Arte y Letras Literatura

El cuaderno dorado: un cubo de Rubik literario

El cuaderno dorado
Doris Lessing. Fotografía: Anita Schiffer.

A Doris Lessing le sorprendió la mala baba de algunas reseñas aparecidas tras la publicación de El cuaderno dorado en 1962. Aquel año hubo novelas que también dieron mucho que hablar. La naranja mecánica, por ejemplo, se topó igualmente con la incomprensión y el estupor de muchos lectores (la jerga inventada por Burgess para la ocasión y la violación de dos niñas al son de la Novena Sinfonía de Beethoven no eran nada fáciles de digerir); sin embargo, Burgess no recibió ataques tan personales. A Lessing la acusaron de no ser femenina, de ser castrante y, su favorito, de ser una «tocapelotas».

Según dijo, que El cuaderno dorado se convirtiera en la Biblia de la liberación femenina fue algo que no vio venir. Lessing apoyaba sin dudarlo la causa feminista, pero si hubiera querido escribir un panfleto, lo habría hecho. Además, ¿es que no habían pillado la ironía? Una parte importante del libro (una novela dentro de la novela) se llamaba «Mujeres libres», pero sus protagonistas, Anna y Molly, dos mujeres divorciadas que tenían relaciones con quien les venía en gana, ansiaban volver a casarse, así que muy liberadas no estaban. Ni siquiera una crítica literaria tan avispada como Elizabeth Hardwick, que supo ver que en estas mujeres había más resignación que rebelión, captó el tono paródico que Lessing había pretendido darle. Es más, Hardwick advirtió en todos sus libros un fondo de enorme tristeza y depresión.

En vista de que nadie parecía haber leído bien El cuaderno dorado, Lessing cometió la torpeza de escribir un prefacio en el que explicaba cómo debía leerse. A su entender, los lectores se habían centrado demasiado en el contenido y no habían prestado suficiente atención a la forma. El quid estaba en la estructura (de hecho, el prefacio empieza soltando a bocajarro: «A continuación se explica cómo es la estructura de esta novela»). En El cuaderno dorado se intercalan fragmentos de una novela convencional, «Mujeres libres», con las entradas de los diarios de la protagonista, Anna Wulf. En el pasado, Anna escribió una novela de éxito, pero ahora es incapaz de volver a escribir. Su bloqueo como escritora no es más que una parte de su bloqueo vital. El que fuera su pareja durante cinco años, Michael, la ha dejado. A este desengaño amoroso hay que sumar el político: las ideas que hasta entonces la han sostenido se han venido abajo y, tras varios años militando en el Partido Comunista, lo ha abandonado. Inicia entonces una terapia con una psicoanalista jungiana y trata de recomponerse a través de la escritura. Para poner algo de orden a su caos interior, Anna lleva cuatro diarios en vez de uno: el negro está relacionado con la novela que le dio la fama; el rojo, con la política; en el amarillo escribe ficción a partir de su experiencia; y en el azul, el más parecido a un diario al uso, registra de forma «fidedigna» lo que sucede en el día a día.

La cronología de los diarios es deliberadamente confusa, por lo que es difícil saber cuándo tienen lugar los hechos a los que aluden y qué relación guardan con las diferentes secciones de «Mujeres libres» que se van sucediendo. Tal y como están dispuestos, es lógico pensar que los distintos documentos coinciden en el tiempo, pero no es así (los diarios están escritos entre 1950 y 1957; «Mujeres libres», entre finales de 1957 y 1958). Habrá que esperar a las páginas finales para que el cubo de Rubik empiece a resolverse. En ese momento, Anna inicia un único diario en el que se integran los diferentes aspectos de su vida, los distintos colores. Es ahí, en las páginas de ese cuaderno dorado, donde se desvela quién ha escrito la novela dentro de la novela.

Por si fuera poco complejo, el rompecabezas propuesto por Lessing contiene distintos materiales (sueños, recortes de periódicos…), alter egos de los alter egos de la autora, ramificaciones que resultan ser callejones sin salida y, aquí y allá, datos que no casan, incongruencias entre lo que cuenta «Mujeres libres» y los «hechos» que se recogen en los diarios. Podrían ser meros descuidos de la autora o también, como sugirió el crítico John L. Carey en un artículo hace años, una forma de recordar al lector que los novelistas ficcionamos los hechos, que, aunque Anna Wulf comparta parte de su biografía con la autora (ambas vivieron en África y abandonaron el Partido Comunista) y sea tentador establecer equivalencias directas entre ellas, no es más que un personaje literario.

