
Málaga aparece varias veces en la biografía profesional de Raúl Arévalo. Aquí rodó El camino de los ingleses con Antonio Banderas cuando todavía estaba descubriendo si aquello de ser actor podía convertirse en una profesión, y aquí ha regresado muchas veces después. Esta vez la excusa es el cine clásico: comparte escenario en el Albéniz con Javier Gutiérrez, compañero en La isla mínima y amigo desde hace años, en una conversación conducida por Luis Alegre. Arévalo habla de películas con la misma mezcla de entusiasmo y oficio con la que habla de sus rodajes: sigue teniendo algo del espectador que se cuela en el combo los días que no le toca trabajar para mirar cómo dirige otro.
Llega además en un momento especialmente fértil. Tiene en cartel El ser querido, de Rodrigo Sorogoyen, prepara el estreno de El castillo, donde se ha transformado físicamente para interpretar a un proxeneta, y vuelve a sentir cada vez más cerca la necesidad de ponerse detrás de la cámara diez años después de Tarde para la ira. Entre medias hablamos de bares de Móstoles, de Maribel Verdú, Alberto Rodríguez, José Luis Cuerda y Javier Bardem; de por qué ya no está dispuesto a trabajar a cualquier precio; de lo que lee y de lo que escribe; de inteligencia artificial y de esa cualidad inexplicable que hace que, con los mismos ingredientes, una película sea correcta y otra tenga algo parecido a un alma.
En El castillo interpretas a Suizo, un proxeneta. Isabel Peña ha explicado que tenía que dar miedo precisamente por su normalidad. ¿Cómo se interpreta a un monstruo sin construirlo como un monstruo?
Creo que la clave está en una cosa que nos dicen siempre a los actores y que es verdad: no juzgar al personaje. Intentar no interpretar a un monstruo, sino a un ser humano que es capaz de hacer cosas monstruosas. Ahí está la diferencia.
El libro de Mabel Lozano, El proxeneta, fue una guía fundamental para Isabel Peña y Eduardo Villanueva, pero la serie luego se va hacia otros lugares, tiene muchas otras referencias. El personaje del libro no es exactamente Suizo. Se han cogido elementos que interesaban para construir una historia basada en ese mundo, pero no estamos contando literalmente la vida de aquel hombre.
En el libro está Miguel, el hombre que le cuenta su vida a Mabel Lozano. ¿Cuánto de ese Miguel se queda en Suizo?
Leí el libro porque fue de las primeras cosas que me pasó Isa Peña. Me pareció fascinante. Lo que cuenta muy bien no es solamente la esencia de ese personaje, sino todo el entorno en el que se ha movido.
Después, de la mano de Isa y de las directoras, Elena Martín y Sandra Romero, intenté construir otra cosa y llevarla a lugares que yo conociera. No sé exactamente de dónde era el personaje del libro, pero yo a Suizo me lo llevé mentalmente a Castilla, aunque eso no se explique en la serie. Mis padres son de Segovia y pensé: si tengo que construir a este tipo, voy a hacerlo desde personajes que yo conozco, de pueblos que conozco, desde cosas que he mamado. Si tú fueras a hacer un personaje así y procedieras de un pueblo de Sevilla, seguramente buscarías referencias allí. Yo hice eso.
El libro y toda la documentación me sirvieron para entender ese mundo, pero luego tenía que llevarlo a algo que yo pudiera representar desde mi verdad.
También cambias la voz.
Sí. La fui encontrando poco a poco. La serie está muy bien dialogada, pero al principio, cuando decía determinados textos teniendo mi aspecto normal, me veía haciendo el paripé. Pensaba: «No me pega hablar así».
Y poco a poco todo empezó a ayudar. Engordé veinte o veintiún kilos, me rapé la cabeza, me dejé perilla… Al verme de esa manera, incluso respiraba peor y la voz se colocaba en otro sitio. Entre eso, trabajar un acento castellano y fumar constantemente durante el personaje, apareció una voz que era la mía, pero que al mismo tiempo no era la mía.
Habías trabajado con Isabel Peña en Antidisturbios. Aquí comparte creación con Eduardo Villanueva y la dirección es de Elena Martín y Sandra Romero. ¿Notas mucho la diferencia respecto a un proyecto dirigido por Sorogoyen?
Claro. Aunque haya una misma productora, parte de un equipo parecido y una guionista como Isabel Peña, la forma de llevarlo a cabo no tiene nada que ver.
