
A pocos pasos de la sede de la Comisión Federal de Comunicaciones (FCC), en un barrio de Washington marcado por obras a medio terminar y el eco de Nicki Minaj sonando desde el equipo portátil de un coche, se encuentra el bar de mariscos donde Brendan Carr, presidente de la FCC, almuerza habitualmente. Este es un escenario mundano para el hombre que, desde enero de 2025, ejecuta con precisión quirúrgica el manual de la nueva era Trump. Frente a una ensalada y una Diet Coke, Carr encarna la nueva doctrina de la agencia. Quién describe esta ambientación es la periodista del Financial Times, Anna Nicolau. Carr es el último protagonista de Lunch with the FT, una de las series de entrevistas más conocidas del periódico, en la que periodistas del diario comparten una comida con figuras relevantes de la política, los negocios o la cultura para construir retratos que mezclan conversación, observación personal y análisis del poder.
Brendan Carr llegó a la presidencia de la Comisión Federal de Comunicaciones, el organismo regulador de las comunicaciones en Estados Unidos , con un manual escrito por él mismo. Desde enero de 2025 lo está ejecutando con una meticulosidad que ha dejado sin palabras a quienes llevan décadas estudiando la agencia. A principios de mayo, la FCC que preside Carr ordenó la revisión anticipada de todas las licencias de emisión de las estaciones de televisión de Disney, una medida que expertos en derecho regulatorio describen como sin precedentes en medio siglo. Cuando Nicolaou le pregunta si era consciente del impacto que tendría la decisión, Carr se ríe con esa carcajada que, según la periodista, «suena demasiado alta para ser natural». Luego dice, con algo parecido a la satisfacción: «Probablemente hayan pasado cincuenta o sesenta años, o más, desde que la FCC utilizó esta herramienta. Si antes no nos tomabais en serio, ahora deberíais hacerlo”.
El portero de McLean
La entrevista de Financial Times, publicada el 16 de mayo, es uno de los documentos más reveladores que ha producido la administración Trump en lo que va de segundo mandato, precisamente porque Carr no intenta ocultar nada. Habla de Trump como de «el coloso político de nuestra época. No habrá otro igual». Describe haber volado en el Air Force One y haber jugado al golf con el presidente en Trump International, bajo la vigilancia de drones y francotiradores del Servicio Secreto, como «experiencias vitales importantes». Cuando Nicolaou le pregunta quién juega mejor al golf, Carr responde sin dudar: «Trump. Incuestionablemente». Y ante la posibilidad de que sea al menos en parte diplomático, añade: «No. Ojalá. El tipo juega bien de verdad».
Brendan Thomas Carr nació en Washington el 5 de enero de 1979 y creció en McLean, Virginia, el suburbio donde vive la élite legal e institucional de la capital. Su padre, Thomas Carr, fue un influyente penalista cuyo cliente más célebre en sus últimos años de ejercicio fue Richard Nixon, en el período posterior al Watergate. Su madre, Barbara, es psicóloga clínica. En la Potomac School, uno de los centros privados más selectos del condado de Fairfax, Carr jugaba de portero en el equipo de fútbol. Quienes le conocieron entonces lo recuerdan, según una investigación de Bloomberg, como un “jugador de equipo ferozmente competitivo” con tendencia a un comportamiento indisciplinado bajo los tres palos. Tras un breve paso por la Universidad James Madison, se trasladó a Georgetown University, donde se graduó en Government con especialización secundaria en Historia y Antropología. Más tarde cursó Derecho en la Columbus School of Law de la Catholic University of America, donde se graduó magna cum laude en 2005 con especialización en telecomunicaciones.
La trayectoria que siguió no fue accidental. Bob Beizer, figura clave en la barra de abogados de comunicación federal y conocido de la familia, le recomendó el bufete Wiley Rein, cofundado por Dick Wiley, el mismo expresidente de la FCC bajo Nixon y Ford conocido por su fervor desregulador. Carr pasó allí siete años defendiendo los intereses corporativos de Verizon y AT&T. En 2012 dio el salto a la FCC como letrado. En 2014, el comisionado republicano Ajit Pai lo reclutó como asesor personal. Cuando Trump nombró a Pai presidente de la agencia en 2017, Carr ascendió a Asesor General y después, por nominación presidencial, a comisionado. Fue confirmado por el Senado tres veces (incluyendo una nominación de la administración Biden) y sin mayor controversia. No era, hasta hace muy poco, el tipo de figura que generaba titulares.
