
«Wolf Moon (Including Zoanthropic Paranoia)» trata de un hombre que se convierte en lobo después de comerle el coño a una mujer con la regla. Lo explicó el propio Peter Steele cuando le preguntaron si aquello tenía algo de autobiográfico, una curiosidad comprensible que resolvió asegurando que él en lo que se transforma después del acto es en un caniche rosa. El que esperase una historia más bien sobre monstruos en bosques profundos y campesinos destripados tendrá que hacerse cargo también del caniche que antes de ponerse a follar fue un enorme bigardo de casi dos metros, retumbante voz de barítono y merecido sex symbol del metal con pollón, aunque entre aquella broma típica de su humor y la historia que cuenta en la canción habita algo en lo que merece la pena que nos detengamos. El hombre al que le crecen los dientes y el pelo ha llegado ante ese coño menstruante por voluntad propia, deslizándose hacia una carne deseada y cuya sangre, a pesar de todo lo que nos han enseñado a sentir sobre ella cuando aparece entre las piernas de una mujer, forma parte de ese deseo.
¿Cuánto nos gusta un cuerpo cuando empieza a comportarse como un cuerpo? La pregunta es jodida para la gente que no tiene problema en darte la turra sobre sus supuestas hazañas sexuales pero se atasca en cuanto alguien menciona la regla, como si en ese punto se hubiera vulnerado una intimidad que hasta entonces estaban dispuestos a compartir con cualquiera que tuviera la desgracia de sentarse cerca. Tampoco cuesta imaginar cuántas veces esta misma gente habrá torcido el gesto ante la idea de follar durante la menstruación de una mujer (o un hombre con vagina) cuando elle tenía las mismas ganas y el mismo cuerpo que un par de días atrás. Steele escribió una canción sobre comerse ese coño sangriento, y me interesa la naturalidad con la que podemos decirlo y lo razonable que resulta que uno se convierta en lobo tras hacerlo. Es la fuerza del deseo, el deseo oscuro por todos los fluidos que diferencia a un crío de un adulto.
Porque el asco habita en dimensiones muy volátiles y cambia de bando a veces con la persona cuyo olor empezamos a buscar incluso o más bien sobre todo cuando lleva todo el día sudando, o cuya saliva saboreamos con un entusiasmo que nos resultaría difícil justificar si alguien nos solicitara explicaciones y tuviéramos la mala ocurrencia de dárselas, como si para hacer ciertas cosas fuera preciso algo más que el deseo compartido. La mayoría de nuestras más firmes opiniones sobre lo que no haríamos se han construido sobre bases poco sólidas, de modo que cuando aparece la oportunidad de corregirlas puede que nos sorprenda el poco tiempo que necesitamos para olvidarnos de ellas y después nos dé vergüenza acordarnos de cuando pensábamos «yo así no me lo como». En la canción de Type O Negative la experiencia lleva al hombre a perder su forma humana, y uno se pregunta qué hará cuando vuelva a encontrarse con esa mujer sabiendo ya lo que puede ocurrirle y recordando, al mismo tiempo, el ansia con la que se acercó la primera vez.
Pues seguro que vuelve a pasar lo mismo. O más. Aunque la transformación en bestia ocasione ciertas molestias es bonito imaginar que el deseo nos quita de encima a esa persona que tenemos que ser durante el resto del día, con su civilización y sus razones, y nos deja convertidos en un monstruo que ya tendrá tiempo de arrepentirse cuando amanezca, si es que a esas alturas quedan fuerzas. Es verdad que también hay mucho cuento alrededor de todo esto, y más cuando el macho empieza a hablar de sus instintos como si tener testículos fuera una circunstancia atenuante, pero la fantasía de perder el control resulta fascinante cuando la compartimos con alguien que quiere acompañarnos y que además lleva ya un rato aburrida de nuestras reflexiones porque aquí vino a follar y no a organizar un coloquio. El hombre lobo nos deja imaginar qué haríamos con nuestro cuerpo y el otro si pudiéramos dejar de respetarlos durante unas horas, qué haría esa mujer si le crecieran también los colmillos que lleva todo el día deseando hincarle y cuánto miedo nos quedaría cuando los dos tuviéramos la boca llena de sangre.
