
El tópico es mentira. O, como mínimo, una grandísima falacia. El fútbol no une, divide. Y lo hace como solo puede hacerlo una guerra. Podemos repetir el lugar común recordando aquello de que uno es la extensión de la otra por vías pacíficas; y aun esto es una verdad a medias. Solo tienen que asomarse un fin de semana a cualquier campo, no ya estadio profesional, de infantiles a poder ser, y escuchar. No a los niños, lo que forma parte de los gajes del oficio —la guerra psicológica, que diría Luis Aragonés—, sino a los adultos. Lo que sueltan por la boca algunos respetables padres (y madres) de familia solo es comparable a los intercambios lingüísticos entre una y otra vera de la línea del frente. Desde las Termópilas al Ebro, pasando por Verdún. La explicación es simple: el fútbol es un juego convertido en deporte transformado en negocio tamizado de espectáculo. En manos del hombre, es un lugar al que se viene a ganar o perder. Y del que pierde nos acordamos exactamente lo que dura el árbitro en detener el pitido final que da por declarado al vencedor. Por eso es la guerra. En ocasiones, más importante. En 1914 el Gobierno inglés suspendió todas las competiciones deportivas con excepción del fútbol. La temporada 1914-15 se jugó completa porque los ingleses aún creían que la contienda sería cosa de semanas y no vislumbraban la matanza que se avecinaba. Por si acaso, en febrero de 1914 se creó el Football Batallion, iniciativa para reclutar a futbolistas y defender al país. Muchos jugadores perderían la vida en las trincheras franco-belgas. Los que se negaron a luchar, como Jimmy Hogan, eran traidores a los que solo el tiempo —y el fútbol— perdonaría.
No me malinterpreten. Amo el fútbol, está en mi lista particular de filias al nivel de la literatura, el cine y los cómics. Podría decir, como Albert Camus, que todo lo que sé del mundo lo aprendí en el fútbol, pero mentiría. Es solo casi todo, el resto lo aprendí de los libros, los cómics y las películas. Lo único cierto es que el fútbol, el juego más hermoso inventado por el ser humano (obviemos que fue un inglés, según la versión aceptada), es la más fiel metáfora de la vida. Capaz de albergar lo mejor y lo peor; un lugar al que, como a la guerra, se viene a vivir o morir. Por eso el fútbol es la única guerra hermosa y, para bien o para mal, toda la belleza del mundo cabe en los límites de una cancha de juego. También, en ocasiones, todo el horror. Lo hizo el 29 de mayo de 1985 en el Estadio de Heysel de Bruselas, en Bélgica, donde en los prolegómenos de la final de la Copa de Europa entre el Liverpool y la Juventus se dejaron la vida en las gradas treinta y nueve aficionados, la mayoría juventinos. Aquel partido, que nunca debió haberse jugado, comenzó con hora y media de retraso y cuando Platini marcó el gol (de penalti) que les daría la victoria a los italianos todavía quedaban cadáveres sin retirar de la grada.
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Buen artículo, me acordé de la triste historia de Matthias Sindelar, que también habría encajado perfectamente
Impresionante y duro articulo sobre el futbol. Aunque la historia del ser humano del juego con una circuferencia empieza centenares de años antes con el tlachtli o el cuju chino.
Muchas historias tristes en elmundo de fútbol. Para que nos lo hagamos mirar los que nos dedicamos a esto. Estoy de acuerdo con «viejotrueno», también se me vino a la mente Matthias Sindelar al leer el artículo. Y otras muchas que no conocemos, lamentablemente.