Fotografía: Lupe de la Vallina

La publicación en 1973 de la novela Cuando 900 mil Mach aprox convirtió a Mariano Antolín Rato (Gijón, 1943) en el primer escritor underground de este país. Descrita por su amigo Eduardo Haro Ibars como «la mejor representación literaria que he leído de un viaje en ácido», la obra se alzó con el Premio de la Nueva Crítica, galardón hasta entonces otorgado a Jorge Luis Borges y Juan Benet.
Todo apuntaba a que nuestra narrativa iba por fin a abrazar ciertos aires de cambio, aires surgidos de una forma de vida que, por más que sorprenda, existió en España durante el franquismo tardío, y de la que Antolín Rato participó muy activamente, también de la mano de su entonces inseparable compañero Antonio Escohotado, ambos pioneros en el consumo de drogas alucinógenas.
Si Escohotado ha sido nuestro Timothy Leary, desarrollando a partir de sus experiencias lisérgicas todo un entramado teórico-filosófico, Antolín Rato tomó el camino de Ken Kesey, al transformar en material literario todas sus vivencias, estancias incluidas en el hospital psiquiátrico penitenciario.
A Antolín Rato le debemos también el haber sido traductor pionero de la obra de los principales autores de la generación beat, así como de tantos otros escritores asociados a la contracultura, que comenzaron a ver la luz en España a lo largo de la década de 1970 en editoriales tan atrevidas como Azanca, Júcar o Anagrama.
En su día fue el más moderno de la clase. Hoy, incluso habiendo recibido el Premio Nacional a la Obra de un Traductor, continúa siendo uno de los pocos raros auténticos de nuestras letras.
Se acaban de cumplir cincuenta años del Mayo del 68, un periodo que tú viviste intensamente. ¿Qué había que celebrar?
Por regla general no soy nada partidario de las celebraciones de ningún tipo y para colmo 1968 no me gustó nada, porque, como decía aquella famosa canción cubana que me pone los pelos de punta, fue cuando «se acabó la diversión».
El 68 supuso la politización extrema de ciertas actitudes. Daba como miedo expresar opiniones que se apartaran de ese «la tierra será un paraíso» que proclamaba «La Internacional». En los años previos claro que la música y el modo de vivir de ciertas personas expresaban la rebeldía y la resistencia a lo que había, pero no por ello se exigía militar en un partido maoísta o similar. Por más que yo participara indirectamente de los acontecimientos, como todo joven que vivió aquellos años, lo cierto es que nunca lo hice con demasiado entusiasmo. Y eso que algunos de los eslóganes difundidos, hoy ya tópicos, me siguen pareciendo muy logrados.
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Escohotado siempre ha defendido que para poder hablar de drogas hay que probarlas porque «es absurdo hablar de pura teoría. Imagine a un crítico de pintura ciego. Imagínese un crítico de música sordo. Pues ese es el caso que tenemos en materia de drogas: los mayores expertos en el tema de las drogas son unos ignorantes. ¿Qué credibilidad puede tener un experto en drogas si no las conoce?»
Y el tipo, sin siquiera probar el LSD como dice Antolín Rato, se marcó un artículo de 17 páginas en Revista de Occidente en abril de 1967. Muy coherente.
Ricar, crucifiquémoslo. Supongo que destacas esto porque tú siempre eres coherente en todos tus actos y posicionamientos ideológicos.
Es posible, Ricar, que se diese cuenta (no es tan extraño) que cometió un error al atreverse a escribir un artículo de diecisiete páginas «a ciegas». Desconozco el artículo y su contenido, pero podría, perfectamente, de tratarse de un comentario sobre el LSD en un contexto socioeconómico determinado y no sobre los efectos y descripciones de su ingesta, como supongo que es la gran mayoría de artículos escritos por periodistas sobre el mercado y tráfico de la cocaína, por citar otra sustancia. Si fuera el caso de «contar» un viaje sin haberlo probado, sí me parecería una impostura. Y a lo mejor fue lo que llegó a pensar Escohotado, y el motivo que le llevó a introducirse en ese mundo, para, al menos, saber que no hablaba de oídas. Un saludo.
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