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«Su belleza es tan increíble que me casaré con ella. Cuando tenga veinte años, yo tendré cuarenta y seis. Creo que será todo un escándalo». David Garnett quedó tan conmocionado la primera vez que vio a Angelica que escribió estas palabras a su amigo el pintor Lytton Strachey. Si hubieran salido a la luz, el escándalo no habría tenido que esperar. Porque aquel día que Garnett se enamoró, Angelica acababa de nacer. Era tan solo un bebé. De una belleza imposible. Pero un bebé.
Un cuarto de siglo después, el súbito enamorado cumplía su profecía. Se casaron. Aquello era imparable desde que la muchacha había caído en sus brazos. Desde que se besaron en el coche tan ostentoso con el que iba de visita atravesando, como un cabal lero andante, los angostos caminos que llevaban a la granja familiar. En aquella casa, Charleston, Angelica perdió la virginidad. En la misma cama donde solía soñar con el futuro H. G. Wells. Pero el futuro todavía tenía muchas sorpresas reservadas para la hija pequeña de Vanessa Bell. Entre otras cosas, la revelación que le haría comprender por qué su tía, Virginia Woolf, no quería que se casara con aquel viejo amigo de sus padres. No. No era por la edad. Era por las complicaciones del amor.
El amor de David Garnett venía de lejos. Ya lo había intentado con la madre de Angelica, Vanessa, la hermana de Virginia Woolf. Y no lo había conseguido. En parte porque Vanessa era fiel a su amante, Duncan Grant. Pero también porque no estaba interesada en un trío. Y Duncan hacía tiempo que mantenía una relación con David, el perfecto pansexual.
La capacidad de conquista de Garnett solo quedaba superada por la de su compañero, aquel pintor de ojos transparentes y perfil de Apolo. Duncan Grant, que había enamorado a su primo Lytton Strachey. Que hizo perder la cabeza a John Maynard Keynes —«el amor de mi vida», dijo el economista—. Que volvió loco al jefe de policía de Firle. A Adrian Stephen. A todos y cada uno de sus modelos. Duncan Grant, que deslumbró al mundo. Él, que podría haberse enamorado de su figura en el espejo. Porque jamás hubo un hombre tan hermoso ni tan enigmático como Duncan Grant.
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¡Ah…, qué tiempos aquellos en que yo compraba la Smart para leerte (principalmente) a ti! Este texto y el de las censuras son brutales… magníficos. Creo que si hay una diana literaria o algo que se le parezca, diste en el centro.
Qué maravilloso texto, muchas gracias!
Nunca le había leído y cuánto me arrepiento. Un embrollo tan gigantesco como el de Bloomsbury lo explica usted como si hubiera vivido allí. ¡Muchas gracias!
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