
En Rumanía vuelven a agitarse las banderas con agujeros en el centro. Como en diciembre de 1989. Como en cada manifestación política de los últimos veintisiete años. Un país condenado a regresar una y otra vez a ese épico y trágico episodio de su pasado reciente. Como si nada hubiese cambiado desde entonces. El mismo hartazgo contra los abusos de un poder político discrecional y autoritario, la misma indignación ante acciones que atentan contra el interés de la mayoría, la misma persistencia para desafiar el cansancio y el frío hasta conseguir el triunfo final.
Pero Rumanía no es la misma que en 1989, y los problemas que la aquejan no pueden entenderse sin los efectos de una larga transición que, si bien ha democratizado las estructuras políticas y ha conectado al país con Europa y el resto del mundo, también ha abierto profundas heridas en su tejido social. El llamado posdecembrismo, que ha hecho posible la construcción de un Estado de derecho, también ha creado monstruos que el actual momento político está sacando a la superficie.
La transición llevó al poder a un sector de cuadros medios del partido y de la Securitate que entendieron que con la inevitable restauración del capitalismo podían obtener enormes beneficios. Se enriquecieron mediante el control de las privatizaciones graduales en el sector industrial y emplearon los dividendos en la creación de medios de comunicación, redes de comercio exterior o control del mercado inmobiliario. La sociedad, por su parte, sufrió los efectos de esta desindustrialización en forma de oleadas migratorias para escapar de la hiperinflación, las estafas piramidales o el paro masivo. Emigración de regreso a las zonas rurales, pero también hacia el exterior. Al terminar la década de los noventa, Rumanía era un solar.
La entrada del país en la Unión Europea despertó nuevas oleadas migratorias, pero también hizo posible una mayor prosperidad. Mal repartida, eso sí. Una nueva clase media emergió en las grandes ciudades, con sus propios referentes culturales, la mayoría prestados de Occidente, sus propias aspiraciones y su propia interpretación del pasado del país, la cual ensalza el interbellum y condena al comunismo y al posdecembrismo hasta su propia irrupción en la historia.
Rumanía tuvo una breve etapa de turboeconomía hasta que la crisis económica global condujo a un préstamo del FMI y un paquete brutal de recortes en política social. Esto intensificó las desigualdades económicas y la debilidad del sistema político. Y conllevó reacciones ideológicas distintas en una sociedad muy dividida. En la actualidad las clases medias y altas miran hacia el exterior con envidia y hacia el interior del país con frustración; las clases bajas, sean urbanas o rurales, ven el mundo con miedo y con un prisma eminentemente conservador. Una sociedad anómica en una región de Europa en plena encrucijada geoestratégica.
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Correcta radiografía. Por desgracia, en Rumania no hay un partido serio de izquierda y lo peor de todo no hay una fuerte cultura de izquierdas (cuatro gatos que nadie escucha). No hay debate y nunca habrá un Podemos. Somos muy egoístas para eso, tenemos poco respeto para lo publico y tenemos poca educación cívica. El actual PSD lleva mucho lastre pero se ha presentado y ha ganado las elecciones (mayoría poco vista en Europa) con un programa atrevido de protección social. Por otro lado hay un presidente con afirmaciones de tipo mí partido, mis rumanos (los manifestantes)¨ que ha retrasado la investidura del gobierno y los presupuestos de estado y las instituciones de fuerza (DNA y SRI) muy capaces de fabricar expedientes para los amos del turno. La Santa Inquisición ondeando la bandera de la anticorrupción. El derecho fundamental de las personas esta en serio peligro.
Estos días se ha gastado una grandísima energía colectiva y mucha buena gente se dejado manipular. Es muy triste. Saludos, Bogdan.
Un análisis muy completo e interesante.
Gracias al autor
¡Gracias!