Arte y Letras Filosofía

Réquiem por los libros que no escribirá Arturo

Detalle de Bordando el manto terrestre, de Remedios Varo. réquiem por los libros
Detalle de Bordando el manto terrestre, de Remedios Varo.

Dice Raquel Lanseros que el tema más recurrente de la literatura no es el amor, sino la muerte. Y sobre ello preguntó Alsina a Arturo Pérez-Reverte en la radio, no hace muchos días, al hacer referencia a los libros que no podrá leer y los que no podrá escribir. El escritor sostenía que lo que más le fastidia no es que ya le falten las ideas, sino el exceso de ellas. Las historias que llevan acompañándole años y tendrá que dejar morir con él, en favor de otras elegidas para ver la luz. El director de formatos televisivos Antonio Borrego murió en 2022. De él decían los compañeros que conocía a fondo todos los pueblos de Andalucía, que poseía un conocimiento enciclopédico único al respecto. En su funeral, compañeros de todas las generaciones compartían anécdotas de cuando Antonio les detalló cómo y cuándo eran las fiestas de tal o cual pueblo o de dónde venía cualquier tradición del sur de España. A todos nos sacó de más de un apuro. Es entonces cuando me pregunté a dónde había ido todo ese conocimiento tras morir él.

La muerte es eso que les pasa a los otros, hasta que nos pase a nosotros. En cualquier momento, sin pedir permiso ni opinión. Por mucho que nos aterre, por mucho que intentemos zafarnos de tubos y respiradores en esos últimos momentos sintiéndonos fuertes por esa mejoría que, a veces, precede a la muerte. Por mucho que se nos acabe de ocurrir cómo completar el proyecto más ambicioso de nuestra vida, como a Caden Cotard en Synecdoche, New York. No tenemos el control de nada. Ni aunque, como él, construyamos una Nueva York de mentira que creemos poder controlar. Pero hasta eso escapa a nuestro control. Como cuando en Los Sims llevas una partida perfecta y aparece un fantasma que lo cambia todo o tu alter ego muere porque compraste el detector de incendios más barato. Que, por cierto, durante mucho tiempo la palabra clave para saltarte las reglas del juego de Electronic Arts y obtener más dinero era «rosebud». Sí, la de Ciudadano Kane. Dudo que sea casualidad. Hasta en lo aparentemente más infantil y superficial está la pregunta de la muerte y de lo que se lleva con ella.

Pero ¿cómo lograr dejar en el mundo todo aquello que corre por nuestros axones y salta de neurona a neurona a través de la sinapsis formando redes a las que llamamos ideas? Ya sé que Matt Groening y David X. Cohen encontraron la solución en Futurama, conservando en unas peceras las cabezas de las personas más influyentes del siglo XX…, pero por si acaso eso falla, igual habría que buscar otras opciones. Se me ocurre crear un repositorio de ideas en busca de autor, al estilo de los personajes de Luigi Pirandello que erraban fantasmagóricamente entre el público intentando convertirse en realidad. Podríamos caer en la tentación de pensar que si una historia no ha sido contada por su autor es que no era lo suficientemente buena, o en aquello tan manido de que lo importante no son las ideas, sino cómo las haces realidad. Sí y no. Porque ¿acaso no sería interesante poder retomar la sabiduría de toda una vida y rendirle tributo haciéndola cristalizar en esas ideas que no pudo llevar a cabo? Ni siquiera es una idea nueva, se ha hecho mucho. Principalmente, entre padres e hijos. No en vano, criar es una de las formas en las que más intentamos ser inmortales. Tolkien con Christopher, pero también George Harrison con Dhani, su único hijo. Les dieron instrucciones concretas que les guiaron para terminar lo que ellos ya no podían y para manejar lo que dejaban.

Otros, como Asimov, crearon universos tan grandes e incluyentes que todavía hoy muchas autoras, y autores, cuentan historias en ellos. Otros muchos no dejaron de crear nunca, hasta que la parca les sorprendió o, como a Lorca o a John Lennon, les mataron. De las demos de Lennon, tocando el piano en su apartamento de Nueva York, salieron las canciones que han resucitado el espíritu de los Beatles a lo largo de los años: «Free as a Bird», «Real Love»… muchos años después de su asesinato, en 1980. Al escucharlas, todavía hoy, en cada cambio de acorde asoma ese estilo tan personal del beatle, como asomándose a la actualidad a través del talento de otros. Lo mismo pasa con La bola negra de Federico, con esas páginas que nos dejan la miel en los labios de lo que nunca terminó de ser y, por tanto, es perfecto en el mundo de las ideas, de lo irreal. Como esas historias de amor que no te sacas de la cabeza porque no se marchitaron jamás, al quedar inconclusas. Lo inacabado te hace sentir inmortal. También en la película de los Javis, como en los Anthology de los Beatles, puede respirarse la atmósfera lorquiana en las cumbres de Sierra Nevada.

