Ocio y Vicio Videojuegos

PlayLink: el regreso del juego social

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Saber es poder. Imagen: Sony Computer Entertainment.

Jot Down para PlayStation

El tatarabuelo de los videojuegos

El físico William Higginbotham talló su nombre en la historia de la humanidad durante la Segunda Guerra Mundial al formar parte del Proyecto Manhattan, un all-star de científicos ilustres culpable de la fabricación de la bomba atómica. Higginbotham comandó a un equipo de técnicos encargados de diseñar los instrumentos de ignición y medición del artefacto, pero también diseñó personalmente el radar que utilizaría el bombardero Enola Gay durante su infausta travesía hasta Hiroshima. Cuando el físico comprobó las consecuencias de la bomba nuclear, quedó aterrorizado de por vida y optó por saltar a la grada contraria y convertirse en uno de los primeros y más importantes activistas antinucleares.

Años más tarde, Higginbotham se metió a trabajar en el Laboratorio Nacional de Brookhaven y se tropezó con un ordenador analógico (el Donner Model 30) que prometía calcular trayectorias de objetos proyectados teniendo en cuenta detalles como la resistencia del viento. Intuyendo que allí dentro podía habitar un juego, el hombre conectó el vetusto computador a un osciloscopio, diseñó un par de periféricos a modo de prehistóricos pads compuestos cada uno por un pomo giratorio y un botón, y elaboró un pequeño programa al que llamaría Tennis for Two donde se simulaba un partido de tenis. Se trataba de un divertimento extremadamente simple que permitía a dos jugadores enfrentarse en una pista de tenis muy minimalista, dibujada de perfil con un par de líneas, estableciendo el ángulo de los golpes que propinaban a la bola.

Durante la exhibición de 1958, un acto abierto al público y organizado por el laboratorio para demostrar que la ciencia no era cosa de gente amuermada, Higginbotham plantó su Tennis for Two en un puesto y contempló cómo todos los visitantes comenzaban a hacer cola para echar una partida a dobles en aquel novedoso aparato. Al año siguiente el físico volvió a llevar su deporte digital a la expo, actualizado con una opción que permitía simular gravedades como las de la Luna o Júpiter, y se convirtió de nuevo en el cacharro más exitoso y solicitado del evento. Al finalizar la exposición, aquel protovideojuego se desmontó para utilizar sus componentes en experimentos más prácticos y Higginbotham no le dio más vueltas al asunto ni se molestó en patentar el juguete. El físico, sin saberlo, se acababa de convertir en uno de los abuelos del videojuego y sus pachangas virtuales se habían adelantado años a la industria del entretenimiento. Lo importante de todo esto es que aquel Tennis for Two, considerado por muchos el primer videojuego de la historia, nació teniendo algo muy claro: que jugar en compañía era lo verdaderamente divertido.

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