Entonces, ¿qué sucede cuando lo que viene a buscarnos por la noche nos gusta? Los íncubos y súcubos pueblan de demonios sexuales la intimidad de nuestras noches y arrastran relatos de agresiones y pesadillas, aunque al imaginarlos podamos acabar preguntándonos cómo sería revolcarse con semejante criatura y qué haríamos nosotres si apareciese. Hay una curiosidad ahí que nos ha llevado muy lejos como especie, sobre todo cuando pensamos en ciertos cuerpos, en lo que podrían hacernos y las ganas que tenemos de dejárselo hacer y lo hermoso es que somos quienes están revelando esa fantasía, otorgándole a demonios aquello que oscuramente deseamos y que dice más de nuestras preferencias que de las costumbres sexuales de los infiernos. En «Lucifer in Love», Ordo Rosarius Equilibrio dejan que sea el propio diablo quien se declare entre sangre, sexo y sacrificios que van adquiriendo la familiaridad de las cosas que se prometen dos amantes cuando están demasiado ocupados deseándose para pensar en las consecuencias. Hay semen y hay corazones arrancados, y en esa convivencia de imágenes podemos reconocer nuestra disposición a encontrar hermoso lo que nos han dicho que debe espantarnos. Podemos imaginar que ese monstruo tiene algo que ofrecernos, incluso que entendería ciertas cosas que nos cuesta contar a quienes nos conocen, y seguir acercándonos mientras intentamos averiguar cuánto de lo que sentimos procede del miedo y cuánto del anhelo de que vuelva a buscarnos.
A Ellen quien vuelve a buscarla es Orlok. En el Nosferatu de Robert Eggers, esa criatura que lleva la muerte consigo parece entenderla mejor que quienes se empeñan en cuidarla, empezando por su marido, que la ama y que sin embargo se encuentra ante una mujer cuya intimidad se le escapa por mucho que intente hacer lo que se espera de un buen esposo.
A Ellen le quema por dentro algo para lo que los demás no encuentran explicaciones que no la conviertan en una enferma, mientras el vampiro conoce muy bien lo que experimenta y necesita y que ella no podría explicar en una conversación durante la hora del té. Y el cabrón está podrido. Hay que hacerse cargo de ese cuerpo cuando hablamos de la atracción que siente por él, de la muerte que lleva encima y de lo que puede encontrar Ellen al acercarse, porque incluso cuando creemos comprender su deseo seguimos mirando a una criatura a la que seguramente no querríamos tener cerca y con la que ella comparte algo que los demás preferirían que se quitase del corazón.
En «Autopsy of a Love», Spiritual Front llevan la entrega hasta el deseo de anularse y hay un amante que sigue reclamando intimidad mientras imagina su propia destrucción y al que el abandono devuelve una y otra vez al cuerpo que está perdiendo, como si aún pudiera retenerlo ofreciéndose a desaparecer en él. Podemos acercar esa voz a Ellen, a lo difícil que resulta desprenderse de alguien cuando también nos devuelve una parte de nosotres que apenas habíamos podido compartir, aunque al hacerlo empiecen a confundirse las cosas y acabemos atribuyéndole una comprensión que tiene más que ver con nuestras ganas de encontrarla. ¿Cuánto hemos puesto nosotros en ese monstruo para que nos conozca tan bien? Cabe preguntárselo mientras escuchamos la canción, que deja convivir la desesperación con el recuerdo sexual de la otra persona y nos permite reconocer hasta qué punto puede seguir apeteciéndonos alguien con quien todo se fue a la mierda. King Dude imagina en «Velvet Rope» un abrazo asfixiante como una cuerda de terciopelo, y la elección del tejido tiene su importancia cuando estamos hablando de algo a lo que nos acercamos buscando placer y que empieza a hacernos daño sin que por ello desaparezca el oscuro deseo. Orlok quiere poseer a Ellen, y ella desea a una criatura cuya presencia amenaza cuanto ama, incluido ese marido al que no ha dejado de querer y que apenas puede entender lo que está ocurriendo. Desde este lado de la realidad (no me atrevería a decir que el nuestro sea más real que el suyo) podemos acompañarla en esa contradicción y desear que suceda, incómodos también porque resulta fácil compadecer a Ellen cuando la imaginamos enteramente ajena a aquello que la está destruyendo mientras ella tiene deseos propios que complican muchísimo esa compasión.
