Hebras y nodos

Nadie empieza a caminar en el primer kilómetro. Crónica de una mexicana en el Camino Portugués (III). Lo que camina con nosotras

Encoro do rio Umia Umia. A Baxe Santo Andre de Cesar Caldas de Reis scaled
Embalse del río Umia. A Baxe, Santo André de Cesar, Caldas de Reis. Foto: Noel Feáns CC BY 2.0

Viene de la segunda parte

Pontevedra–Caldas de Reis: las bienaventuranzas de lo que permanece

La etapa de Pontevedra a Caldas de Reis empezó antes de salir.

La habíamos encontrado en la capilla de San Cayetano: una hoja enmarcada, discreta, escrita en inglés, titulada The Pilgrim Beatitudes. Las bienaventuranzas del peregrino. Un texto protegido por un marco, colocado en una capilla pequeña. Hay palabras que esperan el cansancio adecuado para volverse legibles.

Decían, en esencia, que es bendecido el peregrino cuando aprende a mirar lo que no se ve, cuando llega con otros, cuando retrocede para ayudar y cuando no descuida la imagen de su propio corazón.

Leímos esas frases sin saber todavía que el día iba a obedecerlas.

La ruta de Pontevedra a Caldas suele hacerse en una sola jornada. Nosotras volvimos a dividirla: primero hasta Barro, después hasta Caldas de Reis. Veníamos de comprobar, entre Redondela y Pontevedra, que caminar más despacio no reducía la experiencia; la ampliaba. Partir una etapa no le restaba intensidad. Le daba espacio.

Durante dos mañanas despertamos antes del día.

A las seis, empezábamos a incorporarnos. A las siete, ya estábamos listas para salir. Galicia apenas abría los ojos: una claridad azulada, frío suave, humedad suspendida sobre las plantas, primeros sonidos del campo. Las golondrinas cortaban el aire con una precisión alegre, como si hubieran sido las primeras en recibir la noticia de la mañana.

Volaban sobre nosotras sin solemnidad. Iban y venían con esa ligereza de las criaturas que conocen el regreso. No hacía falta convertirlas en símbolo. Bastaba verlas atravesar el amanecer para sentir que algo se abría con ellas.

Esperábamos lluvia. No llegó.

Los dos días fueron luminosos, frescos, limpios. Habíamos preparado impermeables y capas; la mañana nos dio otra cosa: un cielo claro, luz baja, campos, agua, muros, flores silvestres.

En esta etapa aparecieron las vides.

A diferencia del bosque, que envuelve, las vides sorprenden. Trazan líneas sobre la tierra. Hablan de poda, estación, espera, paciencia. Caminar junto a ellas era entrar en una forma más lenta del tiempo: la de lo que crece sin prisa, la de lo que necesita cuidado antes de convertirse en fruto.

Luego aparecieron las flores amarillas.

Las tomamos del borde de la ruta con cuidado, casi pidiendo permiso. Eran pequeñas, sencillas, luminosas. Ese día era Día de las Madres en México y en varios países de Latinoamérica, y la coincidencia entró en la caminata sin pedir lugar. Estábamos lejos de casa, pero México apareció en la memoria de nuestras madres: las mujeres que dieron vida, cuidaron, sostuvieron, enseñaron a caminar antes de que pudiéramos nombrar el mundo.

Las flores fueron también para el cielo. Para la mamá de Ángela.

Las colocamos sobre un mojón: un pequeño ramo amarillo junto a la concha y la flecha. Abajo, la distancia hacia Santiago. Arriba, una dirección que no se mide. El gesto fue mínimo. Precisamente por eso tuvo fuerza. Bastaba dejar las flores allí, en el lugar donde la señal apunta hacia adelante, para que la memoria también tuviera una ruta.

Hay ofrendas que no buscan solemnidad. Solo dicen: te recuerdo, te llevo, gracias.

Desde entonces, el día tomó una textura maternal en sentido amplio: cuidar la vida que camina al lado, preguntar si la otra va bien, esperar, compartir agua, respetar el ritmo, callar cuando el silencio protege más que una explicación. Acompañar un duelo sin ocuparlo. Abrir espacio para que una madre ausente tenga también su lugar en la jornada.

