
Hice mi Erasmus en Irlanda en 1996, y la isla esmeralda de aquel año no se parecía mucho a la de hoy. La carretera que me llevó en autobús de Dublín a Cork era primitiva, de esas que serpentean porque en su día siguieron un camino de ovejas y nadie tuvo después ganas ni dinero para rectificarlas. No había internet para la plebe, por supuesto; ni móviles, ni el país se había convertido todavía en el tigre celta, esa criatura mitológica que tardó poco en domesticarse y que hoy languidece por diversos problemas sociales. Fui antes de todo aquello, buscando la música y fascinado por lo verde y por un libro, Los celtas, de Jean Markale. Me lo releí la semana pasada para preparar este artículo, y ahora calibro mejor las críticas académicas que le hicieron en su día. Algunas son atinadas. Otras, sin embargo, son pijoterías eruditas que destilan una envidia considerable hacia una obra que atrajo a miles de lectores a una cultura que la academia llevaba décadas esterilizando con notas pedantes. Markale escribía para que la gente leyera, lo cual, en ciertos círculos universitarios, es casi una falla moral, y no se lo perdonaron. También es que no era del gremio, y eso es casi peor.
Cuando aterricé en el University College Cork ya me había leído las sagas del país, incluido el Lebor Gabála Érenn, el Libro de las Invasiones, ese texto del siglo XI que narra la historia mítica de Irlanda desde el diluvio. También buena parte de la literatura canónica: Yeats, con esa melancolía eduardiana que lo convierte en el poeta del deseo insatisfecho por excelencia; Swift, cuya mala leche inteligente no ha envejecido ni un día; Heaney, que encontró en el barro y la turba del Ulster un lenguaje para decir cosas que el inglés convencional no podía decir; Stoker, cuyo Drácula es una novela irlandesa disfrazada de novela gótica inglesa, como ha señalado algún crítico con buen ojo; Joyce, cuya lectura completa de Ulises emprendí con la arrogancia de los veinte años y de la que salí, tres semanas después, convencido de haber entendido algo aunque no supiera exactamente qué; y Kavanagh, el gran ignorado fuera de Irlanda, que escribió sobre el campo irlandés con la precisión con la que trabaja un cirujano, sin sentimentalismos baratos y sin piedad.
Lo bueno de un país con la extensión de Castilla y León y solo tres millones y medio de habitantes es que resultaba culturalmente abarcable. No me había leído todo aquello con profundidad académica, sino con la velocidad y el apetito de quien se ve atraído por una sensibilidad sin saber por qué. Ese es, sé ahora, un método poco recomendable, aunque a la postre eficaz, porque te da una visión amplia sobre la que elegir en qué especializarte. Llegué a Cork con una imagen de Irlanda compuesta de mitología, prados, poesía y varios malentendidos pero, en retrospectiva, esa no es una mala manera de llegar a un sitio.
Lo que más me atraía entonces era la música tradicional. Los Dubliners, los Pogues, los Chieftains, Planxty, De Dannan, Relativity, Altan y tantos otros. Mis compañeros de residencia, irlandeses todos, escuchaban pop rock internacional y no comprendían mi adoración por una música que para ellos era, con toda la franqueza del mundo, la música de sus viejos. Me trataban con la misma condescendencia con que un urbanita de veinte años podía mirar en 1996 a un alemán que viniese a España a escuchar jotas o dulzainas. Para mí, sin embargo, aquello era lo más. La universidad tenía una fonoteca estupenda, y allí me pasaba horas copiando vinilos y grabaciones etnográficas en cintas de cromo, esas que prometían una calidad que nunca cumplían del todo pero que tenían el mérito de ser tener un precio razonable cuando no había otra cosa —hoy todo está en el ITMA—. En la tele, por la noche, echaban programas como The Pure Drop, que ninguno de mis compañeros veía; y Nicholas Carolan llevaba el Come West Along the Road, una serie que no te puedes perder si te va el rollo y que naturalmente ellos también ignoraban.