Con tanto señor al que le crece el pelo y tanto monstruo empeñado en meterse en la cama de alguien hemos dejado a Ellen entre quienes reciben la visita, pero tenemos que preguntarnos qué ocurriría si también a ella le entraran ganas de convertirse en bestia. Me malicio yo que Angela Carter debía tener este tipo de ideas en la cabeza cuando reescribió los cuentos de hadas en La cámara sangrienta, donde las relaciones entre sujetos deseantes y deseados se complican al instante exacto cuando las protagonistas averiguan qué quieren hacer con sus cuerpos. En «La novia del tigre», una mujer a la que su padre ha tenido la deferencia de perder jugando a las cartas llega al encuentro con el monstruo después de haber experimentado en sus carnes lo que puede esperarse de un hombre perfectamente humano, y acaba desprendiéndose de su piel para descubrir el pelaje que había debajo. La transformación tiene para ella la belleza de un cuerpo que reconoce como suyo, y podemos imaginar el alivio de encontrarse a gusto en él después de que otros se lo hayan estado jugando.
Y una vez que admitimos la posibilidad de encontrarnos a gusto entre los monstruos, de desearlos e incluso reconocernos en ellos, podemos preguntarnos cómo seguiría el cuento si nos quedáramos a conocer sus intimidades. Hay autoras y lectoras ocupadas en ese asunto con enorme entusiasmo en el monster romance, donde las posibilidades incluyen pollas también enormes y cantidades de lefa que permitirían sacar adelante una pequeña explotación ganadera, como ocurre con absoluta literalidad en Morning Glory Milking Farm, de C. M. Nascosta. La cosa va de que Violet tiene estudios, deudas y un empleo recogiendo con sus propias manitas semen de minotauros que le permite pensar en pagar lo que debe mientras empieza a enamorarse de uno de los clientes. No sé ustedes, pero yo entiendo el atractivo del conjunto narrativo, porque encontrar un trabajo dignamente pagado empieza a resultar más inverosímil que encontrar a un señor con cabeza de toro, y la novela permite disfrutar de ambas fantasías mientras averiguamos si el señor también está interesado en la ordeñante. Con esas preocupaciones de Violet vamos entrando en una vida cotidiana en la que caben el trabajo y las ganas de follar, mientras aceptamos peculiaridades anatómicas que quizá sorprendan a parte del público y a otros nos alegra encontrarnos representados, y Nascosta puede entretenerse contando cómo se enamora su protagonista porque sabe que nuestra curiosidad por semejante polla nos mantendrá pendientes unas páginas más. Entre tanto, Violet va averiguando qué le apetece hacer con ese señor, con una falta de pudor que todavía puede desconcertar a quienes esperaban que ella, sus lectoras y las señoras en general se interesasen sobre todo por sus sentimientos. Pues claro que se mueren por las cerdadas, y en esa familiaridad podemos reconocernos todes sin organizar otro coloquio, que llevamos un párrafo largo leyendo sobre lefa de minotauro y a nadie le han puesto una pistola en la cabeza.
Y ahí seguimos, retozando con monstruos y seres que desean, dependientes de lo que sucede cuando unos y otros nos encontramos, porque enterrando una carne en otra carne hemos empezado a cogernos cariño y aun sumidos en la oscuridad hay placer en haberlo hecho. Con esa esperanza podemos acercarnos a «Dusk», de Chelsea Wolfe, sacerdotisa oscura que nos canta en lo más profundo del oído incluso cuando la música amenaza con sepultarla con esa voz de una belleza que a mí me hace entender a quienes se dejan llevar por una aparición aunque sepan que seguirla va a complicarles la vida y la muerte. En «Dusk» alguien está dispuesto a atravesar el fuego para llegar hasta quien ama, y Chelsea explicó que pensaba en amantes o amigos que habían pasado por el infierno y seguían unidos, algo que me gusta escuchar después de haberle dado tantas vueltas al placer y lo que hacemos para destruirnos a nosotros mismos. También podemos desear que haya algo después, que quienes han atravesado hechos horribles encuentren todavía motivos para hallarse y reconocerse en lo que todavía queda, aunque hayan cambiado y tengan que aprender de nuevo a comulgar en la carne del otro. En esa comunión cabe toda la oscuridad que la voz de Chelsea vuelve deseable, el deseo entre los monstruos que ya nos hemos visto de cerca y la devoción por la belleza feral que nos devuelve las ganas de acercar ahí la boca, rezando por que haya sangre aunque después habrá que hacerse cargo del animal en que nos hayamos convertido.