Hay un aspecto, no obstante, en el que Anna y Doris Lessing coinciden. En un momento del libro, Anna se lamenta por no poder captar la verdad de lo vivido por muy fiel a la realidad que intente ser. No es casual que algunos de sus diarios terminen con recortes de noticias. A su lado, los apuntes de sus cuadernos palidecen, así que ¿para qué seguir con ellos si no están a la altura de la vida? Esa sensación de fracaso de Anna es compartida por la autora, que siempre consideró que El cuaderno dorado era una novela fallida. Lessing quería capturar el espíritu de la época, retratar el clima moral e intelectual de los años 50. Fueron años marcados por la Guerra Fría, por el principio de la descolonización de África y la creciente decepción con el comunismo. Todo eso estaba en la novela y explica el estrecho marcaje al que Lessing fue sometida por los servicios secretos británicos durante décadas (el MI5 empezó a espiarla a principios de los años 40 principalmente por su postura anticolonial; luego siguió haciéndolo por sus supuestos vínculos con el comunismo, aunque hacía tiempo que había dejado el partido —lo dejó cuando los tanques soviéticos aplastaron la revolución húngara en 1956—). Puede que desde el punto de vista literario no estuviera al nivel de Tolstói o Stendhal (el listón se lo puso ella misma al contar en el prefacio lo que había pretendido hacer), pero es innegable que el espíritu de aquellos años se respira entre las páginas del libro.

Lessing era consciente del riesgo que corría: «Pretender escribir una novela de ideas significa imponerse limitaciones: la estrechez de miras de nuestra cultura es enorme», aseguró. No le faltaba razón. Este tipo de libros nunca han sido especialmente apreciados en el ámbito anglosajón. Las novelas de George Eliot, por ejemplo, eran «demasiado inteligentes», a decir de Henry James. Según él, pecaban de exceso de análisis y reflexiones y, como le confesó a Grace Norton en una carta, aspiraba a escribir novelas como Middlemarch, pero con menos cerebro y más forma. En mi opinión, El cuaderno dorado no está a la altura de Middlemarch; sin embargo, hay que reconocer a Lessing su coherencia. Desde luego, cuando tenía una idea, la seguía hasta sus últimas consecuencias (en una ocasión quiso probar la hipótesis de que todos estamos más cerca de la locura de lo que pensamos y puso todo su empeño en volverse loca: dejó de comer y de dormir el tiempo suficiente como para tener alucinaciones. El resultado fue La ciudad de las cuatro puertas). En el caso de la novela que nos ocupa, Lessing partió de la base de que la sociedad está cada vez más dividida y esa división tiene su correlato en el interior de cada individuo. Esta escisión interna no solo se describe y debate, sino que se vive y da forma a El cuaderno dorado. Un individuo totalmente aislado de los demás está abocado a la locura, viene a decir. Esta idea, conclusión lógica de la novela, no fue entendida por todo el mundo. El crítico John Leonard, que puso otras obras de Lessing al nivel de Cien años de soledad, dijo que El cuaderno dorado y La ciudad de las cuatro puertas eran más pitones que novelas, pues muestran demasiado a las claras la digestión de las reflexiones de las que se alimentan. Para otros, en cambio, ese era su punto fuerte. Ronald D. Laing, el conocido (anti)psiquiatra, se declaró ferviente admirador de la escritora (no en vano, él había defendido algo muy parecido en El yo dividido). También Ingmar Bergman, siempre interesado en las prospecciones de la mente humana, dijo haber encontrado en El cuaderno dorado material para diez películas.

Todos, hasta los más críticos, alabaron la autenticidad de la novela. Había verdad en lo que Lessing había escrito (en realidad, más de lo que nunca estuvo dispuesta a admitir1), y ese es para mí su mayor atractivo. Dijera lo que dijera su autora, creo que El cuaderno dorado es más valioso por el contenido que por la forma (la novela me parece innecesariamente laberíntica). La británica escribió sobre la menstruación, los distintos tipos de orgasmo y otros aspectos de la sexualidad femenina en un momento en que todo lo relativo a ella era mirado con lupa. La llamada guerra entre los sexos dominaba la agenda y cada milímetro ganado, cada pelo, contaba (puede parecer exagerado, pero Lessing contó que todavía en los años 70 un editor estadounidense le pidió que quitara una escena en la que se mencionaba el pelo de las axilas de una mujer). Por supuesto, se había escrito antes sobre las relaciones amorosas y la sexualidad femenina, y algunos, como D. H. Lawrence en Mujeres enamoradas, lo hicieron de forma bastante meritoria, pero la paleta afectiva cubierta por Lessing es más amplia y su retrato de la subjetividad femenina, más certero. Al tratar también otras facetas de la protagonista, como la política o la literaria, consiguió mostrar a una mujer completa, con sus virtudes y defectos, a pesar de que la representara dividida. Eso es más de lo que se había hecho hasta entonces.


Notas

(1) Tras el fallecimiento de Lessing se supo que Clancy Sigal había contribuido a la escritura de El cuaderno dorado de forma más o menos involuntaria. Se sabía que un personaje de la novela, Saul Green, estaba basado en él; sin embargo, Lessing hizo algo más que crear un personaje a imagen y semejanza del que fuera su pareja durante aquellos años. En Literary Half-Lives: Doris Lessing, Clancy Sigal, and Roman à Clef, Roberta Rubenstein desveló que Lessing leía a escondidas el diario de Sigal y copiaba fragmentos enteros en su novela. El escritor la descubrió y fue modificando lo que escribía en su diario, a sabiendas de que ella podría utilizarlo. Lessing escribió también sobre su relación con Sigal en la obra de teatro Play with a Tiger (1962).

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