Arte y Letras Historia

Cartografiar el deseo

La casa Winchester, una cartografía del miedo. (DP)
La casa Winchester, una cartografía del miedo. (DP)

Una línea recta invisible conecta la selva del Amazonas del siglo XVI con la mansión tardorromántica de Sarah Winchester en San José, California. Ambas son geografías creadas por el miedo. La viuda del rifle ordenaba construir escaleras que terminaban en el techo y puertas que se abrían al vacío, convencida de que, mientras los martillos no dejaran de sonar, los fantasmas de los muertos por las armas de su familia no podrían atraparla. La arquitectura como huida hacia adelante.

De la misma forma, hombres como Orellana o Aguirre no buscaban oro, eso es lo que decían a los escribanos. En realidad, buscaban el movimiento perpetuo. El Dorado funcionaba para ellos como la obra infinita de la señora Winchester: una ficción necesaria para no detenerse. Porque detenerse implicaba mirar atrás, a una Europa raquítica y gris, a un Dios que había dejado de hablar, y al hecho aterrador de que, en el fondo de la selva, igual que en los pasillos ciegos de California, uno está irremediablemente solo con sus propios espectros. Seguían caminando, con las armaduras oxidadas mordiéndoles la piel, no para llegar, sino para que el ruido de sus botas sobre el barro acallara el silencio insoportable de Dios.

Existe una patología del espacio que la psiquiatría moderna parece ignorar: el miedo a la hoja en blanco, no la del escritor, sino la del geógrafo. A finales del siglo XIX, Sarah Winchester construía sin pausa, noche y día, en un delirio arquitectónico diseñado como soporte vital. Si los martillos callaban, ella moría. Trescientos años antes, en los gabinetes húmedos de Sevilla y Ámsterdam, ocurría algo idéntico. Los cartógrafos miraban el vacío aterrador del interior de América del Sur y sentían el mismo pánico. El horror vacui. Dejar aquel espacio en blanco era una afrenta, un reconocimiento de que el tentáculo del Estado, y el ojo del rey, no llegaban hasta allí. Así que empezaron a construir: donde había silencio, dibujaron el Lago Parima; donde había ciénagas, levantaron los templos de El Dorado.

Esos mapas no eran guías para exploradores codiciosos ni para soldados de suerte; funcionaban igual que las modernas trap streets: eran mentiras cartográficas, trampas de copyright existencial diseñadas para que el mundo pareciera completo. Una «Ciudad de Papel» psicológica para no mirar al abismo; una mentira dibujada para que el mundo tuviese sentido. Basta mirar Los embajadores de Holbein para entenderlo: dos hombres poderosos rodeados de instrumentos de medición y mapas, pero con una calavera deformada a sus pies. El mapa es el intento de racionalidad; la calavera es la verdad que el mapa intenta ocultar.

La viuda Winchester no estaba loca, o al menos, su locura tenía la coherencia de los grandes demiurgos. Al ordenar levantar puertas hacia el vacío, no estaba simplemente huyendo; estaba ejerciendo el derecho divino de negar la realidad. Si la arquitectura no tiene fin, la muerte tiene que esperar en el vestíbulo. Esa misma pulsión es la que movió la pluma de los cartógrafos del siglo XVI. Ante la vastedad incomprensible de América, ante el «terror blanco», se negaron a aceptar que allí solo hubiera selva y pantano porque el ser humano no tolera el vacío, necesita llenarlo de significado. Y así, con la tinta de la esperanza —más indeleble que la de la verdad— dibujaron El Dorado. No fue una mentira, fue un acto de fe arquitectónica: si lo dibujamos, existirá.

Esta es la importancia estructural de la cartografía en la construcción del relato. J. R. R. Tolkien lo confesó en una carta a Naomi Mitchison con la naturalidad del artesano: «atinadamente empecé con un mapa, e hice que la historia encajara en él», subrayando que el camino inverso lleva a «confusión e imposibilidades». Tolkien dibujó primero las montañas de la Tierra Media y luego dejó que la historia las habitara. Los cartógrafos de Indias hicieron lo mismo: crearon el escenario para que la vida fuera algo más que supervivencia.

Hay una nobleza conmovedora en el error de don Quijote, una que a menudo pasamos por alto al reírnos de su locura. Al ver gigantes donde solo había aspas y engranajes, el hidalgo no estaba negando la realidad, estaba engrandeciéndola. Estaba dotando a la árida llanura manchega de una dignidad mitológica que la miseria del momento le negaba. Con los mapas de El Dorado sucedió exactamente lo mismo. Solemos pensar que estaban locos, pero la lectura correcta es que mejoraron el paisaje. Una selva llena de mosquitos y barro es insoportable, pero una selva que esconde una ciudad de oro es un escenario digno de la tragedia y la gloria. La función del mito no es describir la realidad, sino hacerla habitable.

El problema de no encajar en el mundo, esa melancolía ontológica, es que te obliga a construir uno nuevo. Aquellos exploradores, parias de Europa, eligieron ser creadores. Buscar El Dorado no fue un acto de codicia, sino un acto de resistencia poética: la negativa rotunda a admitir que al otro lado del océano solo había árboles. Si el mundo no tenía sentido, nosotros lo dibujaríamos hasta que lo tuviera.

Aquí reside también la afinidad secreta entre los mapas de los conquistadores y la trama de «Tlön, Uqbar, Orbis Tertius», un cuento de Borges. En el relato, aparece una enciclopedia falsa sobre un planeta imaginario que acaba reescribiendo la realidad de la Tierra por pura fuerza de convicción. Los objetos soñados comienzan a materializarse. Eso fue exactamente El Dorado. Los cartógrafos europeos, encerrados en sus gabinetes, escribieron la enciclopedia de un Nuevo Mundo que debía ser simétrico, rico y cristiano. Y los exploradores, infectados por esa ficción, bajaron al barro para hacerla real.

Es la colonización de la realidad por una ficción exitosa. Al igual que en Tlön, el deseo generó el objeto. Los exploradores bajaron al infierno verde buscando los hrönir de Borges —el oro, la ciudad, el ídolo— y, aunque no los encontraron, en su búsqueda febril fundaron Manaos, trazaron el Orinoco y bautizaron el infierno. La mentira del mapa obligó a la verdad a manifestarse. Al igual que Sarah Winchester construyendo para no morir, Occidente dibujó para que el Nuevo Mundo existiera. Y funcionó.

Quizá Sarah Winchester tenía razón y la única forma de seguir vivos es no dejar nunca de poner ladrillos, o de dibujar mapas. Al final, poco importa que sus escaleras no llevaran a ninguna parte, que el Lago Parima se secara en los mapas del siglo XIX o que Frodo nunca pisara la Comarca fuera de las páginas de un libro. Lo que permanece es la audacia de haberlos imaginado. El Dorado no fue una estafa, fue la prueba de que la realidad se nos queda pequeña, de que siempre necesitaremos una habitación extra en la casa de nuestra existencia.

No caminaban hacia la nada. Caminaban hacia la posibilidad. Y en ese caminar obstinado, en esa negativa a aceptar que el mundo es solo lo que se ve, reside la única y verdadera nobleza de nuestra especie. Esos mapas mentirosos no son un fraude; son nuestro mayor legado. Son la prueba de que, ante el abismo mudo de la naturaleza, el ser humano tuvo la audacia de levantar el dedo y decir: «Aquí hay gloria». Y aunque solo hubiera barro, en ese acto de nombrar, la hubo. El mapa mentía, sí, pero gracias a esa mentira, el mundo se hizo más grande.

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