Más adelante, a unos tres kilómetros de Caldas de Reis, conocimos a Jessica y Eduardo.

Celebraban su primer año de casados haciendo el Camino. Pudieron elegir una playa, un hotel, un viaje cómodo, incluso México. Eligieron caminar. Ella, peruana, vive en España desde el año 2000 y hablaba de su país con un amor que no se había debilitado por la distancia. Él, español, se enamoró de ella y también de Perú. Después de casarse pasaron casi seis meses allá, recorriéndolo, aprendiendo su belleza de cerca.

Había en ellos una alegría limpia. No ruidosa. Una ternura de pareja que no necesitaba exhibirse. Caminar como aniversario decía algo sin necesidad de explicarlo demasiado: quiero avanzar contigo incluso cuando haya cansancio; quiero ajustar mi paso al tuyo; quiero que el festejo también atraviese esfuerzo.

Allí mismo apareció Francisco.

Un gallego maravilloso que está creando un hostal para peregrinos a tres kilómetros de Caldas. La fuerza del proyecto estaba en su manera de imaginarlo. Francisco quiere recibir peregrinos para escuchar sus historias, preguntarles de dónde vienen, contarles qué les falta, orientarles el tramo, explicarles lo que sigue. En un tiempo obsesionado con automatizarlo todo, él defendía una hospitalidad antigua: mirar al caminante y conversar.

Cuando nos íbamos, preguntó:
—¿Y para dónde va esa foto?

Le respondí
—Para México.

Entonces dijo, con una alegría inmediata:
—Tengo muchos amigos en México. ¡Viva México!

Fue una chispa. Dicho por un gallego, a tres kilómetros de Caldas, en medio de la ruta, ese “¡Viva México!” tuvo la gracia de las cosas inesperadas. Otra confirmación de que la geografía del peregrinaje es más amplia que sus mapas: en ella caben Perú, España, México, Galicia, Colombia, Filipinas, Denver, Ciudad de México, todos los acentos que se encuentran unos minutos y después siguen.

Luego, dentro del bosque, apareció otro personaje.

Un hombre que alguna vez fue peregrino, llegó y se quedó. Ahora pone sellos. Lo acompaña Rita, una perrita diminuta, de cinco años, que no pesa más de kilo y medio. Estaba en su regazo, pequeña, tranquila, casi frágil, con esa mirada amorosa de los animales que no necesitan hacer nada para acompañar.

El sello llegaba después de su saludo.

Los sellos prueban el paso. Algunos, además, guardan una escena. Ese sello del bosque venía de un hombre que había elegido quedarse y de una perrita llamada Rita, cuya presencia volvía más íntimo el sendero.

Pensé en Tesla, la cachorrita Cocker Spaniel que me espera en México.

Pensé en la ternura que los animales traen a los lugares. Rita hacía que el bosque se sintiera menos anónimo. Hay criaturas pequeñas que modifican la escala de un momento. Lo vuelven más humano. Más doméstico. Más cerca de casa.

Así llegamos a Caldas de Reis, justas y puntuales para la misa del peregrino. Esa misa fue en honor a la mamá de Ángela.

Entonces las imágenes del día se reunieron: las bienaventuranzas en San Cayetano, las golondrinas al amanecer, las flores amarillas, el Día de las Madres en México, Jessica y Eduardo celebrando a pie, Francisco y su hospitalidad, Rita en el bosque. Todo llegaba a una iglesia, a una madre recordada, a una hija presente, a una amiga acompañando.

Después de caminar, entrar a una iglesia cambia el peso de las cosas.

Se entra con los pies llenos de jornada, la respiración todavía reciente, la mochila marcada por sellos, las imágenes del día encendidas por dentro. La misa del peregrino funciona como una pausa colectiva. Personas de distintos lugares, con historias distintas, bajo un mismo techo, deteniendo por un momento la dirección de sus pasos.

Lo más hermoso fue ver a los niños dentro de la iglesia. Quietos. Amorosos. Atentos.

Venir de caminar y encontrarlos ahí —la vida al principio, mirando con una calma que conmovía— cerró la jornada sin necesidad de explicación.

