
[Manuscrito encontrado entre la correspondencia de Randolph Henry Ash y Christabel LaMotte, guardada en la Universidad de Miskatonic]
Sucedió en aquel reino que un filósofo, más avispado que los demás, resolvió una mañana todos los problemas que habían atormentado a sus colegas durante generaciones. Quedaron estos libres de tareas, aunque beneficiados de la nómina de su príncipe, hombre de buen corazón que juzgaba cruel, y de mal tono, despedirlos. Los animó, sin embargo, a escoger otra ocupación, ahora que bastaba aplicar una sencilla fórmula para disolver controversias, dudas y cuestiones. No lo hacía porque le pesara mantenerlos, sino por darles quehacer y evitar que se querellasen entre sí, pues era sabio y no ignoraba que la ociosidad engendra todos los vicios.
Se entregaron entonces los filósofos a renombrar el mundo. Eligieron palabras que hasta aquel día empleaba cualquiera sin pensar, como quien toma el tenedor, pincha un trozo de carne y se lo lleva a la boca sin reparar en la curva del mango ni en los adornos del cubierto, y se pusieron a interrogarlas. Libres del peso de los asuntos del reino, que resolvían otros sabios de la corte, gozaban de un océano de tiempo y de ninguna obligación.
Una de las primeras palabras en que se fijaron fue «normal». Concluyeron que llamar normal a algo suponía declarar anormal a lo demás. La palabra se volvió incómoda, de modo que pronto la proscribieron en sus discursos. Hubo, pues, que reemplazarla allí donde antes servía. Al tratar de la inteligencia, por ejemplo —provincia que durante mucho tiempo les había pertenecido—, acuñaron el término «neurotípico» para nombrar lo que antes se decía una persona normal. Muchos objetaron. Sostenían que típico venía a ser lo mismo que normal, y que normal no nombraba sino aquello que seguía la curva de Gauss. Los filósofos no compartían esa idea, así que acudieron al príncipe, quien, por mantener la paz, pidió a los demás sabios que concedieran a sus colegas la merced de construir una lengua propia para hablar de sus cosas.
A casi todos les pareció bien. Había costado convencerlos de que su profesión era cosa del pasado, como la de los serenos, los aguadores o los escribanos de las ciudades, y aún quedaba quien se negaba a aceptar su nuevo lugar en el árbol de la ciencia, de manera que muchos juzgaron más provechoso dejarlos a su aire y no prestarles demasiada atención.
Sucedió entonces que la nueva lengua creció como crece la hiedra, que para sostener una hoja reclama otra, y otra más. Apenas hallaban un término limpio, descubrían en él la misma mancha que habían querido lavar. Si «neurotípico» suponía un agravio, también «atípico» señalaba con el dedo, y señalar con el dedo, arguyeron, era una descortesía. Reemplazaron la palabra. La que vino a reemplazarla pedía a su vez ser reemplazada antes del anochecer, y de esta forma encontraron una ocupación absorbente que nadie más tenía interés en practicar.
Para no limitar su conocimiento, los filósofos del reino dejaron de emplear los diccionarios impresos que usaba el pueblo y abrieron uno ilimitado, que se rehacía con cada amanecer. Ellos iban añadiendo objeciones, y el diccionario buscaba términos que reemplazar, inventando palabras nuevas durante el día y recomponiendo toda la literatura del reino durante la noche. El libro pesaba al principio como un misal; al cabo de la primavera, como un arca; más tarde hubo que arrastrarlo con mulas, y pronto con yuntas de bueyes, pues ningún tiro lograba moverlo tras un año de trabajo. Con tal crecimiento del vocabulario era difícil mantenerse al día. Los filósofos hablaban ya cada uno una variante distinta de la lengua de la víspera, así que al cruzarse por los pasillos se saludaban con reverencias mudas, por temor a ofender al otro por emplear un concepto caduco. Y cada año que pasaba crecía el diccionario en las estancias del ala norte del palacio, y pronto se hizo tan magnífico que ni todos los animales del reino podrían haberlo sacado de allí.
Llegó el día inevitable en que la palabra «filósofo» cayó bajo su propia sospecha, pues nombrarse sabios o amantes de la sabiduría equivalía a tachar de necios, odiadores o, peor aún, indiferentes a todos los demás. Se rebautizaron, pues, con un término que cuidaron de no fijar, y a la mañana siguiente ninguno recordaba cómo llamarse, ni cómo llamar al de al lado, ni a la cosa que sostenían entre las manos.
