
En el mismo corazón de la humanidad
Es, de lejos, una pirámide. Una pirámide con bosques, con cagigas y hayedos, una pirámide en verde y gris. No muy alta, pero majestuosa. Desde cualquier rincón de la vega puedes verlo. Desde cualquier rincón. Parece escapar del mundo.
Estremece.
Le dicen Monte Castillo a esto, y es uno de los museos más impresionantes del arte paleolítico. Museo natural, porque Natura fue fabricando, pero museo a la postre. Allí vivieron, creyeron, rieron y tuvieron temores homínidos desde hace ciento cincuenta mil años a hoy (otoño arriba o abajo). No solo sapiens, también neandertales, nuestros parientes. No hay muchos territorios que sean más importantes en lo de estudiar primeros pasos…
Para llegar al Monte Castillo tienes que subir desde Puente Viesgo, en Cantabria, un pueblo pequeñuco a orillas del Pas donde antes se pescaban salmones y se tomaban baños. Los baños siguen, pero salmones cada vez nadan menos, cuentan todos. Y eso, desde allí coges la carretera y subes dos kilómetros (pero dos kilómetros con curvas, dos kilómetros con pendientes, dos kilómetros de bosques acunetaos), y ya estás junto a la boca de la montaña, junto al vientre de la montaña, junto al altar de la montaña.
Antes, a mitad de camino, se alza una construcción de líneas rectas y color nieve. Nada más entrar te recibe un bastón, mal llamado (o no) «de mando». Metro y medio, ampliación en resina de otro más chico. Salió del monte que hay sobre nosotros. Tiene, dicen, unos doce mil años.
Hemos llegado al Centro de Arte Rupestre de Cantabria. Desde allí se gestionan los permisos, se coordinan trabajos de arqueología en cuevas, se acoge también a visitantes que quieran aprender un poquito más, comprar bisontes de peluche o, en días de sol, beber café bajo montañas que son osarios e historias.
«En Cantabria tenemos treinta cuevas digitalizadas, un escaneado láser, fotogrametría a dos milímetros en general y hasta medio milímetro en los paneles más importantes. Es algo que lleva mucho trabajo, muy minucioso, con focos especiales, fotografías especiales… muy específico. Es una tecnificación brutal», nos dice Eduardo. Eduardo es Eduardo Palacio, conservador de Cuevas Prehistóricas en el Gobierno de Cantabria. Eduardo (ojos claros, pelo gris cortito, barba dura de arqueólogo clásico) es también compañero en el centro asociado de la UNED que tenemos aquí, por Cantabria. Y un tipo encantador, uno con paciencia para aguantar preguntas tontas.
El espacio llama la atención. Edificio moderno, sofisticadísimo. Mucho cristal, mucha luz que entra, porque se abre a sures y albas. Ves, casi desde cualquier punto, verdes de color muy verde: hay acebos, salces, hay castaños que amarillean mientras estornudan erizos. También jardines «tipo cafetería cuqui», con arces japoneses, con helechos arbóreos sin dar el estirón, con nogales a medio desnudarse (los japoneses dicen a esto momijimuro, los caminos cubiertos con hojas caídas). Por encima de nuestras cabezas se yergue un monte aterrazado. Primero de manera artificial, después jugando con las mismas líneas del tiempo.
El Castillo, que asombra, sombrea.
Cantabria cuenta con unas setenta y cinco cuevas que albergan arte rupestre. Es, sin duda, el lugar de Europa con mayor densidad en este campo. Hay tantas que resulta difícil gestionar números ingentes. Aquí, en el macizo del Dobra, tenemos ejemplo. Cuevas del Monte Castillo, un espacio inmenso de riqueza única, uno que en cualquier otra latitud sería icono y símbolo. Sucede que nuestro Monte Castillo se encuentra, vuelo de águila, a unos diez kilómetros de Altamira. Y Altamira es indiscutible, Altamira es la catedral, la Capilla Sixtina, es frase de Picasso, es cliché. Así que Puente Viesgo palidece, inmutable. Pero qué paraje de magia y sensaciones…
Qué sitio con historia, también. Vemos, sobre paredes, fotografías antiguas que muestran los trabajos primeros. Fotografías de arte y sudor, con paisanucos llenos de tierra y aristócratas llenos de sonrisas. Mira, el de Montecarlo. Mira, el de la banca. Y así.
A este edificio le dicen Centro de Arte Rupestre Alberto I de Mónaco.
Siempre hubo clases.