La tarde transcurrió después en una casa gallega preciosa.

Tranquila, de muros antiguos, con esa belleza que no necesita ser nueva para sentirse viva. En el centro del jardín había una lavandería romana, una presencia doméstica y comunitaria. El agua volvía otra vez, esta vez como memoria de uso: lavar, cuidar, reunir, sostener la vida cotidiana. Durante siglos, muchas vidas se organizaron alrededor del agua, del trabajo compartido, de los gestos repetidos que mantienen una casa y un pueblo.

Nos preparamos para descansar.

La casa tenía algo de refugio y de paz. Después de tantos kilómetros, de tantos rostros y señales, el descanso formó parte del sentido de la etapa. La caminata no terminaba al detener los pies; terminaba cuando aceptábamos ser recibidas.

Ese día las bienaventuranzas dejaron de ser un texto enmarcado.

Caldas de Reis–Padrón: el cuerpo también reza

La etapa de Caldas de Reis a Padrón empezó con lluvia.

Una lluvia fina, constante, gallega. De esas que no detienen el paso, pero modifican la manera de caminar. El bosque amaneció mojado. Las hojas brillaban. La tierra cedía ligeramente bajo los pies. Las piedras pedían atención. Había que mirar mejor dónde apoyar el bastón, dónde pisar, cuándo reducir el paso, cuándo dejar que el ritmo encontrara su equilibrio.

Hasta ese momento, fue la etapa más exigente para nosotras.

Por la distancia. Por la humedad. Por las subidas. Por la acumulación de días. Por esa forma en que, después de haber regalado belleza, la ruta empieza también a pedir precisión.

La etapa nos puso frente a lo físico.

Durante años es posible mirarnos desde afuera: medir, corregir, exigir, comparar con una versión anterior o imaginada. Se pide pesar menos, cansarse menos, envejecer menos, responder siempre, no interrumpir los planes. La piel, las piernas, la espalda y la respiración terminan convertidas en pendiente.

En una jornada bajo la lluvia, esa distancia se vuelve inútil.

La lluvia cae sobre la piel. La subida negocia con la respiración. La mochila conversa con la espalda. Los pies leen el barro antes de que la mente tenga tiempo de analizarlo. El cansancio deja de ser una abstracción y se vuelve información precisa: baja el ritmo, bebe agua, apoya mejor el bastón, sigue.

Ese día lo físico dejó de ser un tema abstracto. Todo estaba ocurriendo ahí.

Piernas, pulmones, manos, espalda, corazón, piel. Todo trabajando sin espectáculo. Nadie llega a Padrón por encima de sí mismo. Se llega con lo que somos, con lo que alcanza, con lo que pide pausa y vuelve a avanzar.

Sentirme fuerte fue una belleza inesperada.

Fuerte como presente. Fuerte como capaz de adaptarse a la lluvia, a la altura, al suelo cambiante, al cansancio acumulado. Fuerte como algo vivo que pide pausa y vuelve a avanzar. Fuerte como un organismo que no necesita perfección para ser digno.

La fuerza, en esos kilómetros, rara vez se parecía a la épica.

Era una respiración que se acomoda. Un paso más corto en una subida. Una capa ajustada bajo la lluvia. Un sorbo de agua. Un bastón que encuentra tierra firme. Una risa breve cuando el bosque se vuelve más húmedo de lo previsto. Un “vamos bien” dicho casi en voz baja.

En algún punto de la subida entendí que también se reza así.

Sin palabras. Con obediencias pequeñas: respirar, regularse, pedir pausa, volver a apoyar el pie, aceptar el ritmo, descansar sin culpa, seguir sin violencia.

En medio de esa exigencia aparecieron las frutas.

Campos de duraznos, limones enormes, árboles cargados, flores intensas, rosas rojas abiertas con una belleza casi excesiva. Después de la lluvia, los colores tenían más densidad. La tierra no ofrecía una postal; ofrecía abundancia. Había algo profundamente maternal en esa mezcla de agua, fruto, flor y vida. Galicia parecía recordar que la vida también se sostiene madurando en silencio.

Y entonces apareció un nopal.

Enorme, inesperado, creciendo entre árboles de limón.

