
Jot Down para 1906
Quisimos ser como ellos: los que llenan estadios, libros de historia, museos. Los que nos miran desafiantes desde las portadas porque han conseguido que su nombre sea inseparable del prefijo de «leyenda», «mito» o «símbolo». Aquellos cuya mención es ya una reverencia. De pequeños forrábamos las paredes con sus rostros plastificados y nos dormíamos fantaseando con —por lo menos— igualar sus proezas. Los recreos servían para imitarles, para replicar sus gestos. Repasábamos desesperadamente su trayectoria, en busca de aquella decisión esencial que les condujo hasta la cima.
Quizá no lo vieron entonces, pero siempre, en alguna de las esquinas, alguien luchaba por hacerse invisible. Escrutándose los zapatos, mascando incomodidad en la distancia. No sabían demasiado, pero eran conscientes de lo primordial: jamás podrían ser lo que se esperaba de ellos. No encajaban. Esa tribu no era la suya. Repelían, instintivamente, la noción prefabricada del éxito.
Aunque el mundo les hubiera puesto fácil la grandeza (una familia con posibles, unas destrezas innatas, una estirpe que continuar…) se resistían a ingresar en el rebaño. Crecieron sin adaptarse al ese níveo uniforme, al ritmo de la legendaria nana popular:
Have you any Wool?
Yes merry I Have,
Three Bags full,
Two for my Master,
One for my Dame,
None for the Little Boy
That cries in the lane
¿Tienes algo de lana?
Sí, señor, tengo,
Tres bolsas llenas,
Dos para mi maestro,
Una para mi dama,
Ninguna para el niño pequeño
que llora en el carril
Y sin embargo, allí afuera, en el mundo real, los vellones más preciados no eran precisamente los blancos. Tenían una ventaja (se contaban por millones) pero su lana era un producto menor. Era imperativo tratarlo artificialmente para dotarlo de vida, de color, de singularidad. Su versatilidad las hacía tan necesarias como irrelevantes. En cambio, los ejemplares distintos eran una rareza codiciada. Esa lana no necesitaba ser teñida y con ella podían confeccionarse prendas de una tonalidad auténtica, indeleble. Para los pastores, toparse con ellos era sinónimo de prosperidad.
A algunos, ese reconocimiento les llevó tiempo. Pero acabo encontrándolos.
La leyenda que prefirió el prestigio
¿Les suena el nombre de Beatrice Webb? No, porque no es una leyenda.
A principios del siglo XX, escritores y pensadores como Jack London y George Orwell hacían las delicias del público narrando cómo era vivir siendo pobre. Les gustaba disfrazarse de mendigos y vagabundear por las calles de Londres, atrapando el material con el que tejer épicas y conmovedoras historias. Hablaban con los desahuciados, con los harapientos, los que hacían de buscar refugio un oficio.
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