
He vuelto a nadar. Cuando se practica por puro placer, es de lo más civilizado que puede hacerse. Una piscina es igual en cualquier país y se rige por idénticas normas fáciles de cumplir. Los buenos nadadores se ceden el puesto en la calle con solo un gesto y, cuando avanzan hacia la otra orilla, apenas levantan agua o hacen ruido. Los estilos crol, braza, espalda y mariposa no son interpretables. Al extranjero le cuesta orientarse en la nueva ciudad o pedir un café con leche, pero puede nadar todo lo que quiera sin preguntar o ser preguntado. Quizás es la práctica desnudez, una indefensión que propicia la comunión entre nadadores. Es una educación que se pierde cuando uno vuelve a enfundarse el uniforme civil en el vestuario.
En una piscina hay casi siempre un equilibrio perfecto de todas las edades del hombre. Estuvimos en el recién nacido que llora y seremos, con suerte, el anciano que descansa en la orilla. Es muy conocida la entrada de Franz Kafka en su diario del 2 de agosto de 1914: «Alemania ha declarado la guerra a Rusia. Tarde, escuela de natación», pero lo es menos esta de 1911: «Todo el tiempo que ha pasado, y en el cual no he escrito ni una sola palabra, ha sido para mí tan importante porque, en las escuelas de natación de Praga, Königsaal y Czernoschitz, he dejado de avergonzarme de mi cuerpo». Nadar es una escuela de vida sin igual.
El cuerpo de un nadador dedicado es el más bello que existe, el más cercano al canon antiguo. El músculo torneado por la fricción del agua, elástico y alargado, nunca de un volumen excesivo. La espalda se ensancha y arquea, las piernas se afinan y el pecho queda llano y robusto. Hay un chico en mi piscina que es, hasta en la media melena, la viva encarnación de Johnny Weissmüller, el nadador rey de los monos, aunque en el agua se mueve como una anguila.
La primera imagen conocida de un nadador está en mitad del desierto, en el Sáhara Oriental, entre Libia y Egipto. Las pinturas rupestres de la Cueva de los Nadadores fueron descubiertas en 1933 por el conde húngaro László Almásy, aunque es sabido que los beduinos hacían altos en sus caravanas para observarlas. Aviador, nazi íntimo de Rommel, cazador de oasis perdidos y tanques ingleses, Almásy —el personaje de Ralph Fiennes en El paciente inglés— dejó escrito:
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Nado con alguna que otra interrupción desde los 4 años, deje de nadar a los 14 por malas notas, lo volví a retomar a los 18 ya no asistí a ninguna clase de perfeccionamiento…iba por libre, 1500m todos los días y si no iba a nadar me sentía enfermo, en la piscina dándome una paliza era el único sitio en el que estaba bien…claro si nadaba solo. Cuando cumplí 33 tuve que parar para operarme el hombro, llevaba 7 años lesionado (slap II) 7 meses de rehabilitación, acto seguido fui
padre y me detectaron una putada del sistema nervioso…entre pitos y flautas engordé 11 kilos…echo de menos la piscina…quiero volver, pero ahora me cuesta horrores.
Desde mi punto de vista es un deporte de francotiradores, tu solo, tu rival eres tú, un amigo me dijo un día que las calles de la piscina eran peor que una autopista llena de marrulleros, era alucinante la de gente que se pica…eso sin contar que vas nadando a un ritmo salvaje tu solo y de repente se tira alguien más lento en la calle rápida en la que tú estás y encima no se aparta. En todo ese tiempo solo he dado con tres nadadores que fuéramos al mismo ritmo si entorpecernos, y yo también un día me piqué con un hombre llamémosle fuertecito y nos dimos una paliza salvaje…no le pude ganar, por qué en la piscina da igual el cuerpo que tengas, lo he comprobado, el estilo y la disciplina mandan. Lo echo de menos.
Muchísimas gracias al autor por hacernos recordar de este deporte en forma poética y su parecido con el vuelo. Ha sido un inesperado y «refrescante» descubrimiento.
De mis memorias del subsuelo, el vuelo etéreo y líquido
en apnea poco se diferencia de aquel con falta de sustento
por los aires, con los ojos semi abiertos a una meta que no es,
porque, digamos la verdad: quién quiere llegar cuando uno
vuela o nada con plumas o en cuero confiando solo en las
extremidades; libres en la asfixia aéreo dinámica como en la placenta
de nuestras madres equipados ya para crear derroteros, virajes
y cabeceos, escapando, en uno de los abismos que horrorizan
y en el otro de la pesantez que exudan las cosas materiales.
Deslizarse por el agua suavemente, con movimientos fluidos y mil veces repetidos. La respiración lo es todo, va marcando el ritmo y el pensamiento. Divagar entre la lista de la compra y los escritos de Byung Chul Han mientras sobrevolamos bancos de doradas y praderas de posidonia oceánica…nada más que nadar, nada