Sí creo que Caballo Films tiene una marca, una manera de tomarse en serio determinadas historias, una exigencia de calidad y también una forma de posicionarse ideológicamente ante lo que cuenta. Pero aquí se nota muchísimo la mano femenina. Las responsables de muchos departamentos eran mujeres y eso se percibía desde el punto de vista desde el que se cuenta la historia hasta en el día a día del rodaje, en cómo se respiraba en el set y en cómo se trabajaba.

La serie transcurre en una época en la que tú tendrías unos veinte años. ¿Qué sabías entonces de aquellos clubes de carretera?
Yo soy de Móstoles, pero mi familia es de un pueblo de Segovia y por aquellas carreteras había un montón de clubes. Sabías que estaban ahí. Sabías que iba el camionero, el vecino de tu padre o de tus abuelos; formaban parte del paisaje y de una cultura de la que habías oído hablar mucho, pero que yo nunca había conocido en profundidad.
De hecho, durante la preparación me di cuenta de que creía saber mucho más de lo que sabía. Leyendo el libro de Mabel, documentándome, hablando con gente que conocía ese mundo de cerca y trabajando el personaje descubrí una cantidad enorme de cosas que desconocía. Si parte de lo que yo he aprendido haciendo la serie lo aprende también la gente al verla, para mí ya tiene valor.
¿Hubo algo que te escandalizara especialmente al documentarte?
Me impresionaba mucho la forma en que algunos proxenetas hablaban de las mujeres como mercancía. Como quien habla de jamones, de quesos o de cualquier producto. Esa capacidad para convertir a un ser humano en una mercancía me impresionó mucho. Y también me acompañaba al interpretarlo.
Empezaste a trabajar muy joven en el bar de tu padre. Has dicho alguna vez que aquello era casi una tertulia permanente. ¿Qué aprendiste allí que no pudiera enseñarte la escuela de Cristina Rota?
La vida. Aunque en la escuela de Cristina Rota también aprendí mucha vida, no solamente teatro. Coincidió con mis primeros amores, mis primeros rolletes, con toda esa parte de la juventud.
Entre el bar de mi padre, los veranos en el pueblo de Segovia, Móstoles durante el resto del año y la escuela de Cristina Rota se fue formando mi adolescencia y mi juventud. Todo eso te foguea.
Llegaste pronto a televisión con Compañeros y después desapareciste durante unos años. ¿Pensaste que haber hecho una serie significaba que ya eras actor profesional para siempre?
Sí. [Ríe]. Me hace gracia porque esto lo he contado tantas veces que ya tengo que acudir casi a entrevistas antiguas para recordar aquella época. Empieza a parecerme una era geológica.
Yo vivía entonces con Canco Rodríguez, que es de aquí de Málaga. Hice Compañeros y, ingenuo de mí, pensé que después de haber hecho una serie iba a seguir saliendo trabajo. No para siempre, pero sí que habría continuidad.
Y no salió nada.
Volví a trabajar en el bar de mi padre e hice un montón de trabajos diferentes, como cualquier actor joven que necesita ganarse la vida mientras intenta seguir en esto.
Hasta que llega Azuloscurocasinegro.
Esa fue la primera oportunidad realmente importante de mi vida. Y tuve además muchísima suerte porque prácticamente se solapó con El camino de los ingleses, que rodé aquí en Málaga con Antonio Banderas tres meses después.
Pero Azuloscurocasinegro fue la primera gran oportunidad que me dieron. Fue importantísima para mi carrera.
¿Ahí ya pensaste: «Ahora sí, voy a poder vivir de esto»?
No. Al contrario. Ahí ya tenía el miedo metido en el cuerpo. Había aprendido la lección: sabía que hacer una película no significaba que fueras a seguir trabajando.
Era un poco mayor y empezaba a comprender mejor la profesión.
Maribel Verdú aparece en varios momentos importantes de tu carrera. Has contado que fue casi una hermana mayor y que habló muy bien de ti a José Luis Cuerda antes de Los girasoles ciegos.
Maribel fue fundamental para que yo hiciera Los girasoles ciegos. Habló muy bien de mí a José Luis Cuerda y pude hacer aquella película con ella.
Tanto Siete mesas de billar francés como Los girasoles ciegos fueron películas muy importantes para mí.

Te preguntan continuamente cuándo vas a dirigir la siguiente. ¿Te gustaría dirigir a Maribel?
Claro. Me encantaría dirigir a Maribel. Muchísimo.
Tengo muchas ganas de volver a dirigir. Lo que pasa es que primero hay que terminar de escribir, después levantar el proyecto, financiarlo… Hacer una película es complicado. Pero sí, tengo muchas ganas.