Su matrimonio con Machalagh Carr, abogada que llegaría a ser jefa de gabinete del presidente de la Cámara Kevin McCarthy, consolidó su posición en los círculos más influyentes del conservadurismo de Washington.
De cruzado del 5G a protagonista del Project 2025
Durante su primera etapa como comisionado, la prensa especializada lo retrataba con una expresión que hoy resulta casi irónica: «el cruzado del 5G«. Axios lo utilizó para describir a un tecnócrata pragmático que recorría el país subiéndose a torres de telecomunicaciones con operarios de mono azul para escenificar la eliminación de trabas burocráticas en el despliegue de las redes móviles de alta velocidad. Sus reformas recortaron miles de millones de dólares en costes de infraestructura. Era el republicano discreto que hacía las cosas sin hacer ruido.
El punto de inflexión llegó en 2020. La decisión de Twitter de etiquetar las publicaciones de Trump sobre el fraude electoral activó en Carr una convicción que, según el periodista John Hendel en un reportaje de Politico titulado ‘A federal agency goes full Trumpist’, alteró por completo su agenda. Carr concluyó que existía una conspiración sistemática de censura conservadora en Silicon Valley y abandonó la ortodoxia libertaria de la no intervención para adoptar lo que Hendel denomina una postura de «militancia estatal». Comenzó a aparecer regularmente en Fox News. Se convirtió en un crítico público habitual de las grandes plataformas digitales.
Pero un punto de inflexión se produce en 2023 cuando redactó el capítulo sobre la FCC en el Project 2025, el manual ultraconservador que la Heritage Foundation preparó como hoja de ruta para una segunda administración Trump. En ese texto, Carr argumentaba que la comisión debía ampliar radicalmente su mandato, despojar a las redes sociales de la inmunidad legal que les otorga la Sección 230 de la Ley de Decencia en las Comunicaciones, y erigirse en árbitro de si la moderación de contenidos de Meta, Google, Apple y Microsoft se realizaba de «buena fe». Cuando Trump ganó en noviembre de 2024, Carr publicó en X su primera declaración como presidente designado: «Debemos desmantelar el cartel de la censura y restaurar los derechos de libertad de expresión para los estadounidenses de a pie.» Elon Musk respondió de inmediato con una sola palabra: «Bien dicho». La diferencia entre Carr y otros cargos de la administración Trump es precisamente esa: él no estaba ejecutando un programa que otros habían diseñado. Él había escrito el programa.
La palabra que desapareció
Uno de los momentos más significativos de su gestión no ocurrió en televisión. Ocurrió en diciembre de 2025, durante una sesión de control ante el Comité de Comercio, Ciencia y Transporte del Senado. El senador demócrata Ben Ray Luján, de Nuevo México, le preguntó reiteradamente si consideraba que la FCC era un organismo independiente. Le recordó que el propio sitio web de la comisión la definía textualmente como «una agencia gubernamental estadounidense independiente bajo supervisión del Congreso». Carr respondió sin rodeos: «La FCC no es una agencia independiente, hablando formalmente”. Días después, la palabra «independiente» desapareció discretamente de la web oficial de la FCC.
En el derecho administrativo estadounidense, la independencia de las agencias reguladoras no es un protocolo ceremonial. Es el principio que las protege de la presión del ejecutivo. Históricamente, tanto las administraciones demócratas como las republicanas habían mantenido una distancia prudencial respecto a la FCC, preservando su naturaleza colegiada y su papel de árbitro. Carr ha eliminado esa consideración de raíz.
La coacción como método de trabajo
El ex presidente de la Federal Communications Commission, Tom Wheeler, describió el modelo operativo de Brendan Carr en un análisis publicado por la Brookings Institution como “una forma de regulación agresiva disfrazada de retórica desreguladora”. Según Wheeler, Carr utiliza el poder informal de la presidencia de la FCC, mediante cartas de investigación, advertencias públicas, comparecencias y presión regulatoria, para generar efectos coercitivos sobre compañías mediáticas y tecnológicas sin necesidad de recurrir a resoluciones fácilmente impugnables ante los tribunales. Diversos expertos en libertad de expresión han definido este tipo de estrategia como jawboning: el uso de amenazas regulatorias implícitas para inducir autocensura o cambios corporativos sin necesidad de imponer sanciones formales.
