Política y Economía

Capitalismo de cupones

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Bill Clinton y Boris Yeltsin, 1995. Fotografía: Rick Wilking / Cordon Press.

«La nueva Rusia necesita miles de propietarios, no un pequeño grupo de millonarios». Estas fueron las palabras de Borís Yeltsin el primer aniversario del golpe de Estado fallido y supusieron el pistoletazo de salida para un ambicioso plan de privatizaciones en Rusia. La República Federal, heredera de la antigua URSS, estaba pasando por unas transformaciones vertiginosas en el campo político, social y económico. Este último aspecto siempre es particularmente delicado en un contexto de democratización incipiente. No solo por lo complejo que es cambiar de un modelo planificado a uno de mercado, sino también porque, si la economía se descontrola, puede llevarse por delante al nuevo sistema político. Por lo tanto, este plan del Kremlin iba a ser decisivo para saber si la nueva Rusia se estrellaba en su paso a un sistema capitalista y democrático a la occidental.

El personaje que tuvo un papel fundamental en esta gran oleada de privatizaciones fue el vicepresidente del Gobierno Anatoli Chubáis. De familia militar, tenía estudios en Ingeniería y Economía por la Universidad de Leningrado, donde ejerció de maestro antes de ser llamado por Borís Yeltsin al Kremlin. El programa de Chubáis consistió en la venta de más de ciento veinte mil empresas públicas mediante un sistema de «cupones» o «comprobantes de privatización». La idea era que las principales industrias y propiedades del Estado soviético pasaran a ser propiedad individual de los ciudadanos, a los cuales se les daría una especie de comprobante que acreditaría su propiedad. La expectativa del Gobierno era que esto hiciera el programa muy popular y políticamente rentable. Al fin y al cabo, a cada ciudadano le tocaría su parte del pastel. En todo caso, tampoco suponía inventar la rueda; era básicamente copiar el sistema de privatización que habían seguido otros países del Este, aunque con algunas variantes relevantes.

Tanto en la República Checa como en Lituania este modelo de «privatización individualizada» llevó pareja la prohibición de la venta inmediata de los cupones. Sin embargo, no fue así en el caso ruso. Esto tuvo implicaciones, pues muchos trabajadores pobres acabaron vendiendo sus cupones por debajo del poder de mercado —y los compradores ricos y bien informados pudieron tomar ventaja de ello—. Es curioso (o no) que los promotores de este plan no consideraran que esto podía pasar. La prensa de la época señalaba que el valor medio de la venta de los cupones era de unos diez mil rublos —lo que equivale al precio de un kilo de mantequilla por entonces—. No parece que esto pudiera generar una red de bienestar muy intensiva en la nueva Rusia capitalista.

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Un comentario

  1. Qué buena nota de divulgación! Y deja un gusto amargo.

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