La escena tuvo algo de aparición íntima. Un nopal en Galicia, en medio de limoneros, era una forma silenciosa de México dentro del paisaje. Verde, firme, reconocible. Una planta de casa en una tierra ajena. Un cuerpo vegetal acostumbrado a otra luz, sobreviviendo en otra humedad.

Me detuve a mirarlo con una alegría difícil de explicar.

México volvió a entrar sin pedir permiso. Hay símbolos que llegan mejor cuando nadie los busca. El nopal entre limoneros decía algo sobre pertenecer en más de un lugar, sobre adaptarse sin perder la forma, sobre raíces que viajan de maneras extrañas. En una etapa dedicada a reconciliarnos con lo físico, ese nopal también parecía un organismo: distinto al entorno, pero vivo. Firme. Capaz de estar allí.

Más adelante llegó el sello dedicado a Tesla.

Ese gesto trajo a la ruta una parte de mi hogar. Tesla no estaba físicamente allí, pero su nombre quedó marcado como una pequeña forma de compañía. Pensé en su alegría, en su manera de esperar, en ese amor cotidiano que no necesita lenguaje para sostener los días. Los animales tienen una forma de pertenecer que ordena la casa: hacen del regreso una promesa concreta.

El sello de Tesla trajo algo más que su nombre.

Trajo la vida que había quedado del otro lado: sus rutinas, su ternura, su manera de esperarme. Y junto a ella, la presencia silenciosa de Gilmar, mi compañero de vida, que no caminaba físicamente esta ruta, pero formaba parte de todo lo que me sostenía. Hay amores que no necesitan aparecer en la escena para sostenerla. El hogar no siempre camina a nuestro lado; también vive dentro de aquello que nos permite seguir.

Ese día entendí que un peregrino nunca camina solo con lo que carga en la mochila. También camina con lo que la espera.

La lluvia siguió entrando y saliendo del bosque. El suelo pedía atención. La jornada se alargaba. Ya no parecía necesario vencer nada. Había una alianza en movimiento. La caminata devuelve a la piel, a las piernas y a la respiración una función más antigua: sostener, sentir, avisar, avanzar.

También guarda archivos que no siempre sabemos leer: noches mal dormidas, años de exigencia, duelos alojados en la espalda, mandatos que tensan la mandíbula, cansancios que llegan de más lejos que la etapa de ese día.

Caminar durante horas vuelve visible esa conversación con nuestro cuerpo. Cada paso obliga a elegir: pelear o seguir en alianza.

Ese día elegí la alianza.

Sin idealizarlo. Sin pedirle heroicidad. Sin exigirle una versión perfecta de fuerza. Lo escuché en la respiración, en las pausas, en el ritmo, en la gratitud de sentirlo capaz. Tal vez caminar también sea una forma de pedir perdón: por haberlo mirado con dureza, por haberlo reducido a apariencia, por haberlo convertido en problema cuando durante tanto tiempo había sido sostén.

Al acercarnos a Padrón, el paisaje cambió de tono.

La tradición jacobea empezaba a sentirse más cerca. También la memoria literaria, y las calles que anuncian la proximidad de Santiago. Pero antes de entrar del todo en esa historia, llegamos a un pazo maravilloso, elegante y sutil. Después de la lluvia, del bosque y de la exigencia, aquel lugar apareció como una forma de descanso casi silenciosa.

El pazo recogió el esfuerzo.

Entrar allí fue dejar que el cuerpo entendiera lo que acababa de hacer. Quitarse las capas húmedas. Bajar la mochila. Sentir el peso desaparecer de los hombros. Mirar alrededor con esa mezcla de gratitud y asombro que llega después de una jornada difícil. El descanso, en el peregrinaje completa el esfuerzo. Sin descanso, el esfuerzo se vuelve castigo. Con descanso, se vuelve experiencia.

Esa noche no hizo falta una idea elevada. Hicieron falta cama, calor, alimento y silencio.

La etapa de Caldas de Reis a Padrón no importó solo por la distancia ni por la lluvia. Importó porque modificó la mirada. La carga no estaba en el cuerpo, sino en la forma en que lo había mirado. Él, en cambio, seguía ahí: paciente, vivo, imperfecto, fuerte, dispuesto.