El caso de CBS y la fusión Paramount-Skydance es el más documentado. Mientras la FCC evaluaba la operación, Carr resucitó una denuncia ya archivada por su predecesora sobre la edición de una entrevista de 60 Minutes a Kamala Harris (una queja que ella había desestimado por contradicción con la Primera Enmienda) y la convirtió en palanca. El resultado fue una secuencia de concesiones que muchos observadores describieron como pago de protección: Paramount abonó 16 millones de dólares para cerrar la demanda de Trump contra la cadena. The Late Show de Stephen Colbert fue cancelado días después de que el presentador se burlara en antena de ese acuerdo. La empresa aceptó, además, la designación de Kenneth R. Weinstein, un exdonante republicano como «defensor del espectador independiente» dentro de su propia redacción, un ombudsman impuesto que reportaría directamente al presidente de Paramount.
Por otra parte, el episodio Jimmy Kimmel, en septiembre de 2025, hizo visible el mecanismo con una precisión casi pedagógica. Tras un segmento satírico del presentador de ABC sobre el asesinado activista conservador Charlie Kirk, Carr apareció en el pódcast del comentarista ultraconservador Benny Johnson con la frase que se convertiría en la más reproducida de su mandato: «Estas compañías pueden encontrar formas de cambiar su conducta y tomar medidas, francamente, respecto a Kimmel, o habrá trabajo adicional por delante para la FCC.» Disney suspendió el programa esa misma tarde. Nexstar y Sinclair, que controlan decenas de afiliadas locales de ABC y tienen operaciones pendientes de aprobación regulatoria, lo retiraron del aire pocas horas antes. La cadena no fue sancionada. No hizo falta.
La reacción más inesperada vino de dentro del propio Partido Republicano. El senador Ted Cruz, de Texas, denunció las palabras de Carr en su propio pódcast con una comparación que recorrió el país: «Eso es de Goodfellas. Es como un mafioso que entra en un bar y dice: ‘Bonito bar tienes aquí. Sería una pena que le pasara algo’.» Y añadió: «Es increíblemente peligroso que el gobierno se ponga en la posición de decidir qué discurso le gusta y cuál no.» Trump, preguntado por las palabras de Cruz, respondió llamando a Carr «un gran patriota americano». Durante el almuerzo del Financial Times, Nicolaou le recuerda la crítica de Cruz. Carr dice que él y Cruz están de acuerdo «en prácticamente todo». La periodista le recuerda que Cruz no es demócrata. «No, ya lo sé», responde. Y cambia de tema.
Gigi Sohn, exdirectiva de la FCC y hoy directora ejecutiva de la Asociación Americana para la Banda Ancha Pública, lo formuló con exactitud técnica y política a la vez: «Lo que ha hecho aquí, usar el púlpito para intimidar a una gran cadena y conseguir que cancele uno de sus programas, no tiene precedentes en toda la historia de la Comisión Federal de Comunicaciones. No importa si el presidente era republicano o demócrata. Está tan fuera de los límites que es difícil de concebir.» Sohn también ha descrito a Carr como alguien que ha transformado la FCC «de una agencia independiente dedicada a garantizar el acceso asequible a las redes en un brazo de la Casa Blanca centrado en ayudar al presidente a resolver sus agravios personales.» Mientras, Victor Pickard, profesor de política de medios en la Annenberg School de la Universidad de Pensilvania, fue aún más contundente en una entrevista con The Progressive, donde calificó a Brendan Carr como “el presidente más corrupto en la historia de la FCC”. Según Pickard, Carr “ejecuta despiadadamente la agenda antidemocrática de Trump”, utilizando “cualquier pretexto a su disposición” para convertir el poder regulatorio de la Federal Communications Commission en una herramienta destinada a recompensar aliados, castigar enemigos y presionar a compañías mediáticas en beneficio político y financiero de Donald Trump.
El foie gras y los obstáculos a los medios
Cuando se le acusa de estrangular la libertad de prensa, Carr suele parapetarse detrás de una narrativa de populismo localista. En su conversación con Nicolaou lo formuló así: «Ahora es sólo foie gras de Nueva York y Hollywood embutido a la fuerza a través de los canales locales en las comunidades locales, les guste o no. Quiero poder decirles a mis nietos que hice todo lo posible para asegurar que las noticias locales, el periodismo local y la televisión en abierto sobrevivieran.»
