Arte y Letras Literatura

El estilo Tom Wolfe

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Tom Wolfe, 1981. Fotografía: Cordon.

La noticia de la muerte de Tom Wolfe en el día de ayer me pilló en la página 332 de Bloody Miami, de Tom Wolfe. No podía creérmelo. Qué clase de casualidad era esa. «Aquí murió el autor», anoté en un margen de la novela, que cerré durante varias horas. Y después me puse a pensar en el estilo que empapaba Bloody Miami, que era el que había empapado Todo un hombre (1998) y antes La hoguera de las vanidades (1987), y aun antes sus más célebres reportajes. Fui tan atrás que me encontré a Tom Wolfe con seis años, en su casa de Richmond, donde había nacido en 1930. Era aquel muchacho que un día vio a su padre trabajando ante un escritorio, pues tenía una revista agrícola llamada The Southern Planter. Thomas Kennerly Wolfe era agrónomo, y su hijo asumió que él también en el futuro viviría de escribir. «Hay una gran ventaja en tener (erróneamente o no) la impresión de que tienes una vocación muy temprano porque desde ese momento en adelante comienzas a enfocar todas tus energías hacia este objetivo», le confesó Wolfe a George Plimpton en una entrevista para The Paris Review, en 1991. Eso, según su memoria, ocurrió precisamente a los seis años. A los ocho, cuando distinguió en las estanterías de casa las novelas Del tiempo y del río y El ángel que nos mira, de Thomas Wolfe, dio por hecho que este era alguien de la familia, y que por tanto escribir era algo que llevaban los Wolfe en la sangre. «A mis padres les costó convencerme de que no teníamos ningún parentesco». Su reacción fue lógica para tratarse de un niño: «Bueno, ¿entonces qué está haciendo en el estante?».

En el periódico del colegio, el St. Cristopher’s Day School, en Richmond, escribiría una columna llamada The Bullpen, en la que según Marc Weingarten, autor de La banda que escribía torcido (Libros del KO), «vibraban ya los primeros ejemplos de su prosa pirotécnica». De esa época datan sus primeros relatos, que continuó cultivando en la universidad Washington and Lee (Lexinton, Virginia), cuando participó en los seminarios de George Foster, donde «aprendió a recibir duras críticas, y donde se percató de que el lema «escribe sobre lo que conozcas», tan utilizado en narrativa, no era lo que él tenía planeado para su carrera como escritor».

Cuando llegó el momento, y tras obtener el título de doctor en Literatura Norteamericana por la Universidad de Yale, se decidió a buscar trabajo en un periódico. Escribió a más de cien solicitando empleo. Respondieron tres. Dos fueron para decir no. The Sprinfield Union, en Massachusetts, le hizo sitio en 1956. Trabajó allí a la vez que escribía su tesis doctoral. Tres años después se fue a The Washington Post, demasiado reglamentado según él, y «muy parecido a una aseguradora, con escritorios de metal alineados». Asumió un estilo dictado, en el que nunca se encontró cómodo, ni sintió que estuviese resultando original. Siempre pensó que un periódico no ayudaba al estilo de prosa a la que él aspiraba. El diario se convertía «en una forma de pereza».

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7 comentarios

  1. Merry Prankster

    Dejé de leer «Ponche de ácido lisérgico» unas páginas antes del final, no quería finalizar un libro que me parecía tan absorbente y fascinante. Gracias Tom por tus escritos.

  2. Increíble y vergonzoso que El País no le dedicara una sola línea al fallecimiento de Tom Wolfe, todavía no me lo creo, pensaba que era un periódico medianamente serio y de tolerable categoría. No sé si es descuido, desprecio (por su forma de hacer periodismo), ignorancia… no lo entiendo.

    • No sé. Lo leí en el periódico en el formato papel y creo recordar que había más de 3 artículos y en la versión digital más todavía. Es más, ha sido en El País que Diego. A. Manrique enumeró entre sus obras, «Quién le teme a la Bauhaus feroz», que nadie la nombra y que sin duda (junto con la «Hoguera de las Vanidades», y «Lo que hay que tener») es lo mejor de Tom Wolfe. Corrijo, para mí es lo mejorcito de la literatura universal.
      Para mi, Tom Wolfe, Gabriel García Márquez y Balzac son los tres escritores que más me han influido a nivel personal.

      • Y me faltó Jack London, con aquella maravilla (hoy impublicable por interpretarse como misógino, racista, clasista, y mucho más) llamada Relatos de los Mares del Sur y otro que se llamaba Belliou-La-Fumée.

        • De Wolfe prefiero «La palabra pintada», un repaso mordaz a la evolución del arte moderno, a «Quién teme a la Bauhaus feroz», su equivalente posterior respecto a la arquitectura. Tal vez tenga algo que ver que me interesa más y conozco bastante mejor el tema tratado en el primero libro.

  3. Pingback: ¡Boom, crash, bang! Nuevas crónicas del nuevo periodismo - Jot Down Cultural Magazine

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