Esa noche quedaron la lluvia, los duraznos, las rosas, los limones, un nopal inesperado, el sello de Tesla, la memoria del hogar y la mochila en el suelo.

La oración no tuvo forma de palabra. Tuvo forma de ropa secándose y silencio.

Padrón–Faramello: la víspera tiene nombre de mujer

En Padrón, antes de seguir hacia Faramello, apareció Rosalía.

No apareció como estatua solemne ni como cita obligatoria para ennoblecer el viaje. Apareció como aparecen ciertos nombres en los pueblos: mezclados con las placas, con las calles, con la memoria local, con esa manera en que una autora deja de pertenecer solo a los libros y empieza a formar parte del clima de un lugar.

Rosalía de Castro nació cerca de Santiago, vivió parte de su vida en Padrón y escribió una de las despedidas más conocidas de Galicia: “Adiós, ríos; adiós, fontes; adiós, regatos pequenos”.

La frase parece sencilla. Tal vez por eso sigue doliendo. No habla de la patria en grande. Se despide de lo pequeño: ríos, fuentes, arroyos. Lo que una tierra tiene de íntimo antes de convertirse en paisaje, bandera o argumento.

Después de Vigo y su puerto de despedidas, Rosalía continuaba la misma conversación por otro cauce. Galicia no solo había enviado cuerpos hacia América. También había escrito la ausencia. La había cantado. La había puesto en boca de una mujer capaz de convertir la pérdida de una tierra en música, queja y dignidad.

Salimos de Padrón con la sensación de estar ya muy cerca.

La etapa completa hacia Santiago suele anunciarse como la última gran jornada: cerca de veinticuatro kilómetros hasta Compostela. Nosotras decidimos partirla nuevamente. Haríamos una parada en Faramello para entrar al día siguiente por la mañana. La decisión fue práctica: llegar menos agotadas, cuidar el cuerpo, no convertir la última llegada en un ejercicio de resistencia. También había una verdad menos presentable: no queríamos que terminara tan rápido.

En los últimos días, todo parecía tener doble lectura. Cada flecha acercaba y recortaba. Cada pueblo podía ser el penúltimo. Cada pausa tenía algo de demora deliberada.

Padrón quedó atrás con su carga jacobea y literaria: el Pedrón vinculado por la tradición a la barca que habría trasladado los restos del Apóstol Santiago, Iria Flavia,

Rosalía, los pimientos, el río, esa mezcla de leyenda y vida ordinaria que tienen algunos lugares gallegos. Veníamos caminando despacio desde hacía días. El dato ya no bastaba.

Rosalía tampoco era solo una referencia cultural. Era una mujer escribiendo desde una lengua, desde una tierra, desde una herida colectiva y doméstica a la vez. En su obra, Galicia aparece como lo que se deja, lo que se extraña, lo que sigue sosteniendo incluso después de partir. Para nosotras, aquella despedida no sonaba lejana.

La tierra también se lleva en la lengua.

La ruta avanzó después por caminos rurales, tramos de carretera, pequeñas aldeas, señales amarillas, muros bajos, huertos, ropa tendida, nubes que se abrían y cerraban, peregrinos que ya caminaban con la conciencia rara de estar cerca del final. Los últimos kilómetros tienen otra temperatura. No siempre son más bellos. A veces son más nerviosos. Hay más gente alrededor. Se empieza a contar sin querer: cuánto falta, cuánto queda, cuánto se acaba.

Ese día, sin planearlo demasiado, empezamos a ver mujeres.

Mujeres caminando. Mujeres en imágenes religiosas. Mujeres talladas. Mujeres detrás de ventanas. Mujeres en el recuerdo. Mujeres en la lengua de Rosalía. Mujeres en las madres de los días anteriores. Mujeres en Ángela. Mujeres en mí también.

En una ventana apareció una niña peregrina.

Era una muñeca vestida con símbolos del Camino: camiseta azul, concha, gorra, calcetas, pequeños detalles de ruta. Podría haber sido un adorno más, uno de esos objetos que el peregrino fotografía sin saber muy bien por qué. Pero algo en ella me detuvo. Tal vez era el cristal. Tal vez la escala. Tal vez la víspera de Santiago, que vuelve más sensibles las cosas pequeñas.