En Los girasoles ciegos interpretabas a Salvador, un diácono lleno de represión. ¿Tiene algo en común con Suizo?
Hostia… No me lo había planteado.
Creo que poco. De aquel personaje y de aquella película recuerdo sobre todo el privilegio de estar dentro de un material precioso, con el último guion de Rafael Azcona, poder trabajar con alguien a quien admiraba muchísimo como José Luis Cuerda, con un director de fotografía como Hans Burmann y con gente como Maribel Verdú o Javier Cámara.
Más allá incluso de mi personaje, recuerdo aquella película como la oportunidad de conocer y trabajar con muchísima gente a la que admiraba.
La isla mínima es otro salto importante. Alberto Rodríguez se apoyó mucho en las fotografías de Atín Aya y Héctor Garrido para construir aquel paisaje. ¿Cómo te vendió la película?
No tuvo que vendérmela mucho. Para mí fue un regalo.
Yo era muy fan de Alberto. Muy fan. Había visto 7 vírgenes, After… Y como además yo soñaba con dirigir, era un referente enorme para mí. Cuando me propuso hacer una película con él me daba prácticamente igual qué película fuera.
Después leí el guion y supe que iba a hacerla con Javi Gutiérrez, que ya era amigo mío y con el que tenía muchísimas ganas de trabajar, así que todavía más feliz.
No recuerdo que Alberto tuviera que vendérmela. Yo estaba dispuesto a comprar lo que fuera.
Tu policía empieza pareciendo el bueno, el joven idealista, pero aprende a convivir con determinadas cosas y termina siendo quizá más oscuro de lo que parecía.
Los buenos personajes tienen capas, como las personas.
Sobre el final de La isla mínima me ha hablado mucha gente durante estos años. Gente que me decía: «Me encanta la película, pero el final no termino de entenderlo». Me ha ocurrido muchas veces.
La película habla también de un país que decide no saber determinadas cosas para poder seguir adelante. ¿Ha envejecido bien esa lectura?
Desgraciadamente creo que sí.
Retrata muy bien una época, pero Alberto es uno de esos directores que vuelve constantemente al pasado reciente para hablar también del presente. Lo ha hecho muchas veces y ahora, por ejemplo, con Anatomía de un instante.
Son historias que sucedieron hace años y, sin embargo, siguen teniendo ecos en lo que vivimos hoy. Creo que es necesario contarlas y me resulta muy interesante.
Tarde para la ira está llena de lugares y tipos humanos que conocías. ¿Llegó a verla tu padre?
Sí, claro. Mi padre sabía perfectamente de la película y le gustó mucho.
Más que estar basada en vivencias mías, era una historia que se me ocurrió pero que ocurría dentro de un universo que yo conocía. Está llena de bares como aquellos en los que me crié. Parte está rodada en Móstoles, en barrios como los que yo conocía, y también rodamos en el pueblo de mis padres.
Llevé la película a localizaciones que conocía perfectamente y a tipos de personajes que también conocía perfectamente.

Ganaste muchísimo con aquella primera película como director. ¿Eso convierte la segunda en algo más difícil?
No especialmente.
Creo que ser actor te entrena bastante bien para esas cosas. Cuando eres actor haces una cosa buena, después tres malas, dos regulares, otra buena… Estás continuamente en contacto con una especie de fracaso, aunque sea un fracaso personal, con la sensación de que algo ha quedado peor de lo que querías.
Eso te foguea y te enseña a enfrentarte al trabajo sin pensar constantemente si va a quedar mejor o peor.
Como director quiero que la siguiente película me quede bien, evidentemente, pero no siento esa presión enorme de «tengo que superar la primera». Creo que ser actor me ha vacunado un poco contra eso.
Sí veo más esa presión en directores cuya única experiencia ha sido hacer dos cortos y una primera película que ha funcionado muy bien. De repente todo su contacto con el cine consiste en una película estupenda y sienten que la segunda tiene que estar a esa altura.
Yo, en cambio, llevo muchos años haciendo de todo. [Ríe].
¿Ser actor te hace mejor director?
Sí. Y no solamente ser actor: haber trabajado con tanta gente.
He tenido la suerte de trabajar con directores que admiro muchísimo. Y también he aprendido de gente a la que no admiro tanto. A veces aprendes qué no debes hacer; otras veces descubres cosas valiosas en el rodaje del que menos lo esperabas.
