegancia inquietante, Wendy susurra las palabras que impulsan la búsqueda del oro, la contienen, la redirigen. Las sesiones que puntúan cada temporada colocan el relato en el núcleo del éxito, situando la narrativa personal como justificación para seguir navegando en el barco monetario, más allá de cualquier consecuencia. La lengua de Wendy es ambigua y catalizadora, no sugiere, actúa como espejo para que la sangre de la autojustificación siga fluyendo: «No necesitas permiso. Necesitas dejar de pedírtelo a ti mismo», dice.
El corazón
Miles de millones de latidos y de dólares alimentan ese cuerpo visceral que se transforma en los ciclos de traiciones y alianzas inesperadas, dobles como la lengua y su sintaxis: «La mejor forma de crear un vínculo con alguien no es haciendo un favor. Es pidiéndolo», enseña Chuck. Porque los favores implican pago y poder al instaurar el círculo (o el circo) de deudas que reduce la red y determina el control. Vellocinos hay muchos, tantos como los que Billions propone, porque el tiempo no es dinero, el dinero es dinero y su corazón es pequeño y despiadado. Y miles de millones de veces, Bobby dice y se dice: «La naturaleza no me seleccionó, yo me seleccioné a mí mismo aprovechando mi propia naturaleza». Porque: «No soy humano. Soy una máquina. Soy un f*cking Terminator».
Bibliografía citada
Apolonio de Rodas, Argonáuticas, traducción de Mariano Valverde Sánchez, Madrid, Gredos, 1996.
Joseph Campbell, El héroe de las mil caras. Psicoanálisis del mito, traducción de Luisa
Josefina Hernández, México, Fondo de Cultura Económico, 2025.
Sun Tzu, El arte de la guerra, traducción de Gabriel García-Noblejas, Madrid, Alianza, 2022.