De modo que quizá no sea mala idea esa de pensar no en la muerte, sino en el legado que dejamos. Porque podría parecer que tenemos la opción de negarnos a lo inevitable. No sé en la vida, pero en la ficción suele salir mal. Como les pasa a los jovencísimos hermanos Elric, precoces maestros de alquimia, que intentando traer a la vida a su madre lo pierden prácticamente todo y solo obtienen sombra, mucha sombra. Con amputaciones, o la propia vida, es como en el universo de Fullmetal Alchemist se castiga a quien intenta la renkinjutsu ningen rensei o, en la lengua de Cervantes, la transmutación humana. Atraviesa todo el manga y el anime, de hecho, la idea de las consecuencias que se pagan al intentar jugar a controlar la vida y la muerte. Especialmente la muerte. En Life is Strange, el videojuego de Dontnod Entertainment, la cosa se complica puesto que tienes la capacidad de ir adelante y atrás en el tiempo. Y tus decisiones salvan o condenan vidas ajenas, haciendo que te preguntes si evitarías lo inevitable sin saber qué consecuencias tiene.

Un último ejemplo, y de otro videojuego. En este caso el reciente y aclamado Clair Obscur: Expedition 33 de Sandfall Interactive. El juego comienza mostrándote, sin anestesia, la cruel arbitrariedad de la muerte. De una muerte que no entiende de belleza ni de juventud y que no respeta ni siquiera el amor. Y a partir de ahí te sumerge en un viaje en el que el arte es la manera de gestionar todo aquello que nos hace sentir que nosotros, y quienes amamos, somos finitos y moriremos más temprano que tarde. La manera de oponerse, rebelarse o, en última instancia, aceptarlo.

No soy la primera en plantearme todo esto, ni muchísimo menos. Como decía Silvio Fernández Melgarejo, el rockero sevillano, «desde Adán, todo es plagio». He leído en alguna parte que Leonardo da Vinci pudo tener TDAH y que eso explicaría que dejara tantas cosas inacabadas. En mi humilde opinión, tiene más que ver con que el hombre se tomaba para todo su tiempo. Mucho tiempo. Y siempre gustaba de tener proyectos por acabar, como Kubrick cuando le preguntaban por su próximo proyecto y hablaba de su película sobre Napoleón. Sospecho que eso le insuflaba ganas de vivir. Y sospecho que esa criba mental que hace Arturo Pérez-Reverte hoy en día funciona con un mecanismo muy parecido. Pero hay un elemento que me parece que tiene más peso, y es que Leonardo tenía una gran conciencia didáctica, divulgativa, de maestro. Es por eso que dejó indicaciones y claves para que otros continuasen su obra, para dejar en este mundo lo que había imaginado para que otros lo hiciesen posible. Esa vocación de enseñar es lo que le diferencia de otros genios, como el propio Miguel Ángel, que no supieron transmitir sus conocimientos a sus discípulos. Entonces, en un giro de guion que ni yo misma esperé al comenzar este escrito con la única premisa de lloriquear sobre la inevitable muerte ante la cercanía del Día de Difuntos… Quizá lo que nos hace inmortales, lo que evita que las ideas mueran con nosotros, son los profesores, los maestros. Es la transmisión dedicada y amorosa del conocimiento. Quizá ese conocimiento enciclopédico de los pueblos andaluces de Antonio Borrego vive en cada uno de aquellos que le pedimos consejo y en los que se apasionaron con aquello que él amaba: las personas. Quizá la manera sea despojarnos del ego que nos hace pensar que lo que pensamos, o concluimos, nos pertenece. Quizá, en tiempos en los que se rinde culto a la longevidad, nuestros templos debieran ser las universidades, los institutos y los colegios y nuestra guía, las profesoras, profesores, maestras y maestros que habitan dentro.

Compartir:XWhatsAppTelegramBluesky

SUSCRIPCIÓN MENSUAL

5€mes
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL

35€año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL + FILMIN

105€año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
1 AÑO DE FILMIN
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*