Trabajar durante dos meses con determinados directores es como hacer un máster. Con Alberto Rodríguez, con Almodóvar, con tantos otros… Incluso los días que no rodaba me sentaba en el combo para ver cómo trabajaban, cómo dirigían a los actores, cómo movían al equipo.
Para alguien que quiere dirigir es un entrenamiento alucinante.
Este año se te han juntado varios estrenos. ¿Qué parte disfrutas más: rodar o todo lo que viene después?
Lo más bonito para mí es rodar. Hacer equipo, estar con la gente, disfrutar de ese proceso. Con los años he visto claramente que eso es lo que más me gusta.
Pero también disfrutas cuando la gente ve tu trabajo. Los estrenos, las promociones… A veces las promociones son muy intensas, pero son necesarias para vender lo que has hecho y también tienen una parte bonita.
Ahora estoy aquí hablando contigo solo, pero cuando haces promoción con compañeros con los que llevabas mucho tiempo sin coincidir es muy bonito. Con Javi, por ejemplo, hacía muchísimo que no pasaba un rato largo. La última vez me lo crucé hacía unos diez meses en una estación y prácticamente no pudimos hablar.
Que Luis nos haya reunido aquí y volver a estar juntos es muy bonito. Lo mismo ocurre cuando haces promoción con gente con la que has rodado durante meses y a la que llevas un año sin ver. Se convierte también en una especie de reencuentro.
Así que disfruto mucho del proceso de hacer la película, pero también de volver a juntarnos después para enseñarla.
En El ser querido, de Sorogoyen, aparece un director de cine capaz de generar momentos muy tensos durante un rodaje. ¿Reconoces ese tipo de director?
Sí, pero por suerte he trabajado con pocos así.
He conocido alguno, claro. Pero creo que pertenece a una escuela que afortunadamente cada vez existe menos. Cuando hicimos la película todavía quedaban algunos resquicios de aquello.
En los rodajes siempre hay tensión porque son focos de estrés muy fuertes. Se trabaja con mucho dinero, muchísimo tiempo concentrado, cansancio, presión… A veces saltan chispas.
Antonio de la Torre hace comparaciones con el fútbol, aunque yo no voy a llegar tan lejos. [Ríe]. Pero en un partido de un Mundial alguien puede dar una patadita que normalmente no daría. En un rodaje también pasa alguna vez.
Otra cosa es llegar al nivel que retrata la película. Eso, por suerte, creo que está desapareciendo.

Ya que has mencionado el fútbol: ¿Atlético o Real Madrid?
Real Madrid.
No lo digo con muchísimo orgullo, pero sí, soy del Real Madrid. [Ríe].
Hay una escena de El ser querido en la que parte del equipo decide plantarse ante unas condiciones de trabajo. ¿Eso ya ocurre de verdad?
Sí. Y yo lo he vivido.
No con la violencia que pueda aparecer en la película, pero sí he visto a alguien decir: «Yo no voy a soportar estas condiciones y me voy».
Eso ocurre.
Ahora que puedes elegir más los proyectos, ¿te importa tanto con quién vas a trabajar como el propio personaje?
Yo ya priorizo estar bien.
Evidentemente tiene que gustarme el proyecto y me importa muchísimo quién dirige, pero pregunto también quién está en el equipo, con qué actores voy a trabajar, qué ambiente puede haber.
Cada vez priorizo más eso. Para mí el ambiente de trabajo es fundamental, tanto como que me guste el personaje o el guion.
¿Intentas dejar espacios entre proyectos?
Lo intento. A veces las cosas se acumulan y no te queda otra que lidiar con ello.
En un mundo ideal harías una cosa, descansarías, prepararías tranquilamente la siguiente… Pero ese mundo no existe. Se retrasa un rodaje, otro se adelanta y de repente se solapan.
Lo que sí intento es no volver a épocas en las que hice dos o tres cosas a la vez y acabé saturadísimo y muy mal. Eso procuro no repetirlo.
En El ser querido compartes escenas con Javier Bardem. Hay un momento en el que un niño parece realmente intimidado por él. ¿Bardem puede dar miedo incluso sabiendo que está actuando?
Javier Bardem enfadado asusta mucho. [Ríe].
Es un animal, un toro, una fuerza de la naturaleza. Y eso que los actores estamos hartos de ver a gente interpretando enfados desde que empezamos en la escuela. Ves actores gritando, pegando golpes en una mesa, cabreadísimos… Forma parte del oficio.
