
Esta semana ha devenido en una sinfonía de estruendos y alboroto, superior incluso a la barahúnda diaria, aun en estos días de canícula y sesteo. Mientras se quemaba el borde oeste de la región, al igual que otros lugares de la península, los políticos salían a hacer lo mejor que saben hacer, es decir, ponerse verdes los unos a los otros, al tiempo que eran capaces de ponerse estupendos rodeados de la gente evacuada de sus casas, sin perder el rictus ni correrse el maquillaje. Pero bajo ningún concepto aportaban ninguna solución, idea u ocurrencia, que para eso están las demás personas, si eso. Mientras tanto, yo me enteraba de la última en mi barrio, Carabanchel.
En él hay, desde hace más de veinticinco años, un local de ensayo y de conciertos conocido en todo Madrid y en todo el país: Gruta 77, garito que es sinónimo de rock en todos sus aspectos y que yo misma he visitado con cierta frecuencia, bien para ver a un grupo sueco legendario de los setenta o a un novísimo combo de Leganés, bien simplemente para escuchar a algunos de los amigos que tengo en diferentes grupos. Bien, pues hace unas semanas su dueño dejó escrito en la página web que a finales de este año cerraría definitivamente el negocio porque estaba cansado, aunque aseguraba que seguiría organizando conciertos con la promotora, pero ya en otros lugares. La gente del barrio se quedó un poco hecha polvo, porque este era un clavo más que venía a remachar el ataúd del antiguo y ya ceniciento barrio de Carabanchel. Las tiendas, locales y bares han desaparecido y han sido sustituidos por cientos y cientos de negocios de uñas y barberías (el significado último de esto sería para un análisis posterior) y, en la gran mayoría de los casos, por la nada más absoluta: quizás unos cierres herrumbrosos, un escaparate con el espejo tapado por varios niveles de cartones y, sobre ellos, un cartel de algún concierto de un grupo coreano de última generación que viene al Palacio Vistalegre.
¿Todo? Bueno, no todo exactamente. Si uno sortea las calles llenas de baches, agujeros, maderas a modo de planchas pirata para tapar hoyos, etc., etc., y se sitúa en el margen derecho de la calle del General Ricardos, según se sube, llegará a unas calles bien construidas (tampoco son muchas), sin nada de basura y pobladas por unos edificios de construcción reciente, levantados sobre el antiguo polígono industrial, con un diseño y una apariencia que dan el pego de buenos. Allí viven, desde hace unos veinticinco años, familias jóvenes, profesionales, etc., que vinieron de otras zonas y otros barrios. Allí está Gruta 77, cuyo solar va a albergar ahora la promoción Homie Carabanchel. Por su nombre, está claro que no está pensada para la gente del barrio, porque ya me dirán quién sabe, así en general, qué es un homie entre la población carabanchelera. Bueno, pensándolo así, los chicos que llevan los cientos y cientos de barberías, por aquello del rap, pero no veo yo a estos chavales de pelos inauditos (un adjetivo como otro cualquiera) como candidatos a estos pisos, porque, en este exclusivo edificio en pleno Carabanchel, con piscina en la terraza superior y vaya usted a saber qué más cosas, los pisos de un dormitorio cuestan desde 279 700 euros. Y ese es el precio más asequible de todos.
El problema de la vivienda, ah, ese problema. Existe un segmento social (de gente de entre veinte y cuarenta años, casi todos con trabajo y muchos vecinos de mi barrio, algunos con familia) que no puede acceder, no ya a estos homies, que son patrimonio de unas gentes totalmente distintas, ni siquiera a un pequeño trastero con agua, porque lo que ganan no les sirve para pagar casa y vivir (es una cosa u otra). Este dato se mezcla, de forma insidiosa, con los pisos turísticos que ya hay por el barrio y los pisos con las persianas permanentemente echadas. Son situaciones que nuestros dirigentes y munícipes permiten con leyes imponentes, mientras ellos van a las conferencias de los grandes empresarios, banqueros y gente con mucho poder del planeta diciendo, sin reírse ni nada, que la economía de España muestra un crecimiento general del PIB superior a la media de la eurozona, impulsado por el empleo y la demanda interna, aunque persisten importantes debates sobre el poder adquisitivo, la productividad y la sostenibilidad a largo plazo. Y ya en casa, para toda la gente, sueltan un «España va como un cohete» que deja al personal estupefacto, en el mejor de los casos, cuando no lo enfada y lo deja muy soliviantado.
Porque las personas que viven en barrios como el mío no entienden ni jota de eso que dice el presidente. En su mayoría tienen el dinero justo para cubrir las necesidades más imperiosas, van con un coche —muy aparente— de segunda o tercera mano, viven en pisos de tercera, algunos no tienen aire acondicionado ni calefacción central, trabajan en el sector servicios, casi todas con turnos partidos, mientras un grupito de niños vaga por la calle, medio desamparado todo el día, si no está el abuelo o la abuela de turno. La gente va como auténtica loca por la calle, aunque tiene los ojos medio dormidos, el pelo descompuesto y, ahora, viste ropas dignas de El ladrón de Bagdad. Unos no tienen «prioridad nacional»; nacieron aquí, pero sus padres son de alguna ladera de los Andes; otros son de arraigo, de toda la vida, de pura cepa, vamos, que sus abuelos nacieron en alguna hondonada de Toledo. Ustedes disimulen, pero me estoy haciendo con el vocabulario ultraderechista nacional.
Eso es el terror nacional que tienen que afrontar cientos de miles de personas cada día, entre otros monstruos que van de la mano de este. Este tiene forma y es, como fue el fantaterror ibérico, un fenómeno muy, muy nuestro. Tan nuestro que la mayoría de estas personas, aplastadas y sometidas, está encantada con las políticas del Ayuntamiento. Al igual que entonces, en las décadas de los sesenta y los setenta, recibe críticas tremendas y no goza de buena recepción. Aunque me temo que esto no será objeto de culto en los años que vendrán, o lo mismo se convierte, visto desde el futuro, en una época de bonanza. Detrás del fantaterror estuvieron finos e interesantes cineastas; los que están detrás de este bodrio no son más que unos ganapanes, unos lerdos, por muchos trajes de Zegna o de Bleis Madrid que lleven.





