
Jot Down para Fundación Telefónica
Si echamos un vistazo a los nombres más destacados de la historia del arte hay una seña de identidad común a todos ellos que, en una primera impresión, nos resultará aparentemente contradictoria. Cada uno de ellos puede adscribirse a una o varias corrientes artísticas fácilmente identificables, es decir, siguen una escuela y se consideran herederos de una tradición, pero al mismo tiempo tienen una profunda individualidad, un sello personal que los hace únicos. Podrían mostrarnos por ejemplo Campo de trigo con cipreses de Vincent van Gogh o Kiss de Prince y distinguiríamos en ella claramente el estilo de sus autores aunque no supiéramos quién las firmaba, como también seríamos capaces de situarlas en una época y lugar bastante aproximados. De manera que el artista absorbe la realidad circundante, se sumerge en las técnicas y modas de su momento y a partir de ahí sigue su propio camino creando algo inequívocamente original y trascendente. Pues bien, esa es exactamente la impresión que provoca en el espectador Joaquín Torres-García: un pintor nacido en Uruguay en 1874, aunque formado en Barcelona, que supo encontrar su propia personalidad artística pese a no dejar ni por un segundo de adscribirse a todas las maneras y manías de su época.
Una de ellas, probablemente la que peor ha envejecido quizá por su uso y abuso, es la de teorizar en torno al arte. Tradicionalmente un pintor se dedicaba a pintar, un arquitecto ideaba edificios y un músico componía y tocaba. ¿Sencillo, verdad? Pues tuvo que llegar el siglo XX y todos ellos se pusieron además a hablar de lo que hacían, en ocasiones frenéticamente, e incluso más de uno en lugar de hacerlo. Se sucedieron los manifiestos y las proclamas pretendidamente filosóficas, dando instrucciones al receptor acerca de cómo interpretar su obra, arrebatándole así la libertad para interpretar lo que ve y oye. Nuestro protagonista se subió a ese tren me temo que con irreprimible entusiasmo. En uno de los libros que escribió, La tradición del hombre abstracto, comenzaba diciendo: «Al terminar una de mis conferencias de arte, —hará de esto unos cuatro años— se acercó a mí, para hablarme, uno de nuestros mejores poetas, el cual me dijo: «es usted un doctrinario». Pues bien: hoy veo que caló perfectamente mi espíritu». Doctrinario, así es como se identificaba, para a continuación lanzarse a una divagación en torno a que «la humanidad es una unidad. El cosmos es una unidad: hay que solidarizarse con todo (…) Lo vital y lo abstracto se identifican. El descubrimiento de tal nexo es el conocimiento de lo real profundo: vida y geometría. Hombre y universo». Parece que en el momento de escribirlo su mente estuviera más allá de donde actualmente se encuentra la Pioneer 10, pero más interés tiene por otra parte su visión del arte, cuya historia a su juicio se define por la tensión entre dos extremos: el arte geométrico y el imitativo. «El primer balbuceo del arte es imitativo», afirmaba, mientras que el primero «es el arte verdadero». Encontró en la geometría de las formas el ideal al que quiso consagrarse en su obra artística y es en esta, formada por más de ciento setenta piezas, donde pudo hacer volar su talento y dejar una huella imperecedera, más allá de las en ocasiones erráticas especulaciones en las que cayó como tantos otros de su generación. Por su práctica y no por su teoría lo juzgaremos entonces.
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