Somos monstruosidades. Si fuéramos conscientes de ello podríamos amarnos, darnos cuenta de lo ridículos que somos con nuestros retorcidos intestinos por los que se desliza lentamente la mierda mientras nos miramos a los ojos y decimos «Te quiero» (Charles Bukowski).
La mierda nos rodea. No se desliza solamente por nuestros intestinos, también fluye en gigantescos ríos subterráneos bajo nuestros pies: en Madrid se generan diariamente unas ochocientas toneladas de excrementos. A pesar de los esfuerzos por ocultarla y negarla, como si fuera un pariente pobre del que nos avergonzamos, la mierda aparece de improviso en las tartas de IKEA, en paseos por el campo o en los museos.
La mierda causa un rechazo que parece instintivo, pero stercus cuique suum bene olet (la mierda propia huele bien), y a los niños pequeños no les molesta su excremento. Las heces son el gran igualador que nos recuerda constantemente nuestra animalidad sea cual sea nuestra condición social: «de cagar nadie se escapa / caga el rey, caga el papa / caga el buey, caga la vaca, / y hasta la señorita más guapa / hace bolitas de caca»… De nosotros depende aprovechar al máximo nuestros diarios interludios cloacales. Aquí va mi granito de arena (o de mierda): en este texto, titulado con una famosa frase de Barthes, encontrarán una visión histórica, científica, teológica y artística de la caca. Cojan aire antes de continuar.
1. Ahora la ves, ahora no la ves
Incluso el ser humano más espantoso del planeta merece poder limpiarse el culo (Charles Bukowski, Factotum).
Una familia celebra el cumpleaños de su hija con una fiesta al aire libre. De repente, una fétida lluvia de mierda se precipita sobre los invitados y empapa los toldos. Los posibles culpables de esta bucólica estampa se reducen a una bandada diarreica de pájaros migratorios o a una fuga procedente de un avión a baja altitud… Afortunadamente, es infrecuente que un avión se te cague encima. Cuando ocurre suele ser en forma congelada, un meteorito coprolítico llamado poéticamente hielo azul. El color lo adquiere gracias al desinfectante que se mezcla con los excrementos de los pasajeros, que en teoría permanecen almacenados hasta el aterrizaje. Sin embargo, averías periódicas producen escapes en pleno vuelo, haciendo que lluevan grandes fragmentos de heces congeladas. No tengo constancia de que hayan matado nunca a nadie (excepto en un capítulo de A dos metros bajo tierra), pero sí han destruido techos provocando surrealistas discusiones con compañías de seguros.
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Estoy cagando en este preciso y exacto momento.
me alegro por usted… llevo estreñido una semana
café y cigarro muñeco de barro
A mi lo que me intriga es, ¿por qué a la gente le gusta meterse el dedo en el culo y luego olérselo?
Dínoslo tú, mona, que parece que tienes mucha práctica haciéndolo…
No sé, pero leyendo esto me ha dado ganas de cagar. Termino el artíclulo cuando regrese del retrete
Parece que este tema no suscita las intervenciones de grandes filosófos. Y es que no falla, estas cuestiones siguen poniendo nerviosa a la inmensa mayoría de la masa que ha sido aleccionada desde el primer uso de razón para sentir horror por el tabú más fuerte después del asesinato: ¡LA MIERDA! Creo que incluso suscitan más comprensión el incesto y el incendio premeditado de orfanatos.
Pingback: La mierda escrita no huele: vida y milagros del excremento
En abril de 2005, la Universidad de Huelva celebró un curso titulado «Historia de la mierda. Cultura y transgresión», del cual se hicieron eco los principales periódicos españoles.
Fruto de ese encuentro, el Servicio de Publicaciones de la Universidad de Huelva editó en 2010 la obra «Fragmentos para una historia de la mierda: cultura y transgresión». Tuve la oportunidad de leerla este verano y lo cierto es que no me dejó indiferente. Lo mismo me ha sucedido con este artículo, por el cual felicito al señor Lapidario.
La mierda fue, es y será un tema «sumamente particular», por más que se relacione con un acto común a todos nosotros. Y es que, como dijo San Agustín, «inter faeces et urinam nascimur».
El que tiene huerto sabe que del estiércol salen unos magníficos tomates, acelgas, calabacines. Pero eso no escandaliza a nadie.
En otro orden de cosas, y llegados a este punto, es necesario recomendar la lectura del magnífico libro, la digestión es la cuestión de Giulia Enders.
Me lo apunto en lecturas pendientes, que tiene buena pinta… Gracias por la recomendación. No deja de sorprender lo mucho que nos afecta, de modos imprevistos, el tener los intestinos en buen estado o no. Tripas somos…
Entonces, aquel video que dio tanto que hablar (Two girls one cup), no hacía sino copiar algunas performances, por lo que parece. Unas artistas, oye.
Muy buena nota!!
Justo veo esta noticia
http://aristeguinoticias.com/0205/mexico/actriz-es-agredida-por-pedir-que-levanten-heces-de-perro-surge-lordpopo-videos/?platform=hootsuite
Interesante artículo, pero yo creo que deberían haber mencionado el trabajo del director, actor y músico austríaco Simon Thaur, cuya obra refleja la atracción y el interés del hombre por la Coprofilia. Thaur dirigió una versión extrema muy interesante del clásico «A Clorkwork Orange», de Kubrick, titulada «Avantgarde Extreme 53 – Scatwork Orange» de 2007.
La Coprofilia también es analizada en la película alemana «Melancholie der Engel» (2009) de Marian Dora, una de las películas más polémicas de los últimos años.