Cuevas frente a la bahía
A veces, para entrar en una cueva, tienes que descender. Por paredes húmedas, por abrigos rocosos. Con cuidado y un pelín de miedo, que esto resbala. Y, otras veces, solo has de caminar por una rampita recubierta de goma…
Claro que esto no es exactamente cueva. El Museo de Prehistoria y Arqueología de Cantabria (MUPAC) se encuentra en un subterráneo, sí, pero uno de Santander, casi mirando a la bahía, oliendo salitre los días de viento sur. Es espacio pequeñito, coqueto, espacio que sobrecoge a ratucos (esa sala con urnas, esos centinelas de piedra) y siempre tiene algún detalle novedoso. Cogemos al MUPAC casi en los últimos estertores, porque a pocos metros de allí se eriza lentamente, pereza propia de gigante, una nueva ubicación. Más moderna, más actualizada. Eso me dice Alejandro García (sonrisa, barba larga, aire de quien está siempre a punto de salir para excavar), que es técnico del Museo y me acompaña a visitarlo. Así que empiezo con la pregunta clave.
¿Nuevas tecnologías?
Pues cosas de espesor, algunas incluso con premio. Me muestra Alejandro una visita virtual a La Garma, cueva de animales feroces y burbujas en siglos. Allí te pones unas gafitas 3D, tienes objetos para interactuar, hay espectros gritando, hay una narración de Geraldine Chaplin. «En el nuevo museo pondremos más cosas de este aire», dice. A los niños les flipa, ¿no? Y él sonríe. «Mucho, les flipa mucho».
Tenemos, también, una pantalla táctil donde puedes excavar, con tus propios dedos, un campo ficticio. Simple, sí, pero funciona, porque la emoción cuando descubres es inherente a los sapiens (y a los neandertales, y a todos nuestros parientes).
Tenemos, también, cierta experiencia… en fin, inmersiva. Una sala, unas pantallas, un óvalo que sale del suelo y va representando los avances y derrotas de hielos durante glaciaciones. Y acompañan las luces, que son azuladas cuando acerca el fresco y tornan cálidas mientras se retira. Suman variaciones de temperatura en la sala. Sutil, discretito. Funciona divinamente. Todo tiene cierto aire a ciencia ficción setentera, a HAL 9000 hablando sobre bisontes. «No queríamos abusar de la tecnología, porque en poco tiempo parece anticuado el asunto», me dice. Y ¿después? ¿Qué hay en preparación? «Pues mira, hemos digitalizado unas mil trescientas piezas, y todo eso lo subimos a Sketchfab. La idea es que la gente pueda verlas con todo lujo de detalles, en tres dimensiones, y después reproducirlas, encontrar acomodo en la nueva instalación».
Mientras Alejandro me cuenta esto surgen, al fondo, las estelas. Estelas gigantes, discos pétreos que tienen dos mil años (o por ahí), que son más grandes que yo (o por ahí), que esconden tallas recordando soles y creencias. Miramos. Grises y sombras. Miramos. Hay silencio. Sobrecogen, las estelas, es como si tuvieran deducos y entraran a hurgarte aquí, donde se asienta el estómago. Algo telúrico, algo visceral. Hablan, las estelas, a tu mismísimo ser.
Hay cosas que no puedes reproducir en modelos.
Otras sí. El túmulo de Cotero de la Mina, un sepulcro megalítico que mora, interpretación libre, dentro del museo. Paseas por su interior, casi puedes oler légamos, petricor de las primeras lluvias. Fuera, si aguzas oído, pían colorines y picurrelinchus. Solo que no, porque están lejos, los pájaros. La magia de imaginar, esa que dibuja ver cabras en hioides y osos en costillas. Piezas pequeñas, delicadas, milagros diminutos, si quieren. «Creo que somos uno de los mejores museos del mundo en arte paleolítico, sí», dice Alejandro, mientras paseamos el mirar por vitrinas llenas de joyas. Cada una sería imán ineludible en cualquier otro sitio. Aquí, en la tierra de La Garma, de El Castillo, cerca de Covalanas, de Chufín, Hornos o Altamira, son partes del todo.
Sonrío.

Del pasado al presente con tecnología de por medio
En Puente Viesgo han cubierto una habitación con obras táctiles, obras que juguetean a sinestesias entre lo que fue y lo que es, que rezuman ocres y dibujos naturales-no naturales. Realizan allí exposiciones de artistas contemporáneos, y nos tocó ver la de María Villacorta, Tiempo y Profundidad por título. «Nos interesa que el arte contemporáneo esté contextualizado con el arte prehistórico, así que esto encaja muy bien», dice Eduardo. Es verdad, pareciera que estamos dentro de la cueva, que deditos olvidaos ayudaron a diseñar aquello. «Y también interesaba la parte más táctil. El arte rupestre no es como el arte occidental, que se limita a ver… No, el arte rupestre está vivo, exige que te impliques, que toques, que dibujes con las manos», continúa, mientras nos lleva hasta una sala (luz tenue, paneles explicativos) donde hay una reproducción a tamaño natural de la Dama Roja, bisabuela (o más) que encontraron por la cueva de El Mirón. Tenemos su cadena de ADN, sabemos qué comía, cómo era su salud, si le gustaban más los salmones (que le gustaban mucho) o los ciervos (que le gustaban mucho también). Inmóvil, mirándote, parece pensar en sus cosas. En el frío que llegó hoy, en cómo se está acercando ese glaciar tan gordo. Sus cosas.