La niña no decía nada. Miraba desde detrás de la ventana.

Pensé en las niñas que fuimos. En esa parte de nosotras que empezó a caminar mucho antes de saberlo. En la que confiaba más rápido. En la que todavía podía sorprenderse con una flor, una muñeca, un pájaro, una piedra mojada. También pensé en lo que esas niñas no sabían: los duelos, las despedidas, las mudanzas, los cuerpos que cambiarían, los miedos, las obligaciones, los viajes que vendrían después.

Caminar hacia Santiago, ese día, tuvo algo de volver a pasar frente a ellas sin poder explicarles demasiado.

Más adelante vimos una mujer de piedra sentada, con botas, mochila y gesto de reposo.

No parecía una santa. Tampoco una heroína. Era una caminante detenida. Eso bastaba. Después de tantos días de lluvia, subidas, fuerza, cansancio y escucha del ritmo, aquella figura tenía una dignidad muy concreta: una mujer que se sienta porque ha caminado.

No pedía admiración. Solo se detuvo.

Importó por eso. Hay muchas imágenes de mujeres sosteniendo algo: hijos, casas, dolores, rezos, platos, ausencias, familias. Ver a una mujer representada en el acto de descansar tenía una fuerza sencilla. El reposo también forma parte de la vida. También de una historia femenina que muchas veces se ha contado desde la entrega y pocas desde el derecho a detenerse.

Al día siguiente llegaríamos a Santiago en la festividad de la Virgen de Fátima.

La coincidencia entró en mis reflexiones con discreción. Fátima, para muchas personas, es fe, aparición, madre protectora, misterio. Para nosotras era también una fecha, víspera, llegada. Veníamos de una misa dedicada a la mamá de Ángela, de flores amarillas dejadas sobre un mojón, de varios días llenos de nombres propios. No hacía falta explicar la Virgen. Bastaba saber que llegaríamos bajo una fecha asociada, para millones de personas, a una madre.

La víspera se llenó de correspondencias. Algunas podían ser casualidad. Otras quizá importaban porque estábamos atentas. Caminar durante días afina la mirada hasta que una muñeca detrás de un cristal, una cita de Rosalía o una mujer de piedra descansando parecen participar de una misma conversación.

Ángela caminaba conmigo.

Esa era la escena más importante, aunque no siempre fuera la más visible. Dos mujeres caminando hacia Santiago. Una llevaba una historia de amor y duelo que no me correspondía contar entera. La otra intentaba acompañar sin invadir. Las dos ya habíamos aprendido algo de la lluvia, de las subidas, de las mesas, de las casas rurales, de la emoción. Las dos más cerca del final de lo que queríamos admitir.

La amistad, en ciertos momentos, consiste en caminar al lado de una historia que no es tuya y tratarla con cuidado. Eso hicimos.

Faramello apareció como una pausa antes del final.

Faramello no era Santiago ni un punto intermedio cualquiera. Se llega allí para no llegar todavía. Una noche más. Una cama más. Una cena sencilla. La mochila en el suelo. La ropa revisada para el día siguiente. El pasaporte peregrino casi lleno. El cálculo de la hora. El deseo de salir temprano. La emoción contenida porque nombrarla demasiado podía volverla inmanejable.

Esa noche no hubo necesidad de convertir todo en significado.

Había cansancio. Había expectativa. Había una especie de silencio entre nosotras, de esos que no incomodan porque cada uno está acomodando algo por dentro. Faltaba poco. Demasiado poco. Doce kilómetros, quizá, y una ciudad que durante días había sido palabra futura empezaba a volverse una cita concreta.

Antes de dormir pensé en Rosalía otra vez.

“Adiós, ríos; adiós, fontes…”

La víspera de Santiago no tuvo una gran escena final. Tuvo una niña detrás de una ventana, una mujer de piedra sentada, una escritora gallega diciendo adiós a los ríos, una amiga caminando a mi lado y la ropa preparada para la mañana siguiente.

Eso alcanzaba.

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