
Sabes que está aquí. A este lado del papel. Y parece inofensivo y desarmado. Un ser hecho de palabras en primera persona. Un ser todo ojos y diccionario. Que mira y que dice. Y te fías. Porque siempre ha sido así. Porque el narrador es tu cicerone. Porque te lleva, te explica, te revela, te abre su mente, te presta su cuerpo inventado para que puedas entrar en esa dimensión ajena llamada ficción. Es tu aliado. A veces, tú eres el suyo. Solo te puedes poner de su parte. Y sin embargo, ya deberías saber que no siempre merece tu confianza. Tendrías que haber aprendido que la voz que te habla, a veces, te engaña. Que no todo el mundo ha venido aquí a decir la verdad.
Quizá debiste sospechar de aquel muchacho del peto. Pero tú eras un lector primerizo también. Y te parecieron familiares sus titubeos. Su bendita inexperiencia. «Nunca he visto nada más que mentirosos, una vez y otra». Y aunque en el primer capítulo Huckelberry Finn ya te avisaba de que todo el mundo miente, incluido él, decidiste embarcarte río abajo, hasta donde el Mississippi te quisiera llevar. O hasta donde te llevara Marc Twain —un caballero, recuérdalo, que tampoco firmaba con su nombre real—. Y según avanzaba el viaje comprendiste que Huck no es Tom Sawyer, que su autor se ha vuelto más pesimista y que quizá su personaje no decía toda la verdad.
¿Cómo va a decir la verdad quien sabe tan poco de la vida? Tan poco como Holden Caulfield que cree que el mundo ideal debería ser como la taxidermia del Museo de Ciencias Naturales. Un espacio donde nada cambia, donde los hermanos no mueren, donde se para el camino que te lleva a la madurez. «¿Se acuerda de esos patos que hay siempre nadando ahí? Sobre todo en primavera. ¿Sabe usted por casualidad dónde van en invierno?». Se lo pregunta Holden, ante el lago helado de Central Park, con la cara pasmada del Tony Soprano al que le vuelan las mascotas. Como si conociendo la ruta de la fuga asegurara la vuelta. Pero lo único que aseguró fue dejar la interrogación suspendida en el aire, para que se le enganchara como un mantra a Mark David Chapman. Ese admirador no fiable que en la puerta del Dakota llenó la ausencia de los patos con la sangre de John Lennon.
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El narrador escribe la mentira que solo el lector quiere creer.
Buen artículo.
Felicidades.
No. El narrador fiable dice la verdad. Pero ¿por qué toda la verdad? Y en cuanto a lo de nada más que la verdad… ¡Ah, amigo!
Aún así, todo eso es diferente de la mentira (o verdad alternativa, como se la llama ahora).
Bravo Marta, mi querida escritora: no te pido que me cuentes la verdad, lo único que te pido es que me lo cuentes bien.
Noto una clara referencia de Afterpop, Eloy Fernandez Porta. Sobre todo en las menciones que haces de Nabokov, Wayne C. Both y, si mal no recuerdo, Mark Twain. Me gustó mucho este detalle ya que aquella obra es mi guía de referencia.
Excelente artículo, saludos.