Es una muestra de tecnología analógica a la vieja usanza. Allí, frente a ella, tenemos una reproducción (escala 1:1) de suelo y techo dentro de La Garma. Otra cueva, por aclarar. Está minuciosamente copiado, hasta el último detalle. Los restos de fogatas, las piedras, los trocitos metálicos, mandíbulas que se olvidan como quien olvidó recoger los platos. Las luces juegan a ensombrecer estancias.
Es imposible no estremecerse cuando estás en una cueva. Aunque sea una «cueva-no cueva». Supongo que algo, como especie, nos empuja al misterio allí.
Ayudan ciertas intervenciones de tecnología que hay por el Centro de Arte Rupestre. «Piensa que esto no es un museo, ni un espacio interactivo», me dice Eduardo, «pero algo sí tenemos». Una vista táctil de trescientos sesenta grados a la cueva de El Castillo, en la que puedes acercarte a las pinturas, ver incluso partes que no se visitan habitualmente, que quedan ocultas, hurtadas al visitador común. «Este mismo instrumento lo tenemos online, con un poco menos de definición». También hay visores estereoscópicos. Sí, eso que pones los ojillos sobre dos imágenes superpuestas y haces así… así… como hacen ustedes ahora, y pareciera que ves en tres dimensiones. ¿Recuerdan los libros noventeros, con sus tigres y sus casitas escondidas entre psicodelia? Pues similar, pero con arte prehistórico. Los visores estereoscópicos es algo que flipaba a nuestros abuelos y que hoy, pásmense, alucina a los chavales. Cosas veredes. Como les flipa un «susto», un «espíritu» de las cuevas que pasa sobre pantallas haciendo ruido de vientos y fantasmas. No voy a engañarles… está logrado.
A veces los clásicos funcionan…
Pregunto a Eduardo, antes de irnos, sobre cifras, sobre cuántos acuden a estas cuevas de El Castillo que ya se anaranjan escondiendo atardeceres. «Pues mira, en 2024 nos fuimos hasta los cuarenta mil visitantes. Ahora lo estamos reduciendo, porque la preservación de los espacios pide que entren menos personas. Todo eso está muy medido, tenemos dieciséis estaciones de control medioambiental solo para las cuevas». Por eso nunca he podido entrar en Altamira, pienso. Luego veo castaños desnudándose, aferrados dramáticamente a las laderas del Monte Castillo. Tan robustos. Tan frágiles, también.
No pasa nada. No es como entrar y hacerle cosquillas al espíritu de las rocas, pero merece la pena. Y tenemos otras opciones.
El nuevo Museo de Prehistoria empieza a dibujarse, ya, en recorte sobre la bahía de Santander. Apenas esqueleto, pero saben ustedes que los prehistoriadores hacen milagros con esqueletos, te dibujan vidas, trenzan cantos. Quedan aún dos inviernos o tres para que aquello funcione, pero no me resisto a preguntar. Sobre el sitio, sobre la interactuación entre ciencia y tecnología. No. Entre arte (arte… espíritu, incertezas, susurros, cuentos) y tecnología. Alejandro explica: «Una cosa muy llamativa que hay prevista son las reproducciones de cuevas, fragmentos. Y luego una sala inmersiva, un cubo con pantallas en tres lados y el techo donde se proyectarán modelos en tres dimensiones de las cavidades, pudiendo moverte por ellas, interactuar con los elementos de arte rupestre, recibir información, etcétera. Eso quedará bastante chulo, sí».
Poco antes de terminar la visita nos detenemos frente a un mapa enorme de Cantabria, con distintas muestras de arte, su situación, descripciones. Puedes pasar, de forma táctil, por épocas y períodos. Me gusta la idea, porque permite situar contextos geográficos, salir de cuatro asubios. Pero es que yo soy un loco de la cartografía, así que no cuento, supongo.
Detrás, soles sobre fondo negro, las estelas nos siguen mirando. Juraría que se mueven, que respiran.
Juraría que, aún hoy, viven.