La música tradicional irlandesa es sencilla. Esa es su virtud, pero también su problema. La estructura melódica descansa en un número limitado de modos, los ritmos se repiten con la regularidad con que los frentes dejan la lluvia en la isla, y la ornamentación, los cortes y los rolls que hacen los flautistas y los uilleann pipers, añaden complejidad de superficie, pero no alteran una arquitectura que es la que es. Innumerables bandas comenzaron sacando discos que todavía merecen escucharse y derivaron después, con una velocidad que habla de las limitaciones del género, hacia el jazz, el pop, o cosas peores. Clannad es el ejemplo más conocido: de las grabaciones de los años setenta, cuando todavía eran una banda familiar de Donegal que cantaba en irlandés y en inglés sobre el paisaje atlántico, a Enya, la Nueva Era, la colaboración con Bono en el 85, y las bandas sonoras de series de televisión hay una gran distancia. Pentangle, aunque técnicamente británica y no irlandesa, siguió una trayectoria parecida, con la diferencia de que su punto de partida era ya una mezcla de folk, jazz y blues que hacía la caída menos estrepitosa.
El problema no es que estas bandas evolucionaran, sino que su evolución era obligada, porque el material no daba para mucho más sin repetirse. Mary Black está muy bien, y sus versiones de «Siúil a Rún» se pueden escuchar una y otra vez, pero no hay muchos ejemplos como ella. Quizá porque Mary Black hace algo a lo que no se presta la música tradicional, poner una voz con peso propio encima de una melodía que históricamente ha sido de todos y de nadie, anónima y colectiva. En su caso, el resultado no aprisiona al material sino que lo realza, pero eso no es lo habitual. La mayoría de los cantantes que intentan algo parecido caen en uno de dos errores: o respetan tanto la tradición que desaparecen dentro de ella, o se imponen tanto que la tradición desaparece dentro de ellos. Black encontró un equilibrio que parece sencillo y no lo es, porque la sencillez aparente suele ser el resultado de un trabajo que no se ve. Son pocos los que llegan ahí.
Las melodías tradicionales llevadas a la música clásica —como hizo Beethoven en sus arreglos de canciones populares irlandesas y escocesas, o como Thomas Moore en sus Irish Melodies, esa colección de poemas encajados sobre aires tradicionales que publicó entre 1808 y 1834 y que convirtió la música folk irlandesa en algo presentable para los salones europeos— demuestran que el material aguanta cierta elevación a lo culto. El problema es que ese salto lo deforma. Lo que en una taberna de Cork funciona porque es rugoso y colectivo y está tocado sin ambiciones —algo normal considerando el estado etílico de la parroquia— en una sala de conciertos se vuelve otra cosa, más pulida y más sujeta al análisis. La melodía sobrevive, pero el contexto que le daba sentido se queda fuera. La música está bien como anécdota, pero no para sostener una experiencia artística compleja. Hoy no sabríamos nada de Beethoven si esa hubiera sido su única línea de trabajo.
Sí, la música es simple. Y, sin embargo, la evocación de la Irlanda verde, de las sagas, del agua fría de la costa, de una forma de vida rural y tranquila que consistía básicamente en trabajar, ir al pub por la tarde y beber cerveza en compañía, da a esa música un carácter que no tiene un equivalente inmediato en Europa. No es la melancolía eslava, más oscura y más densa. No es la alegría mediterránea, extravertida y ruidosa. Es otra cosa, una especie de nostalgia funcional, por usar una expresión inventada pero que describe bien lo que siento cuando escucho una jig o una reel tocada como debe tocarse, que es deprisa y sin demasiadas contemplaciones. En Irlanda la nostalgia no paraliza. Al contrario, invita a la reflexión. Es buena para las matemáticas y la física. La lluvia, diaria, con un tiempo que, si no te gusta, espera un rato, que en pocas horas es diferente, también. Es el sitio ideal para disfrutar de los libros amarillos de Springer.
Una beca Erasmus en Irlanda —beca Orgasmus para los iniciados— servía para varias cosas a la vez. Lo obvio: mejorar el inglés —porque si puedes entender a los irlandeses rurales puedes entender cualquier cosa—, cursar asignaturas que en la universidad de origen no existían o existían mal y acumular créditos con una generosidad de tiempo que hoy me parece de otro planeta. Nunca volví a tener tanto tiempo libre como siendo estudiante del UCC. La experiencia Erasmus también servía para desmitificar. El primer día en la asignatura Political Geography fue glorioso, porque el profesor, al saber que era español, quiso enseguida ponerse a debatir conmigo sobre los paralelismos entre vascos e irlandeses. A mí me gusta discutir hasta debajo del agua, pero al profesor no le gustaba tanto como él pensaba. Pero la Erasmus también servía para aprender cosas que no estaban en ningún programa. Beber cerveza, por ejemplo, que no es tan sencillo como parece y que los irlandeses han elevado a una forma de sociabilidad que los españoles, con nuestro culto al botellín, a la tapa y a la sucesión de bares, llevamos de otra manera. En Irlanda se bebía despacio, en conversación o silencio continuos y sin la urgencia de quien tiene o quiere estar en otro sitio. El pub no es un lugar de paso sino un destino. Quizá porque en muchos sitios era el único sitio público abierto. Eso de decenas de bares en una única calle es una cosa muy española.
