
Iniciación
Cien personas se han reunido para la ceremonia de iniciación de Yuka. El día es frío incluso para los estándares de la taiga, y la niña tirita a pesar de su abrigo de piel de caribú. Está muy nerviosa. Hoy conocerá el secreto al que los adultos solo se refieren en susurros, y nunca delante de los niños pequeños. Solo tras la ceremonia se le permitirá a Yuka salir del círculo delimitado por los cuatro kilómetros cuadrados en que ha transcurrido su vida, entre las yurtas, el glaciar y el lago. Los ancianos visten a Yuka con el traje ritual, grueso e incómodo. Después le cubren la cabeza con un enorme casco opaco. Durante un buen rato Yuka no va a ver nada.
Guiada por los ancianos, Yuka camina hasta que le ordenan detenerse. Escucha unos fuertes sonidos metálicos difíciles de interpretar. Y, tras un instante que parece eterno, Yuka se siente flotar. Pierde contacto con el suelo, como si estuviera nadando bajo el lago, y siente amables empujones de los ancianos. Al cabo de unos minutos oye un zumbido eléctrico y su casco se vuelve transparente. Yuka mira a su alrededor… Y se descubre flotando en el vacío inconmensurable del espacio interestelar, una negrura infinita punteada por incontables estrellas, galaxias, nebulosas. Yuka (cuyo nombre significa ‘estrella brillante’ en inuit) grita aterrorizada sin escuchar las palabras tranquilizadoras que los ancianos susurran por la radio de su traje de vacío. Se tambalea, ingrávida, y ve a su espalda una estructura plateada en forma de doble toroide, una nave que flota, como ella, en el espacio. Comprende que sus cuatrocientas hectáreas de taiga no son más que una pequeña porción de esa gigantesca embarcación. Entiende, en una sobrecogedora epifanía, que esa nave es una diminuta isla de vida en un océano muerto, oscuro y frío.
Exploración
A finales del siglo XX todo rincón de la Tierra quedó ya cartografiado. A los viajeros del siglo XXI hambrientos de lugares nuevos les quedará el sistema solar: colonizar las lunas de Saturno, tal vez terraformar Marte. ¿Y después? ¿Qué quedará por explorar?
Todo apunta a que el límite de la velocidad de la luz es infranqueable, a no ser que alguien logre crear objetos con masa negativa. Sin embargo, no es imprescindible viajar más rápido que la luz para llegar a las estrellas más cercanas. Hay métodos científicamente válidos para acelerar hasta el diez por ciento de la velocidad de la luz: explosiones nucleares controladas, como en el teórico Proyecto Orión de los años cincuenta, o navíos espaciales a vela propulsados por láseres o viento solar. Estas velocidades son lo suficientemente lentas como para limitar los efectos relativistas, y lo bastante rápidas como para llegar a las estrellas más cercanas empleando, eso sí, una considerable cantidad de tiempo. Por ejemplo, para llegar a los recién descubiertos exoplanetas de TRAPPIST-1 habría que invertir cuatrocientos años.
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En definitiva, tendremos que extinguirnos acá o en los alrededores. Bueno, es algo desalentador, pero después de todo está en el orden de las cosas. No hay nada eterno, ni el universo con su obstinación en crear posibilidades. Tiempo atrás leí un cuento del cual una de sus tantas viscisitudes, luego del abandono de la Tierra en inmensos tubos con ciudades y campos dentro y girando sobre si mismo para crear una gravedad artificial, era que siendo dos convoyes larguísimos (al inicio era uno solo: por motivos politicos y religiosos terminaron siendo dos, uno al lado del otro), a un cierto momento y por motivos puramente físicos -rotación, avance y atracción de las masas-, comienzan a retorcerse sobre el otro, creando una extructura helicoidal, como el ADN. Hermosa figura: la vida que contínua en las aguas inciertas del universo. Reflexiones aparte creo que los agujeros negros son el inicio, en algún lugar incomprensible, de nuevos universos. Muy buena lectura.
Excelente artículo.
Quiero hacer dos aportaciones al mismo, cada una por un motivo diferente.
Por un lado, la genial y por desgracia muy olvidada «Jinetes de la antorcha», de Norman Spinrad. Lleva como veinticinco años descatalogada en castellano, y por desgracia nadie se atreve a reeditarla, quizá por su breve extensión (apenas supera las ciento cincuenta páginas). Pero no es difícil de conseguir. Y su lectura merece muchísimo la pena. El autor nos muestra, con terrible habilidad, una «tercera vía» que no especificaré, para que el lector curioso tenga la oportunidad de descubrirlo por sí mismo a través de la lectura.
Por otro lado, en aras de la defensa de la buena Ci-Fi española, la imprescindible «La nave», de Tomás Salvador. Os sorprenderá.