Pero cuando vi a Javier interpretar un enfado delante de mí experimenté una fuerza que no había visto nunca. Venía hacia mí, golpeó la mesa y fue impresionante.
Si me asusté yo, imagínate el niño.

El castillo se presentó en el Festival de San Sebastián. ¿Te sigue haciendo ilusión ir a festivales después de tantos años?
Muchísima.
San Sebastián, Málaga, Sitges… Son festivales muy distintos entre sí, pero son lugares a los que me gusta mucho ir y que disfruto muchísimo.
En San Sebastián, además, volvimos a reunirnos con gente con la que he rodado durante seis meses: Omar Ayuso, Valentina Vidal, Laia Marull… Me gustó muchísimo juntarme con ellos otra vez y compartir la serie con el público.
Y me hizo ilusión verla allí con una pantalla enorme y un sonido espectacular. Al final El castillo es para televisión, así que tener una oportunidad de verla una vez en una sala de cine mola muchísimo.
En Jot Down tenemos cierta obsesión con preguntar qué lee la gente. Antes has mencionado el libro de Mabel Lozano. ¿Qué estás leyendo ahora?
Precisamente estaba hablando antes con Luis de Alfredo el Grande, las memorias de Alfredo Landa escritas por Marcos Ordóñez, que no las había leído.
Y curiosamente se me ha juntado con Un destino común, de Lucrecia Martel, que habla mucho de su manera de rodar y de cómo piensa el sonido incluso antes que la imagen.
Pero va por épocas. Hay temporadas en las que me apetece novela negra; otras, una lectura más de verano; otras, una cosa más sesuda. Si tienes tiempo, te metes con un libro de ochocientas páginas y si no, buscas otra cosa. Depende.
Tú también escribes. Cuando vuelvas a dirigir, ¿quieres que sea a partir de un guion tuyo?
Sí. Escribir guiones me apasiona.
Una novela me encanta leerla, pero ni siento que quiera escribir una ni me nace hacerlo. A mí me nace escribir guiones. Me surge de forma natural y disfruto muchísimo haciéndolo.
Y me ocurre algo parecido con el teatro. Actuar en teatro me apasiona, pero no me nace escribir una obra ni dirigir teatro. No me sale.
Lo que me sale es escribir guiones y dirigir cine.
¿Tienes muchos guardados en un cajón?
Ideas.
Muchas tampoco: tres, cuatro… Tengo varias ideas medio apuntadas, algún guion a medias y siempre un par de cosas dando vueltas por ahí.
Antes te he visto jugando con inteligencia artificial. ¿Ha entrado ya en tu manera de escribir?
No.
La uso para hacer bromas, fotografías absurdas, meterme en una imagen… Para esas cosas sí. Pero para escribir no la utilizo.
Hace poco hablaba con un amigo que había hecho pruebas con inteligencia artificial para escribir guiones y me decía que todavía no era especialmente fina. Para resúmenes y determinadas tareas funcionaba muy bien, pero a la hora de escribir un guion, incluso dándole muchas pautas, seguía siendo bastante torpe.
Aunque esto va a una velocidad tremenda y seguramente dentro de nada lo que estamos diciendo aquí ya estará anticuado.
¿Te produce curiosidad o rechazo?
Me da bastante mal rollo.

Si recibieras un guion, te encantara y después te dijeran que está escrito por una inteligencia artificial, ¿cambiaría tu percepción?
Preferiría no saberlo. [Ríe].
Si lo leo y me encanta y después me dicen que está escrito íntegramente por una inteligencia artificial, creo que me preocuparía incluso por mí mismo. Pensaría: «Hostia, ¿era realmente tan bueno o yo no he sabido leerlo?».
No me ha ocurrido todavía.
Te ocurrirá.
Seguramente.
Si una persona a la que admiro mucho me dijera: «La mitad la he escrito yo y la otra mitad la ha escrito una inteligencia artificial», me perturbaría la idea. Pero supongo que habrá que aceptar determinadas cosas.
Creo que la inteligencia artificial avanza a pasos agigantados y estoy seguro de que podrá escribir determinados guiones o hacer determinadas películas, sobre todo las más basadas en fórmulas.
Pero quiero pensar que hay una parte a la que no llegará. A lo mejor me equivoco porque es lo que deseo pensar, pero creo que hay algo relacionado con la sensibilidad humana que no va a alcanzar.
Entonces, ¿crees que existe algo parecido al alma? Algo que nos diferencia de una máquina.
Creo que sí. No sé cómo llamarlo, pero creo que sí.
