Ocio y Vicio Destinos

Zipolite: sigo viva

Playa de Zipolite. Foto Lamblukas (CC)
Playa de Zipolite. Foto: Lamblukas (CC)

En la costa del Pacífico mexicano, a siete kilómetros de Mazunte y a tres de Puerto Ángel, existe un pequeño pueblo con una sola calle principal llamado Zipolite. En una rápida búsqueda en internet podemos ver que es la única playa nudista oficial de México, una especie de lugar mítico —y místico— con una historia vinculada a los hippies de principios de los años 70, jóvenes que llegaron desde distintas partes del mundo atraídos por la belleza del lugar y por el eclipse de sol del 7 de marzo de 1970, que en su momento despertó un enorme interés y fue calificado en la televisión y en todas partes como el eclipse del siglo.

Yo llegué a Zipolite con veinticinco años, creyéndome mochilera y en la cima de la estupidez. Entonces no era consciente de ello, claro, pero ahora, veinte años después y con la perspectiva del tiempo, puedo afirmar que jamás he vuelto a tener semejante fe ciega en mí misma. Había llegado allí desde San Pedro Pochutla como nunca más he vuelto a llegar a ningún sitio, subida en el remolque de un vehículo lleno de gente, todos de pie, agachándome de vez en cuando para esquivar las ramas de los árboles que invadían el camino y sin saber si tenía que pagar algo a alguien o si acababa de hacer autostop sin darme cuenta. Recuerdo que, ya en marcha, pregunté varias veces a diferentes personas cuánto había que pagar por el trayecto y que nadie me contestaba, que me miraban como lánguidos, como si no me entendieran, y que se produjo una situación extraña, como onírica, en la que incluso dudé de estar utilizando el mismo idioma. Nadie me cobró nada por aquel viaje y para cuando llegamos a Zipolite, la sensación de irrealidad era absoluta.

Nada más bajar del remolque, me fui directamente a la playa pensando que encontraría grupos de turistas en pelotas esparcidos por la arena con sus Lonely Planet al sol, pero no fue así. No había nadie. A mi izquierda, nada; a mi derecha, el cerro del amor, y frente a mí, las olas embravecidas de la playa de los Muertos, un lugar que en algún hostal de Puebla me habían vendido sin muchas dificultades como un paraíso. Ahora que lo pienso, es muy fácil venderle paraísos a alguien que los va buscando.

Estuve un rato sentada en la arena mirando las olas, como cumpliendo un trámite, y después busqué una cabaña para dejar la mochila y pasar la noche. Como estábamos en el Mesolítico de los móviles y ni siquiera me había llevado uno (recuerdo pensar antes de irme de España que iba a ser un trasto inútil), mis rutinas de mochilera incluían buscar un cibercafé y enviar un correo a mis padres. Los títulos de aquellos e-mails solían ser el sitio donde me encontrara y un pequeño parte médico. DF: sigo viva. Puebla: sigo viva. Oaxaca: sigo viva. Zipolite: sigo viva. Me gustaba contarles cómo eran los sitios que iba visitando y trataba de que se colara en la escritura el acento mexicano que iba apoderándose de mí (que si «esto está bien chido» por aquí, que si «jugo de papaya» por allá). De vez en cuando podía soltar alguna perla new age del tamaño de «en este lugar se siente una energía muy poderosa». La culpa, por supuesto, era de Alfonso Cuarón, el director de Y tu mamá también. Ahora ya no nos acordamos, pero en su momento ese road trip mexicano tuvo mucha repercusión y creo que, salvando todas las fantasías de los guionistas, reflejaba bastante bien un determinado espíritu de principios de los 2000 en el que algunos jóvenes tratábamos de definir el significado de lo auténtico a base de escapar, de irnos lejos.

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2 comentarios

  1. Desaparecer quisiera ahora, cuando pienso que todo lo hicimos no mal, pero como si hubiésemos caminado sobre el borde inestable de una hoja, vegetal y escrita, arrancadas las dos por esa fuerza que es el conocer, con más sueños que plata. El horizontal vértigo hormonal se manifestaba en la mayor distancia posible de casa, coordenada íntima pero inadecuada para nacer pues la Historia ya estaba instalada. El problema ahora es que hay tantos que te quieren quitar lo bailado, especialmente los de corta memoria o ya eran viejos al nacer. Por suerte teclas y papel virtual no faltan. Y para mayor de los males el rock continúa a espeluznarme la piel pues con él el tiempo no pasa. No me queda otra cosa que aturdirme con la música clásica. Excelente artículo, estimada. Amenísimo, íntimo, emocionante. Y disculpe si me fui por las ramas. Muchas gracias. Y viva México con sus playas.

  2. Pedro Gasca

    Que pena que Toño olvidó que vivió con GLORIA HOPE JHONSON, fundadora de Shambhala y pionera en Zipolite, el mantuvo una relación con ella y luego de su separación le quitó ese pedazo de tierra dónde construyó lo Cosmico. Hay varios dichos de el en su relato que pongo en tela de juicio, pero es una ofensa no hablar con la verdad, faltando el respeto a la memoria de Gloría.

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