
Hay blasfemia que se calla
o se trueca en oración;
hay otra que escupe al cielo
y es la que perdona Dios.
Antonio Machado
Cuenta Christian Santacroce, traductor de Lágrimas y santos (Hermida Editores, 2017), en el prólogo del libro, que con su publicación la madre de Cioran se llevó un buen disgusto: «No te das cuenta con cuánta tristeza he leído tu libro. Al escribirlo tendrías que haber pensado en tu padre». En el libro, su hijo levantaba la falda a las santas y presentaba a los santos como imitadores de Cristo que competían con este por un lugar en el Gólgota. No es difícil ponerse en la piel de la pobre mujer. Sin embargo, no creo que se pueda acusar a Cioran de no haber pensado en su padre. De hecho, imagino que mientras escribía el libro lo tuvo muy presente.
A Cioran no le gustaba tener un padre cura (era sacerdote ortodoxo). Lo dijo a las claras en una entrevista. Luego añadió que «era una cuestión de orgullo», puesto que «creer en Dios significaba humillarse», y él, desde niño, era más partidario del non serviam que de prosternarse. Por suerte para él, su madre no era una mujer muy religiosa. Además, como contrapunto, tenía una sensibilidad musical muy desarrollada. Al parecer, admiraba a Bach sobre todas las cosas. En Lágrimas y santos, el compositor tiene un estatus prácticamente divino: «Qué habrá habido en otros tiempos en los cielos no se sabe. Solo desde Bach en adelante existe Dios». Lo que sugiere que, al escribir el libro, también pensaba en su madre.
Por otro lado, durante una época, su hermano, Aurel, pensó seriamente en tomar los votos. Un día Aurel reunió a la familia para anunciarles su voluntad de entrar en un monasterio. Esa noche Cioran habló con él hasta las seis de la mañana. Desplegó todo tipo de argumentos contra la religión y la fe, «todo mi nietzscheanismo imbécil de la época», pero no pudo convencerle. En vista de que sus razonamientos filosóficos no eran suficientes, dolido en su orgullo, le dio un ultimátum: «Si persistes en la idea de ser monje, no te volveré a dirigir jamás la palabra». Su hermano le hizo caso, pero, a la larga, Cioran acabó lamentándose de haberle apartado de ese camino (entre otras cosas, porque Aurel acabó pasando siete años en la cárcel).
Así las cosas, no es de extrañar que Cioran se interesara por «las vidas de los santos; el proceso por el cual un hombre renuncia a sí mismo y emprende el camino de la santidad». El libro comienza diciendo: «He intentado comprender de dónde provienen las lágrimas y me he detenido en los santos». Que quisiera indagar en las lágrimas tampoco debería sorprender a nadie. Un fondo de tristeza es palpable en todas sus obras. No en vano, dijo que había escrito su primer libro, En las cimas de la desesperación, para posponer su suicidio. Según él, su tristeza venía de antiguo. En Silogismos de la amargura escribió que una muchedumbre de antepasados se lamentaba en su sangre.
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Siempre es un placer leer a Rebeca, y si es sobre Cioran, con más gusto.
Lo que de verdad caracteriza al maestro Cioran es su incurable esnobismo. Desde el principio le pareció interesante presentarse como experto en el tema de la muerte y del sufrimiento. El joven Emilio, «Infeliz» a mas no poder (su primer libro se intitulaba «En las cimas de la desesperación»), consiguió que hasta su madre, harta de su teatro, le reprenda con palabras tan fuertes como estas: «… si hubiera sabido que ibas a estar tan infeliz, te hubiera abortado…».
«El espíritu es el fruto de una enfermedad de la vida y el hombre sólo un animal enfermo. La presencia del espíritu es una anomalía en la vida.»
Veo ahí poco esnobismo, más bien mucha lucidez.
Cioran es el personaje Cioran. Se creó un estilo, muy bueno por cierto (ese delicioso humor negro que empapa casi toda su obra), para pasar las frecuentes noches de insomnio. Cuánto odio fue acumulando sin poder dormir; la solución: o me convierto en asesino o escribo. Y afortunadamente para nosotros siguió lo último. No nos engañemos. Cioran disfrutaba de las veladas y las buenas tertulias, la escritura era una profesión (y también sanación…corporal, literalmente, no del espíritu).
Aún en el supuesto de que la vida sea absurda me parece que lo mejor es disfrutarla lo máximo posible.Soy más «optimista» que Ciorán.
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