Pero aún disponían de mucho tiempo y, habiendo olvidado su función, consideraron que esta tenía que ser trasladar al pueblo aquel enorme libro que tenían delante, una obra que nadie sabía cómo empezó, que ya no podía sacarse de sus estancias y que (esto no lo confesaban) habían dejado de entender, pero que era obvio que había de tener un valor acorde con su enorme volumen. Se dieron, pues, a divulgar aquella creación con el beneplácito del príncipe, que no veía nada malo en ello, y las gentes, que habían llamado pan al pan y normal a la mañana en que no llovía, empezaron a dudar antes de nombrar la carne que pinchaban con el tenedor, no fuera que el vecino se sintiese herido. Quien saludaba con una palabra al alba veía proscrito su «buenos días» al mediodía, y de la duda de cómo expresarse según el libro de los filósofos nacía el recelo, y del recelo, la reyerta. Reñían los hermanos por el nombre del pan, los esposos por el de la lluvia, y los niños aprendían a callar antes que a hablar.
El príncipe contempló la ciudad desde el balcón y no halló consuelo a su irresponsabilidad. Había conseguido construir un reino sin hambre, sin pleitos de lindes y sin guerras, pues el filósofo avispado los había resuelto todos con su fórmula, y veía ahora brotar, en el único campo que había descuidado, una cosecha de querellas que nadie había sembrado, disputas sin cosa que disputar, y agravios por palabras donde antes hubo concordia. Comprendió, tarde, que a quien le sobran las soluciones acaba por faltarle el problema, y que el hombre, si no tiene mal que remediar, se lo inventa.






Alegráos, que de vosotros, los mudos, tartamudos o desnudos de palabras para oponer al mundo será el reino de los cielos, vedado a los fariseos que no confunden superficie con calvicie, el hambre de los pueblos con la raigambre de los nobles, el hombre con el nombre, el palo con el malo, el curro con el turro. Muy bueno, Don Tapiador, uno que tapia con barro y paciencia lo normal del mundo. Para releer cuando el tedio es el medio para inventarme palabras. Muchísimas gracias.
Un espléndido ejemplo de «castellano áureo». Muy bien escrito e inteligente. Enhorabuena y gracias.
Abogaaaado, abogaaado (el que tengo ahí….)
Francamente bueno. Gracias.
Interesante aportación. Me ha gustado. Recuerda a Calvino, sí.
A mí nada. ¿Calvino moralista? Ni en sueños.
El texto no es moralista, sino moral (en el sentido amplio de reflexión sobre valores). A mí el estilo me recuerda al Calvino de la trilogía Nuestros antepasados, y en concreto a su primera obra, el «El vizconde demediado»
Puede que en una interpretación poco profunda y complaciente con el autor. Pero yo lo veo moralista, reaccionario y dogmático. Reaccionario por entender el lenguaje como un reflejo de la realidad (cuando realmente defiende un punto de vista, un relato privilegiado, un príncipe nada menos) y no como un campo de batalla político donde se visibilizan los conflictos soterrados. Lo de que los problemas se inventan suena demasiado a alguien acostumbrado a imponer su punto de vista y darlo por hecho. La visión de la fórmula única para resolver la complejidad de los problemas sociales, el cientificismo, es bastante doctrinal, y por tanto moralista. Burlón eso sí.
Demuestras la tesis del autor: la creación de un problema donde no lo hay por el uso incorrecto de palabras como moralista, reaccionario y dogmático, a las que das significado según te conviene. Sólo para calzar tu discurso: que si los privilegiados, blablabla.
Nada más conservador que el discurso monjil de las que vais dando certificados de moralidad. Sois más reaccionarias que mis abuelas.
Creyendo que demuestra la tesis del autor expones su debilidad. Y ésta es que no admite otro criterio, otra interpretación, que el relato, (como el autor cree que es lenguaje), es unívoco, que no permite negociación y contexto, remitiendo a un lenguaje sagrado, un lenguaje perfecto, un lenguaje fijo.
Nada más alejado de la realidad en mi opinión.
No entiendes nada. El lenguaje lo cambia la gente con el uso corriente. Los diccionarios evolucionan así. El relato sugiere que lo nocivo es el cambio unívoco por parte de una casta sacerdotal ociosa que no tiene otra cosa que hacer más que cobrar del estado, y que se arroga el derecho de definir el mundo a su antojo, de espaldas al pueblo. Ese el es germen de los conflictos artificiales.
Aah claro. Así que una casta sacerdotal (¿Los filósofos ?)a costa del estado que cambia el diccionario, o el lenguaje, (¡vaya superpoder que tienen los filósofos!) de manera unívoca. Y éso se da ¿en?… A ver qué piense, ¿la cabeza del autor? …
Hablando de crear problemas por estar ocioso, que genial es Tapiador, que se refería así mismo y se está autoparodiando. Mi más enhorabuena entonces.
A Italo o a Juan?
Tamara tiene razón es que más ‘casta sacerdotal’ que Tapiador no se puede. Es la pura definición del concepto. Por lo demás, a Tamara se le ve el plumero.