También aprendí a jugar al golf, lo cual, en 1996, para alguien de mi origen, era algo estrafalario. El golf era entonces en España un deporte de ricos o de gente que aspiraba a parecerlo, con toda la carga social que eso conlleva. En Irlanda, en cambio, era simplemente una actividad al aire libre practicada en campos que el clima atlántico mantenía en un verdor permanente y en compañía de personas que no llevaban ropa especialmente cara y que no esperaban de ti que la llevaras. Aprendí en un campo municipal, con palos prestados y una instrucción mínima, y descubrí que el golf es, antes que cualquier otra cosa, un ejercicio de humillación controlada, una ascesis. La bola no va donde quieres que vaya. El campo es más largo de lo que parece. El viento, en Irlanda, sopla siempre desde el Atlántico y con una opinión formada sobre qué hacer con los objetos de vuelan. Pero el golf es, sobre todo, una lucha contra ti mismo. Los oponentes son irrelevantes para el asunto principal del juego. Caminar cuatro horas por una extensión de hierba con vistas al mar, en febrero, con el frío justo y la luz oblicua de esa latitud, es una experiencia que no figura en el programa de una Erasmus pero que debería constar en algún sitio.
Irlanda en 1996 era un país pobre que no lo sabía del todo o que, sabiéndolo, había encontrado la manera de que eso no fuera lo más importante de su vida. La infraestructura era deficiente, los salarios bajos, la comida primitiva y la emigración estaba todavía presente en la biografía de casi todas las familias. Pero había algo que funcionaba con precisión, y era la cultura. No la cultura como adorno o como industria turística, sino como sustancia de la vida cotidiana. La música en el pub no era una actuación para turistas sino una reunión de personas que se conocían y que tocaban porque querían tocar juntas. Las conversaciones en el bar tenían una calidad literaria que yo atribuí durante semanas a mi desconocimiento del inglés coloquial y que después comprendí que era real: los irlandeses hablan bien porque la lengua les importa, porque tienen una tradición oral que no ha muerto del todo y porque, en ausencia de grandes riquezas materiales, las palabras han sido durante mucho tiempo lo más valioso que tenían.
Markale escribía de los celtas con un entusiasmo que la academia encontraba excesivo y poco fundamentado en los detalles, pero que a mí me sigue pareciendo delicioso. La erudición sin entusiasmo es una forma oculta de hostilidad hacia la materia de estudio. Las críticas que le hicieron, algunas legítimas en su señalamiento de errores factuales, ignoraban que Los celtas hizo por la divulgación de esa cultura lo que ninguna monografía académica había conseguido ni conseguiría después. La gente lo leyó. Fue a Irlanda. Aprendió. Peregrinó a la colina de Tara y bordeó los acantilados de Moher antes de que construyeran un parque temático. Paseó descalza por el basalto de la calzada de los gigantes y comió ostras en Galway. Yo, al menos, hice exactamente eso, y no me arrepiento de ninguno de los pasos de la secuencia.
El autobús de Dublín a Cork tardaba entonces unas cuatro horas por aquella carretera de pastores. Ahora hay autopista y se tarda menos. Eso es una mejora, aunque se pierda la magia. Sé que hace treinta años, en aquellas cuatro horas, mirando por la ventana la lluvia sobre los campos, con Los celtas, de Markale, y la isla en el lago de Innisfree, de Yeats, en la memoria, y con una lista de músicos que quería escuchar en la cabeza, empezó algo que no ha terminado del todo. He vuelto varias veces después a la isla, y la Irlanda de entonces ya no existe. Pero eso, en un país que lleva siglos convirtiendo la pérdida en literatura, es una oportunidad.