Y llevándolo al cine hay algo que me fascina. Esta entrevista habría que volver a leerla dentro de cinco años, ni siquiera dentro de diez, para ver las barbaridades que hemos dicho. [Ríe].
Pero hoy creo que tú puedes reunir todos los elementos necesarios para hacer una gran película y, sin embargo, existe una especie de elemento casi mágico que no sabes cuál es. Eso es lo que diferencia una película buena de una película genial, o una película simplemente correcta de otra que de repente funciona.
No sabemos qué es. Porque si lo supiéramos, todas las películas serían buenas. Las fabricaríamos.
Y ese elemento que no somos capaces de fabricar me parece maravilloso.
Si nosotros mismos no sabemos producirlo deliberadamente, quiero pensar que una máquina tampoco va a saber hacerlo. Porque quizá sea algo que se nos escapa tanto a los humanos como a las máquinas.
Estoy seguro de que dentro de pocos años una inteligencia artificial podrá hacer una película de Marvel técnicamente a un nivel espectacular. La verás y dirás: «Qué pasada de nave espacial, qué pelea, qué bien hecho está todo».
Pero eso no significa necesariamente que vaya a emocionarte.
Esa cosa que sucede, por ejemplo, cuando Javier Bardem cierra una puerta delante de Victoria Luengo en El ser querido y ella hace un gesto, un suspiro, una cosa mínima, y de repente te transmite una emoción… No sé si una máquina podrá conseguir eso.
Cuando estás rodando, ¿te das cuenta de que está apareciendo esa magia?
A veces crees que sí.
Pero es muy confuso.
Hay ocasiones en las que estás rodando y piensas: «Con lo que me acaba de transmitir este actor en esta escena, esto va a ser alucinante». O ves un plano y piensas: «Como esto quede así en montaje, va a ser impresionante».
Y meses después ves la película terminada y dices: «Pues no es para tanto».
¿Por qué? No lo sabes.
Y esa es precisamente una de las cosas que más me fascinan del cine.

Ahora El ser querido está entre las tres películas preseleccionadas para representar a España en los Óscar, junto a Los domingos y La bola negra. Evidentemente, tú tienes una apuesta.
Hombre, estoy en El ser querido, así que quiero que vaya El ser querido. [Ríe].
Pero cualquiera de las otras dos me parecería estupendo.
Hay una cosa que me gusta mucho más que la competición en sí. Me parece maravilloso para el cine español que aparezcan películas muy distintas y que provoquen discusiones entre amigos, debates, conversaciones sobre cine.
Que alguien diga: «Esta película me fascina», y otro responda: «Pero ¿qué dices? A mí no me gusta nada». Eso es fantástico.
Ha ocurrido con películas completamente diferentes entre sí y ahora tenemos El ser querido, La bola negra, Los domingos… Que el cine español pueda tener varias películas así, capaces de viajar, de estar en grandes festivales y de generar conversación, me parece alucinante.
Que vayan los Javis, que vaya Sorogoyen, que vaya quien tenga que ir. Por supuesto, si puedo elegir, que vaya la mía. [Ríe].
Volvamos a Suizo. Ganaste más de veinte kilos para El castillo. ¿Es más difícil entrar físicamente en un personaje así o salir después de él?
Salir me ha costado bastante.
Han sido meses de dieta muy estricta y mucho deporte. El cambio físico fue duro y volver atrás también lo ha sido.
Además, el personaje era desagradable y rodábamos muchas veces en sitios desagradables, antiguos clubes, espacios con una sensación de suciedad muy concreta. Todo eso se te queda un poco pegado.
Con los años uno aprende a entrar en los personajes sin necesidad de llevarse todo a casa. Pero en este caso había una parte física de la que literalmente tenía que salir.
Cuando te ves ahora como Suizo, meses después y otra vez con tu aspecto normal, ¿te reconoces?
Se me hace rarísimo.
Yo tampoco soy de verme muchísimo en las cosas que hago, pero con este personaje, al verlo meses después, pensaba: «Hostia, ¿yo estaba así?».
Porque mientras ruedas te miras en el espejo, sales de la ducha, te ves todos los días y te acostumbras. Pero siete meses después, cuando ya tienes otro aspecto, ves aquella imagen y te resulta extraña.
Por supuesto que intentaba tirar de mi verdad, porque al final siempre trabajas desde algo que tienes tú, pero esa verdad estaba llevada a un sitio muy lejano.
Creo que nunca había hecho un personaje tan alejado de mí.
Y por eso todavía se me hace raro verlo.