Ese supuesto afán proteccionista se concretó en enero de 2026 en la derogación de una exención de la regla de igualdad de tiempo electoral que llevaba décadas vigente. Históricamente, los programas de entretenimiento y talk shows estaban exentos de la obligación de conceder idéntico minutaje a todos los candidatos políticos, por considerarse formatos de naturaleza informativa legítima. Carr eliminó esa distinción y abrió de inmediato un expediente sancionador contra ‘The View’ de ABC por haber invitado al candidato demócrata al Senado por Texas, James Talarico, sin conceder el mismo espacio a sus rivales. La consecuencia fue inmediata: los servicios jurídicos de CBS impidieron a Stephen Colbert emitir por televisión una entrevista ya grabada con el propio Talarico para evitar represalias de la FCC. Colbert tuvo que difundirla exclusivamente en YouTube, que al operar a través de internet y no del espectro radioeléctrico, escapa a la jurisdicción de la comisión. Las grandes cadenas empiezan a utilizar las plataformas digitales como búnker defensivo frente a la vigilancia de Carr.
Carr global: satélites y advertencia a Europa
El perfil de Carr no se agota en las batallas culturales de la televisión en abierto. Ha convertido la FCC en una palanca de poder al servicio del complejo industrial y espacial de Elon Musk. Ha impulsado reformas de espectro que permiten a Starlink elevar los niveles de potencia de sus satélites de órbita baja para aumentar notablemente sus velocidades de descarga, a costa de la viabilidad de sus competidores. Ha respaldado la propuesta de SpaceX para desmantelar el fondo histórico de 4.500 millones de dólares destinado a subsidiar la banda ancha rural de operadores locales, aceptando el argumento de la compañía de que sus satélites han resuelto definitivamente el problema de conectividad en el país. Para Carr, mantener esos subsidios equivale, según su propia expresión, a «tasar las herraduras de los caballos para financiar las autopistas».
Esa alianza ha generado un conflicto abierto con la Unión Europea. En el Mobile World Congress de Barcelona de 2026, Carr lanzó una advertencia directa a Bruselas: si Europa impone restricciones regulatorias a Starlink o Amazon LEO en respuesta al borrador de la Ley del Espacio europea (que pretende exigir licencias medioambientales estrictas y planes de control de basura espacial con multas de hasta el 2% de la facturación global), Estados Unidos prohibirá la operación de satélites europeos en el mercado norteamericano. La amenaza apunta directamente a IRIS², el proyecto de constelación soberana con el que la UE aspira a independizarse de la infraestructura de Musk.
El general en la CPAC
Si a finales de 2025, la palabra “independiente” desapareció de la web de la FCC, en marzo de 2026, Carr no se cortó y subió al estrado de la Conferencia de Acción Política Conservadora (CPAC) en Texas. No habló como el árbitro técnico de las comunicaciones del país. Habló como un oficial que rinde cuentas de sus conquistas ante su tropa. Enumeró, ante un auditorio enfervorecido, el recuento de bajas mediáticas de su mandato: «Miren los resultados hasta ahora. PBS, desfinanciada. NPR, desfinanciada. Joy Reid, fuera de MSNBC. Chuck Todd, fuera. Jim Acosta, fuera. John Dickerson, fuera. Stephen Colbert se marcha. CBS está bajo nuevos propietarios y, muy pronto, CNN también tendrá nuevos propietarios.» Remató el discurso celebrando que Trump estaba «ganando» la guerra contra la prensa.
En su despacho, Carr guarda una taza de café. Sobre ella aparece una imagen generada por inteligencia artificial que lo representa como el «perro guardián mediático» de Trump: suelto, gruñendo. Alguien se la envió. Le gustó. La mandó imprimir. Según le confió a Nicolaou, la usa para beber todos los días.
No es un detalle menor. En los cincuenta años de historia de la FCC, ningún presidente de la agencia había necesitado explicar qué tipo de animal era. Brendan Carr lo tiene resuelto, en cerámica, sobre su escritorio. Lo que ha construido no es una regulación más agresiva sino una de naturaleza distinta: ya no arbitra el espacio público de las comunicaciones, lo administra en beneficio del presidente. Y lo hace sin disimulo, con la satisfacción de quien sabe que llegó cuando tocaba, hizo lo que había que hacer y no piensa disculparse por ello. Y es que en la entrevista en Financial Times, Carr dice que quiere ser recordado con una frase: “Tuve mi tiempo, tuve mi oportunidad y la aproveché”.
Miquel Pellicer: periodista, antropólogo y editor del boletín Periodismo Digital.







