
El anciano yace muerto sobre el suelo de tierra. Entre las diversas mujeres de la tribu lo arrastran pesadamente hasta el jardín que delimitan las altas cañas de azúcar. La hija toma el cuchillo de bambú y secciona con la precisión de un carnicero las manos y los pies, separándolos de las extremidades, y los deposita sobre las hojas recién cortadas. Cercena luego los músculos que unen brazos y piernas al cuerpo, los separa, y los deposita con cuidado sobre la hierba, mientras el resto de mujeres los envuelven en hojas frescas. Después rasga el pecho y el vientre y saca las vísceras, extrayendo con cuidado la vesícula biliar. Si se rompe, el delicioso sabor de la carne se echará a perder. Luego corta la cabeza con el cuchillo y, tras dos golpes sordos con el hacha de piedra en el bregma, fractura el cráneo. Mete los dedos ensangrentados en la cabeza del anciano, y tras un suspiro eterno hace la fuerza necesaria para que el cráneo cruja hasta abrirse en dos como una sandía. Las manos penetran de nuevo en la cavidad sanguinolenta y extraen un cerebro intacto, goteante de jugos y humores. Trocea el encéfalo con el bambú y lo mete en un pequeño tubo de caña junto con algunas vísceras y restos de tuétanos soplados a través de las cañas de los huesos. Le añade sal, jengibre y hojas de vegetales, y lo cuece al vapor. Los despojos de huesos del anciano los pulveriza con la piedra y los mezcla con vegetales. Nada se desperdicia.
En el norte es un poco diferente. Allí el cuerpo humano se cuece entero en el horno de tierra, donde también se cocinan los cerdos. La cocción dura varios días, lo que sin duda mejora el sabor de la carne. Con un poco de suerte el cadáver cocinado se perlará de gusanos, haciendo más suculento el manjar. En cualquier caso solo comerán aquellos cadáveres de los que han muerto en la batalla, o en un accidente, o como mucho por una enfermedad no sospechosa de ser infecciosa, como la disentería o la lepra; en ese caso los cuerpos serán quemados.
Las mujeres son las que conducen el ritual. Ellas tienen fama de ser dañinas para los varones, que, asustadizos, se refugian en la «casa de los hombres» en el centro de la pequeña aldea, lejos de ellas. Las mujeres comen los trozos de carne cocinada y se la ofrecen a los niños y niñas pequeños, de menos de seis años. No solo devoran a los familiares muertos, también ingieren las placentas y los cordones umbilicales de las madres parturientas. O los niños nacidos muertos. Como mucho, llegan a usarse los recién nacidos con malformaciones, aunque a esos hay que matarlos antes. Se encargarán de ello las familiares más próximas, nunca sus madres.
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